Dame mi vaca

Capítulo 4: ¡¡Muuuuuuuuuu!!

El propósito de los alienígenas era el de quien los guiaba y, en ese momento, no los guiaba nadie. Así que, desorientados, en grupos, iban hacia Rizzi.

Su nave flotaba sobre una gran extensión de tierra escarbada, a la altura de la copa de los árboles. Estaba hecha de gruesas raíces entrecruzadas. De ellas brotaban árboles y de los troncos de estos árboles brotaban aún más árboles, formando un inmenso techo frondoso sobre el terreno.

De la nave caían terrones de tierra y raíces gigantes. Golpeaban pesadamente contra el suelo, haciéndolo temblar, y arrojaban a los alienígenas que estaban cerca al aire; allí quedaban por segundos como si no hubiera gravedad.

Algunos alienígenas estaban monstruosamente deformados, contrarios a los cuerpos delgados con la piel gruesa que los cubría en pliegues y que atacaban con los huesos de sus extremidades que destrozaban. Estos eran más grandes; algunos tenían enormes fragmentos de huesos ya expuestos y apenas algún rastro de piel.

Frente a los cientos de monstruos, Elías Bruno se dio por vencido. Lloraba pensando en su esposa; le hubiera gustado formar una familia… Se lo imaginaba con frecuencia.

Los monstruos parecían ignorarlo; sentía la tensión en el aire. En cuanto se moviera, se le arrojarían encima.

En grupos, algunos monstruos se acercaron a Elías Bruno; otros se detuvieron a observarlo.

Les dijo que había matado a un alienígena y que era el único sobreviviente del pueblo.

Iba a intentar escapar, pero si no lograba huir, esperaba que con su muerte acabara todo. Nunca vivió más allá del pueblo; conocía a todas las personas que necesitaban ayuda. Azulrial era la historia de su vida. Los alienígenas no entendieron nada de lo que decía.

Mientras tanto, ya no quedaban alienígenas cerca del pueblo y el exiliado recorría los restos asegurándose de que no quedaran personas con vida. Eran más de diez los rescatados de los escombros y buscaban más cuando el exiliado los masacró. Fuera del pueblo dejó también el cadáver de Nico Cianni.

Alerta por la cantidad de personas con vida (si escapaban muchos, les traerían problemas), fue a ver a los suyos.

En pequeños grupos, los alienígenas se acercaron a Elías Bruno. Destrozando diferentes partes de su cuerpo para dejar expuestos sus filosos huesos. Salvo los deformados, había uno entre los tres más cercanos a él. También estaba el que le servía al líder muerto.

El joven gaucho hacía esfuerzos por controlar al caballo. Sacó el cuero de alienígena que llevaba ceñido al cinturón, envolviendo el fragmento de hueso. Lo extendió rápido, hizo un corte en el centro y se lo puso como si fuera un poncho. Le cubría todo el cuerpo. Luego se acostó en el caballo sujetándose fuerte, soltó las riendas y lo dejó salir desenfrenado.

El caballo dio unas zancadas y lo destrozaron. saltó al suelo antes de que se derrumbara y corrió esquivando las embestidas de los alienígenas. El ondeo del cuero les dificultaba darle de pleno.

Adonde sea que corría era rodeado y atacado por los tres monstruos mientras más alienígenas se acercaban.

El monstruosamente deformado tenía pequeños huesos expuestos que remarcaban la forma de su cuerpo. En los lados, trozos de huesos más grandes que sus delgadas extremidades golpeaban como aguijones y, en la espalda, un cráter con la carne carbonizada; de ahí salía un hilillo de humo que se deshacía en el aire.

No pudiendo librarse de ellos, Elías Bruno se detuvo de golpe y apuñaló a uno. Esgrimía el fragmento de hueso como si fuera un facón, tirando cortes para todos lados, intentando sacárselos de encima.

Los alienígenas se sorprendieron al ver que podía cortar su piel, luego lo esquivaron con facilidad.

El joven gaucho no podía hacer nada más. Ocultó los brazos en el ondeo de la piel y, usando fintas, logró cortarlos algunas veces. Aun así, no podía detener a todos. Uno más se sumó a atacarlo. Desesperado, se movía de un lugar a otro como un animal, esquivando sus embestidas sin lograr huir. Sus heridas se reabrieron y comenzó a sangrar. Cuando por fin logró sacarse uno de encima, otro alienígena más se sumó a atacarlo. No paraban de llegar. Uno de los monstruos cayó.

Había cientos de alienígenas a su alrededor. Sin darse cuenta, se acercó a la nave. Los monstruos lo miraban con desinterés. Seguían cayendo los enormes terrones de tierra; las vacas inconscientes se amontonaban solas. De entre los monstruos salió un alienígena deformado que lo apuntó con su extremidad al rojo vivo. Supo al instante que tenía que cubrirse.

Sin pensarlo, se arrojó entre los monstruos. Aun así, el deformado lo hizo volar, envuelto en la piel. A los monstruos la explosión apenas los movió. Entre ellos, el joven gaucho esquivó algunos ataques aislados; la mayoría estaba en un letargo.

Los monstruos de repente se empezaron a mover. Elías Bruno quedó en el suelo entre un grupo de vacas; un terrón de tierra cayó cerca. Salió trepándose a las vacas y se encontró sobre un tumulto de animales que flotaba en el aire. La masa de la nave se extendió envolviéndolos.

Revueltos en una materia de raíces y carne, fueron llevados adentro, a una enorme sala iluminada por haces de luz. Se arrojó a las vacas a lo alto de las paredes; allí quedaron enredadas entre raíces y tierra. Al joven gaucho lo desecharon a un pasillo donde las paredes se cerraron intentando deglutirlo. Desenfrenadamente cortó con el fragmento de hueso hasta que pudo salir. La única salida que había se deshizo y quedó un charco de sangre.

Elías Bruno se encontró bajo una gigantesca cúpula cubierta de vacas, entre raíces y carne palpitante. Había un coro de mugidos. Frente a él estaba un alienígena que era solo un torso adherido a la superficie: ese era Rizzi. Se deslizaba por la nave de un lugar a otro entre cuerpos abiertos de alienígenas vivos que había por todo el lugar. Sin importar a dónde se moviera, las vacas caían de a una a su espalda y desaparecían mientras en sus pequeñísimas manos, siempre en movimiento, aparecían su carne y huesos.



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En el texto hay: suscesos inexplicables

Editado: 08.04.2026

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