¡dame un bebé, mi esposa contratada!--Libro 1

Capítulo 20 Los Invitamos a Comer

Y eso que Gracia era la nueva gerente estrella del departamento de ventas. El mes pasado, sus cifras habían sido las mejores de toda la división. Estaba segura de que el presidente sabría perfectamente quién era más valiosa.

Por eso necesitaba saber qué truco había usado Silvina para lograr que el presidente se negara siquiera a verla.

Silvina soltó un suspiro. ¿Por qué había tantas mujeres que soñaban con meterse en la cama de Leonel? Si fuera tan fácil, esa cama ya estaría sobreocupada.

Conteniendo su molestia, respondió:

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—¿Nada que ver? En el tercer piso del restaurante solo estaban el presidente, la clienta y tú. ¿Y me quieres hacer creer que fue la clienta quien dijo algo? —Gracia se crispó aún más al ver la mirada tranquila de Silvina, como si la estuviera ridiculizando.

—Lo siento, tengo cosas que hacer. Con permiso. —Silvina no tenía intención de discutir y se giró para marcharse.

Pero Gracia le sujetó la muñeca con fuerza.

—¿Irte? ¿Así de fácil? Hasta que no aclares todo esto, ¡no te vas!

Silvina notó cómo comenzaba a juntarse gente en la planta baja. Todos estaban ahí solo para ver el espectáculo.

No era solo Gracia quien quería respuestas: muchos en la empresa se preguntaban lo mismo. ¿Qué había hecho Silvina para ganarse la atención especial del presidente?

—No tengo nada que decir. —La miró fijamente.

¿Cómo explicar algo así? ¿Decir que se había equivocado de habitación, que terminó en la cama equivocada, quedó embarazada y por eso tuvo que casarse? Ja. Aunque lo dijera, ¿quién le creería?

—¡Qué arrogante eres! Solo eres una amante más, calentando la cama del presidente, ¿y ahora te crees su esposa? ¡Parece que necesitas que alguien te ponga en tu lugar! ¡Hoy lo haré yo misma! —Gracia no podía soportarlo más. Haber sido expulsada por Tomás frente a tantos testigos era una humillación que aún ardía.

Silvina intentó zafarse con fuerza, pero no pudo soltarse. Gracia, encolerizada, alzó la mano para abofetearla.

—¡Ahhh! —se escucharon varios jadeos entre el público.

Todos sabían que Gracia tenía talento y había sido elogiada por el presidente, pero que intentara golpear a otra empleada... eso ya era demasiado.

Silvina, inmovilizada, no tuvo otra opción más que cerrar los ojos, resignada a recibir el golpe.

Sin embargo, pasaron varios segundos... y el golpe nunca llegó.

En su lugar, se escucharon más jadeos sorprendidos.

Silvina abrió lentamente los ojos y vio a todos sus compañeros mirando detrás de ella con expresión pasmada.

Se dio vuelta y lo que vio la dejó igual de paralizada.

Leonel estaba justo detrás de ella, como si hubiera descendido de los cielos. Sostenía con fuerza el brazo de Gracia en el aire. Su mirada era gélida y su expresión dejaba claro que estaba absolutamente disgustado.

—No tenía idea de que entre las responsabilidades del departamento de ventas ahora se incluía la de disciplinar a mis empleados personales —dijo con tono helado, con los ojos entrecerrados y un brillo amenazante que erizaba la piel.

A un lado, Tomás ya estaba allí, con expresión de culpa, como si él mismo hubiese fallado por no evitar este incidente a tiempo.

—¿Y tú te quedaste ahí parada dejándote golpear? ¿Quién se cree que es esa mujer? ¡Ni siquiera es digna de limpiarte los zapatos! —Leonel lanzó una mirada fulminante hacia Silvina.

Al ver su expresión todavía sobresaltada, apretó la mandíbula. Esa mujer... cuando estaba con él sí que tenía agallas para rechazarlo, ¿pero frente a una simple empleada se acobardaba así? ¿Dónde estaba el valor que mostró ayer?

Apenas dijo eso, todos los empleados que estaban mirando soltaron una bocanada de aire al unísono.

¿Había dicho bien el presidente? ¿Dijo que Gracia, la gerente de ventas más destacada, no era ni siquiera digna de limpiarle los zapatos a Silvina? ¿Qué significaba eso? ¿Acaso la posición de Silvina dentro del corazón del presidente ya era completamente diferente?

En ese momento, Gracia se quedó totalmente paralizada.

Leonel la empujó sin contemplaciones hacia un lado.

—Infórmale a Recursos Humanos. Está despedida.

Tomás ya le estaba ofreciendo una toallita húmeda, que Leonel usó con precisión para limpiar cada uno de sus dedos. Luego la arrojó al suelo, tomó la mano de Silvina y se la llevó consigo sin mirar atrás.

Tomás de inmediato llamó a Recursos Humanos para comunicar la decisión.

Gracia, completamente incrédula, gritó desesperada:

—¡No, no puede ser! ¡Soy la gerente de ventas con más ingresos de la empresa! ¡No puedes despedirme! ¡Presidente, lo siento! ¡Reconozco que me equivoqué!

Intentó correr hacia Leonel, pero Tomás se interpuso firmemente.

—Si te marchas tranquila, quizá recibas tu indemnización completa. Pero si decides armar un escándalo, sabes muy bien que el equipo legal de la empresa no está precisamente para bromas —le dijo con frialdad.




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