Prólogo
A Elías Bruno le quedaban cinco vacas. Pastaban en un llano junto a una arboleda, en las afueras del pueblito Azulrial. Escondido entre los árboles, un joven gaucho las vigilaba sentado, con la escopeta sobre las rodillas. Llevaba tres días esperando dar con los cuatreros. Para el mediodía ya estaba cansado y pensaba en volver a su casa cuando oyó el desesperado mugido de las vacas. Oculto, vio cómo huían aterrorizadas. Los ladrones eran demasiados y él estaba solo.
Capítulo 1: Frente a la furia de los cuatreros
Los policías de Azulrial no encontraron rastro de los cuatreros. Creían que las vacas se habían perdido en el campo o que Elías Bruno las había vendido borracho a algún baquiano de Tero Viejo —el pueblo más cercano a Azulrial—. Pensaban ir al pueblo vecino a investigar, pero como estaba lejos y el camino era una ruta muerta en pésimo estado, lo postergaron. Mientras el joven gaucho intentaba dar con los cuatreros, los tres policías estaban sin hacer nada.
Era imposible que nadie en el pueblo supiera algo del robo de las vacas. Azulrial era un pueblito rural, rodeado de campo, que se iba achicando con el paso del tiempo; solo tenía cuatrocientos habitantes. Elías Bruno estaba seguro de que entre esas personas, a las que conocía desde que nació, estaban los cuatreros o sus cómplices.
El joven gaucho era un viudo que vivía como un ermitaño en la casa de sus abuelos, una de las tantas casas abandonadas que había en las afueras del pueblo.
Esa mañana fue a trabajar: tenía que arreglar el techo de tejas de doña Elisa. Desconfiaba de todos. Recorrió el pueblo —que tampoco era grande, solo tenía diez cuadras de largo y cuatro de ancho— esperando encontrar alguna señal, alguna persona… algo que le dijera dónde estaban sus vacas. Los ladrones podían ser cualquiera: los padres de los niños que jugaban en la calle (su esposa había sido profesora y él había ido a la escuela con esos mismos padres), doña Rosa, que paseaba junto a su hijo, o el muchacho que atendía el quiosco donde compró vino y con quien había trabajado un tiempo reparando techos.
Se detuvo a hablar con un viejo amigo de su padre. El viejo insistía en que los cuatreros eran los hijos de don Vigo. Elías Bruno sabía que nadie se vengaría por ese viejo; ni siquiera sus hijos lo querían. El gaucho sospechaba de Nico Cianni, un camorrista buscado por la policía por matar a un hombre. Todos daban por hecho que estaba lejos de Azulrial, pero él tenía sus dudas.
El joven gaucho, escondido entre los árboles, vio a las vacas huyendo aterrorizadas. No logró ver a los cuatreros, pero dedujo hacia dónde se dirigían. Escopeta en mano, se movió rápido entre los árboles para tomarlos por la espalda. Tenía varios sospechosos. Sin duda, los conocería.
No encontró a nadie.
No podían haberse alejado tanto con las vacas. Pensó que tal vez sabían que él estaba allí; pensó que quizá ellos lo buscaban.
Retrocedió con cuidado entre los árboles, atento a su alrededor. Podían salir de cualquier lado.
Estaba lo suficientemente alejado como para sentirse seguro cuando se encontró con un monstruo que cargaba una de sus vacas.
Sabía que en el campo no había nadie más, igual corrió aterrado pidiendo ayuda.
El alienígena soltó a la vaca y lo persiguió. Parecía más desenfrenado que el hombre que huía por su vida. El monstruo era encorvado, ancho pero escuálido; su piel se amontonaba en pliegues por todo su cuerpo y caía en retazos de sus delgadas extremidades. En su cuerpo había algunos huecos de donde salía un hilillo de humo. Su cabeza no tenía una forma definida y estaba medio oculta entre pliegues de piel y sombras.
Sus patas, aunque abultadas por pliegues de piel, eran ligeras y lo alcanzaron con facilidad.
Elías Bruno reaccionó al sentirlo cada vez más cerca. Recordó que tenía el arma. Le disparó mientras seguía corriendo. El retroceso le voló la escopeta de las manos y le hizo perder el equilibrio. Aun así, le dio al monstruo. No le hizo daño. Intentó seguir corriendo, esquivó que lo tomara con sus extremidades y se estrelló contra un árbol.
Cayó al suelo con la cabeza rota. Intentó pararse y volvió a caer, mareado. Escuchaba el desesperado mugido de las vacas; estaban asustadas, esparcidas por la zona, y lo buscaban. Gateó hacia ellas.
El alienígena lo levantó del suelo tomándolo de la cintura, le desgarró la carne. Sosteniéndolo en el aire, lo sacudió a golpes que le cortaron el cuerpo. El gaucho, desesperado, lanzó puñetazos; se lastimaba sus propias manos, pero uno de sus golpes desvió un ataque: el monstruo se golpeó a sí mismo en la extremidad que lo sostenía y lo dejó caer.
El joven gaucho no podía pararse. Tenía una enorme herida en el costado y muchos pequeños cortes. Cubierto de sangre, se arrastró de espalda intentando huir.
Logró alejarse un poco; el monstruo se quedó en el mismo lugar, parecía desinteresado.
Las vacas que merodeaban alrededor se acercaban a Elías Bruno, asustadas. Sabía que en el bosque solo estaba él. Tenía que huir, pero no sabía cómo. Sacó el facón que llevaba en el cinturón y le hizo un corte a una de las vacas que tenía cerca. La vaca huyó; las demás la siguieron en estampida.
Esperaba que retuvieran al alienígena lo suficiente para escapar. No lo embistieron.
La piel que caía en retazos de las extremidades del monstruo se levantó, abultándose en los hombros. De su carne despellejada emanó humo; de sus músculos delgados sobresalían los huesos. La extremidad estalló en silencio. Quedó menos de la mitad de su miembro, con trozos de huesos expuestos, largos y finos, entre algunos pedazos de carne. Con ellos cortó a una vaca que quedó atrapada entre los árboles.
Elías Bruno no pudo huir. Se quedó parado, apoyado contra un árbol; las piernas le temblaban mientras se esforzaba por respirar. Se dio por vencido, se olvidó de todo y pensó que no estaba mal morir así, descansando en el campo. Intentaba mirar el cielo mientras le hablaba a su esposa muerta.