Dame mi vaca

Capítulo 3: Exiliado

En una enorme extensión desolada de campo estaba tirado el viejo caballo de Elías Bruno. Tenía las patas delanteras cortadas y el morro partido en dos. A su lado, junto al carro, yacía el cuerpo del alienígena. Los rodeaban decenas de monstruos; algunos cargaban vacas. Entre ellos estaba el que había atacado al joven gaucho.

El muerto era su líder. El que le era más servicial intentaba contenerlos a todos, pero estaban desorientados y no lo escuchaban.

Los alienígenas eran dispersos; solitarios, eran como animales salvajes; en pequeños grupos, apenas racionales. Los pocos que no eran así acarreaban al resto. Eso se daba de forma natural. El alienígena muerto era de los pocos que podía hacerlo.

El exiliado llegó atraído por la cantidad de monstruos. Se quedó observándolos desde lejos hasta que vio el cuerpo en el suelo. Era cercano al alienígena muerto. Los otros monstruos, con antipatía, lo rodearon a distancia, Los ignoró. El que le servía al líder muerto estaba disgustado con él; él valoraba volver a verlo.

—Rizzi arreglará su cuerpo —le decía a los monstruos.

—No puede cambiar que está muerto —interrumpió el exiliado.

Los monstruos se alteraron aún más al oírlo. Lo ignoraron. Estaban desorientados, separados en pequeños grupos.

Entre todo lo que dijo soltó: «Los hombres no deben saber de nosotros». Algo similar decía el alienígena muerto. Los monstruos lo escucharon en esas palabras y le prestaron atención. El exiliado se alejó, dejándolo como centro de todos.

—Arrasaremos el bosque. Los hombres que lo mataron deben estar ahí —continuó, sin saber qué más decir.

—Vi al hombre que llevaba el cuerpo llegar al pueblo —volvió a interrumpir el exiliado.

Se hizo silencio. La tensión aumentaba entre los alienígenas.

—No intervendré… pero hay demasiados hombres… —repetía mientras se alejaba, preocupado por los alienígenas.

Algunos creyeron que había visto cómo mataban al líder y no intervino. Nadie podía sospechar que él lo hubiera matado.

En la noche y llovía en Azulrial.

Azulrial era un pueblito de casas bajas. Incluso el hospital era una casa común que funcionaba como tal. Elías Bruno creció jugando en esas calles y vivió en la misma cuadra donde aún vivía su padre.

Cuando era niño, el pueblo era más humilde, pero había mucha más gente. Como a muchos, lo retenía allí la costumbre o la nostalgia.

Su esposa también nació en el pueblo, pero estudió en otro lugar y volvió para ser maestra. Para entonces ya estaba enferma. Todos en el pueblo la ayudaron. Elías Bruno fue de las últimas personas en conocerla.

La primera explosión sacudió el hospital; la segunda agarró a Elías Bruno corriendo hacia una ventana. El hospital se derrumbó.

Azulrial era iluminado por los incendios que había por todo el pueblo. Se escuchaban los gritos de la gente pidiendo ayuda.

Pasaron minutos hasta que algunos se acercaron a ayudar en el hospital. Movieron escombros y levantaron las chapas del techo, liberando a doctores y pacientes. Entre ellos estaba Elías Bruno. Algo alejado de los demás, sin el techo encima, pudo salir de entre los escombros, pero quedó atorado entre restos de maderas. Pidió ayuda. No lo escucharon: Azulrial era un aquelarre en ese momento.

Atrapado, vio enormes sombras esparcidas por el pueblo. Los gritos de las personas se fueron apagando. Muerto de miedo, se apretó contra los escombros y se cubrió con un pedazo de mampostería mientras seguía esforzándose por mover las maderas que lo aprisionaban.

Los pedidos de ayuda guiaban a los alienígenas esparcidos por Azulrial. La lluvia apagó los incendios.

Había alienígenas con cuerpos deformados de muchas diferentes formas.

Un grupo de ellos derrumbaba las últimas casas que quedaban en pie. Tenían extremidades más cortas y robustas, formadas de huesos expuestos. Se ponían al rojo vivo y explotaban, destrozando lo que apuntaran con ellas. Se turnaban: mientras se regeneraba la extremidad de unos, otros pasaban a apuntar.

En la mañana paró la lluvia. Azulrial era escombros y cadáveres.

Elías Bruno despertó ahogándose en un charco. Se arrastró por el barrial hasta que pudo salir. Corrió entre cientos de cadáveres de gente que conocía hasta la casa de su padre.

A los gritos, llorando, pedía ayuda mientras lo buscaba entre los escombros.

El joven gaucho no era el único sobreviviente. Un grupo de muchachos heridos, con miedo, sin entender nada de lo que ocurría, andaban por el pueblo buscando personas. Entre ellos estaba Nico Cianni. Lo ayudaron y encontró el cuerpo de su padre.

Bajo los escombros se escuchaban voces. Entre todos, destrozados, se dedicaron a rescatar personas, pero no eran suficientes; necesitaban mucha ayuda.

Por eso Nico Cianni y Elías Bruno decidieron ir por ayuda a Tero Viejo. Se fueron por diferentes caminos, esperando que alguno pudiera llegar al pueblo vecino. Al joven gaucho le dio algo de seguridad aún tener la piel del alienígena y el fragmento de hueso.

En la noche habían huido muchos animales. Nico Cianni fue el primero en encontrar un caballo que corría asustado por los restos de Azulrial. Elías Bruno tuvo que caminar bastante hasta dar con uno.

El joven gaucho nació sobre un caballo. Avanzó sutil por la arboleda al lado de la ruta muerta para asegurarse de que no había alienígenas. Cuando los vio, se alejó lo más posible y siguió por el campo hacia Tero Viejo. Pensaba en la gente del pueblo. Se decía, para consolarse, que no tenía la culpa de lo que pasó.

Los monstruos también se alejaban de Azulrial por el campo, en pequeños grupos. No tenía tiempo; las personas del pueblo necesitaban ayuda. Tuvo que arriesgarse. Avanzó lento, ocultándose. Cuando creyó pasar el cerco de monstruos, se lanzó a todo galope por la arboleda. Entonces se encontró en un enorme terreno descampado, frente a una multitudinaria marcha de alienígenas.



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En el texto hay: suscesos inexplicables

Editado: 08.04.2026

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