¡dame un bebé, mi esposa contratada!--Libro 1

Capítulo 15 El amor que fue vendido

Silvina apenas alcanzó la puerta lateral de la iglesia, y justo cuando estaba a punto de escapar, un grupo de hombres la detuvo con fuerza.

—¡Apártense! ¡Déjenme pasar! ¡No me toquen! —gritó entre lágrimas. El maquillaje corrido por su rostro la hacía lucir aún más descompuesta.

Intentó empujarlos con todas sus fuerzas, pero no importaba cuánto lo intentara: ninguno de ellos se movía un centímetro.

—¡Si no se quitan ahora mismo, juro que me haré daño! —Silvina gritó desesperada, arrancándose un pasador del cabello y apuntando temblorosa hacia su propio vientre—. ¿Quién se hará responsable si algo le pasa al heredero de los Muñoz?

Sus palabras surtieron efecto de inmediato. Los guardaespaldas, que hasta entonces habían bloqueado su paso sin dudar, se miraron entre sí, desconcertados, sin atreverse a moverse.

—¿Y tú vas a cargar con esa responsabilidad? —La voz de Leonel sonó a sus espaldas, baja, fría, como una sentencia.

—Yo... yo solo... —Silvina no supo qué responder.

—Te lanzaste sin pensar, solo para ir detrás de tu exnovio —Leonel dejó escapar su autoridad en una sola mirada gélida—. Está bien. Si tanto deseas verlo, te lo mostraré. Si él acepta fugarse contigo, anularé el compromiso. No necesito una mujer que anhele estar con otro.

Silvina lo miró, incrédula. ¿De verdad estaba diciendo eso? ¿Iba a dejarla ver a Wilson?

Justo entonces, un coche se deslizó silenciosamente hasta detenerse frente a ella.

La puerta se abrió, y de su interior bajó una silueta conocida.

Silvina contuvo el aliento.

Era Wilson. ¡Wilson había vuelto!

—¡Wilson! —gritó entre lágrimas, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

Quería correr hacia él, abrazarlo, contarle todo.

Quería explicarle que todo había sido un error, que nada fue intencional.

Quería preguntarle si estaría dispuesto a irse con ella, lejos de todo, incluso con su hijo en el vientre.

Pero al dar un paso, Wilson se echó hacia atrás, incómodo, como si temiera acercarse.

Silvina se quedó petrificada. ¿Ese era su Wilson? ¿El mismo que apenas ayer le escribía dulces mensajes por WhatsApp, contándole anécdotas divertidas desde el extranjero, presumiendo su estilo despreocupado y su espíritu libre?

Ahora... parecía un desconocido.

¿Temeroso? ¿Cobarde?

—¿Wilson? ¿Qué te pasa? ¿Te obligaron a venir? ¿Leonel te hizo algo? —preguntó, dando otro paso. Wilson retrocedió de nuevo.

—N-no... —murmuró Wilson, sin levantar la vista, con la voz temblorosa. No quedaba nada del joven seguro y encantador que ella conocía.

Silvina giró hacia Leonel, furiosa.

—¡¿Qué le hiciste?! —le espetó.

Leonel comenzó a desabrocharse los puños de la camisa con parsimonia. Su presencia imponente se hacía más intensa a cada paso que daba, hasta que Wilson parecía encogerse por completo frente a él.

—¿Yo? —respondió Leonel con tono sarcástico—. Lo único que hice fue cumplir tu deseo: traer al hombre que tanto querías ver.

Silvina frunció el ceño.

Wilson, que antes era tan orgulloso, ahora parecía... patético.

—¿Y ustedes... para qué me llamaron? —balbuceó Wilson, sin atreverse a mirar a nadie directamente. Su voz era débil, su actitud vergonzosa.

Silvina no entendía qué estaba pasando, pero Wilson sí.

Él sabía perfectamente cuánto costaba el auto en el que lo habían llevado: más de diez millones de dólares.

Y esos guardaespaldas de traje negro... no había forma de que fueran simples empleados.

No, esos hombres venían de un mundo que Wilson jamás podría alcanzar.

Un mundo que lo intimidaba... y lo superaba por completo.

—Señor Wilson, solo quiero hacerle una pregunta —dijo Leonel con voz calmada pero afilada—. ¿Cuánto vale Silvina para usted?

Con un gesto de la mano, Tomás se acercó de inmediato cargando una caja, la cual colocó directamente sobre el capó del coche en el que Wilson había llegado. Sin decir palabra, abrió el maletín frente a todos.

—¿Tú... tú de qué estás hablando? —balbuceó Wilson—. Silvina para mí... siempre ha sido invaluable...

Pero sus palabras se cortaron en seco en cuanto su mirada se clavó en el contenido del maletín: billetes de cien perfectamente alineados.

—Quinientos mil dólares —dijo Leonel con indiferencia, empujando un poco la caja hacia él.

—Yo... no... ¿cómo podría ponerle precio a...?

Antes de que pudiera terminar la frase, Tomás abrió una segunda caja repleta de billetes, dejándola frente a Wilson también.

Wilson tragó saliva, tragándose también el resto de sus palabras.

—Un millón de dólares —añadió Leonel, con una media sonrisa cargada de burla.

El rostro de Silvina palideció. Algo dentro de ella se retorció con una premonición oscura. Giró la cabeza hacia Leonel, lanzándole una mirada helada.




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