Al moverse por el campo, los alienígenas eran silenciosos y sutiles. Ocultos entre los árboles, un grupo de ellos —algunos cargando vacas— observó con desinterés cómo uno de los suyos atacaba a Elías Bruno. Sin prestarle mayor atención, continuaron su camino.
A diferencia de aquel monstruo que se había perdido y atacado al gaucho, en grupos grandes los alienígenas eran de naturaleza apática, pero obedientes. Como el más importante de ellos se quedó observando, todos se detuvieron.
Pocos monstruos eran significativamente racionales; esos imponían naturalmente ser seguidos por los otros. Aun así, le costaba resolver la antipatía entre diferentes grupos de alienígenas, pero estaba en ello.
Uno de los que le era más servicial le dijo:
—Él va a esconder el cuerpo.
—Puede haber otros hombres que lo hayan visto.
—Barreremos la zona —le respondió apresurado.
Las vacas, sostenidas por los alienígenas, parecían paralizadas. Cuando las bajaron al suelo, reaccionaron huyendo aterradas.
Todos estaban expectantes a lo que dijera.
Este observaba al monstruo atacar al hombre como un animal salvaje. Temía que los demás esparcidos por la zona fueran igual de irracionales e inútiles. Tenía que hacerlo él mismo.
Así que solo registró los alrededores en busca de más hombres.
Adentrándose en la arboleda, encontró una casa y la registró. No había nadie. Se estaba alejando de allí cuando vio llegar al joven gaucho moribundo.
El gaucho vivía en una pequeña casa vieja de madera llena de remaches, enclavada en medio de la arboleda. Como había estado abandonada por décadas, ya no había caminos claros y era difícil de encontrar para quienes no la conocían. Por eso el gaucho se sentía seguro.
Su esposa quería que él hiciera una casa nueva para cuando tuvieran un hijo. Ahora vivía solo, acompañado únicamente por sus vacas y el viejo caballo que tiraba de su carro.
Los alienígenas asustaban a los animales. El relinche del viejo caballo, que dejaba merodear suelto, alertó a Elías Bruno. Iba a huir cuando el monstruo entró a su casa.
El alienígena lo encontró embistiendo la pared con la chimenea de la salamandra como si fuera un ariete. Lo sostenía con un solo brazo. El otro seguía con la rama clavada en su pecho; mientras lo hacía, manchaba todo de sangre. La casa solo tenía pequeñas ventanas con rejas y una única puerta, donde estaba el monstruo.
Ese alienígena no era un salvaje. Observó al hombre con calma desde la entrada; sabía que se moría.
A Elías Bruno lo aterraba aún más que no fuera el mismo monstruo que lo había atacado en el campo.
Afuera, el caballo relinchaba encabritado, pero no huía.
La madera era vieja y él estaba débil. En cuanto se resquebrajó, se arrojó contra la pared.
El alienígena le lanzó la mesada; la levantó tanto que golpeó el techo haciendo temblar la casa y cayó cerca de él.
El gaucho logró salir afuera, pero del otro lado de la pared estaba lleno de cacharros. Cayó sobre ellos y allí se quedó sin poder moverse. Llamó a su viejo caballo; este relinchaba asustado, pero igual se acercó y agachó la cabeza. Elías Bruno se sujetó de las bridas y el caballo lo arrastró de los cacharros.
El hombre estaba casi muerto. El alienígena pensó que era mejor esconder el cuerpo, rápido. En el bosque tenía otro destino y poco tiempo. Confiaba en que los otros alienígenas encontraran al monstruo perdido en el campo. A pesar de haberles dicho que se marcharan, ellos lo buscarían si se tardaba mucho. Terminó por romper la pared, tomó al hombre ignorando al caballo y lo metió a la casa. Tiró de una de las vigas del techo; crujieron las maderas de las paredes y la casa se fue derrumbando sobre el joven gaucho.
El caballo se acercó al alienígena y le dio una coz que lo hizo volar dentro de la casa. Luego corrió hacia el campo. La casa estaba algo inclinada, pero el monstruo se levantó sin dificultad alzando el techo. Elías Bruno seguía cerca del hueco de la pared. Cuando se le acercó el monstruo, desde el suelo, el gaucho intentó golpearlo con un cacharro, no lo pudo levantar y se cortó la mano. Lo pateó, le arrojó la rama que tenía clavada en el pecho y enormes tornillos oxidados que había tirado a su alrededor mientras gritaba con todas sus fuerzas. El alienígena se desplomó.
La madera que le arrojó tenía incrustado el fragmento de hueso del alienígena. Le hizo un gran corte bajo la cabeza.
Elías Bruno se levantó lentamente. El alienígena estaba muerto.
Con una pared destrozada, la casa quedó inclinada peligrosamente a un lado, a punto de derrumbarse.
Elías Bruno estaba muy herido. Necesitó la ayuda del caballo para pararse; estuvo llamándolo un buen rato. Se quedó mirando la arboleda, asustado, preguntándose cuántos monstruos más habría. Imaginó una cantidad infinita de alienígenas ocultos entre los árboles. Pensó en sus familiares, en sus amigos, en todas las personas que conocía. Tenía que alertar a Azulrial.
El joven gaucho estaba solo e indefenso. Tomó el fragmento de hueso del alienígena muerto y le cortó un trozo de piel para cubrirse, aunque no estaba en condiciones de usar nada de eso.
Haciendo esfuerzos para no perder el conocimiento, le pidió a su esposa que lo cuidara, ató el carro al caballo y cargó al alienígena. Tuvo que cubrirlo para calmar al animal y partió lo más rápido posible al pueblo.
La ruta muerta que llevaba al pueblo pasaba cerca de una alta loma arbolada. Allí un alienígena esperaba al monstruo muerto. Era diferente a todos los demás, no solo en apariencia. Por decisión propia, era un exiliado. Aun así, seguía al grupo de alienígenas, preocupado por ellos. Sabía exactamente dónde estaban. Cuando vio al carro huir desaforado, lo persiguió.
Elías Bruno se esforzaba por controlar al caballo. El carro traqueteaba por la ruta muerta en pésimo estado. Le faltaba poco para llegar al pueblo cuando quedó inconsciente. El caballo, asustado, lo arrojó del carro y se alejó encabritado con su monstruosa carga.