Emma llevaba dos días evitando mirarse al espejo y salir a la calle. Sabía que todavía tenía la piel pálida y los ojos cansados, pero Lidia insistió en que la acompañara al centro.
—Vamos, amiga, un café y un par de vitrinas no matan a nadie. Además, la ciudad no muerde.
Emma se dejó convencer. Necesita ropa propia, no quería seguir usando la de las chicas y sabía que tenía que reaccionar. Esconderse la ayudaba a recuperarse, pero ahora debía enfrentar al mundo.
Primero acompañó a su amiga a una tienda donde debía adquirir insumos para la oficina donde trabajaba. Era secretaria/recepcionista en un consultorio odontológico ocupado por cinco profesionales y faltaba papelería.
Luego acudieron a un centro comercial donde ella pudo comprar prendas de vestir, en su mayoría de diario y ropa interior.
—Tengo algunos vestidos y zapatos que ya no uso porque me quedan ajustados, te los daré y así ahorras un poco.
—Debo conseguir un trabajo —expuso Emma con frustración. Sus ahorros no iban a durarle toda la vida y no quería recurrir a sus padres porque ellos habían quedado muy molestos por su abandono a Marco.
El hombre les contó su versión de los hechos, mostrándose arrepentido. Sus padres le exigían que volviera con él y le diera otra oportunidad. Ellos no sabían del resto de maltratos y humillaciones que había vivido a su lado.
—Ya llegará el momento para eso, amiga, ahora debes terminar de recuperarte. Todavía te noto débil, en las noches te escucho llorar.
La vergüenza coloró las mejillas de Emma. Intentaba ser silenciosa, pero el dolor la vencía. Le costaba superar la pérdida de su hijo, por el que había sentido gran ilusión, y olvidar los maltratos de Marco. Aun retumbaba en sus oídos el sonido de sus gritos y ofensas.
Una vez que compró lo más urgente y guardó las compras en el maletero del auto de su amiga, pasearon por la ciudad. Caminar por calles conocidas le produjo una mezcla de alivio y miedo. Reconocía esquinas y tiendas, aunque sentía que cada paso que daba era vigilado.
Repasaba las multitudes buscando a Marco entre ellas.
Doblaron por una calle peatonal hasta llegar a una cafetería que solían visitar durante su época universitaria.
—¿Entramos? —preguntó Lidia con sonrisa divertida, como si aquel hubiese sido su plan desde el principio—. Así recordamos buenos tiempos.
Emma asintió. No solo sintió emoción por visitar aquel sitio donde había cosechado hermosos recuerdos, sino que necesitaba de algo caliente que la ayudara a recobrar la calma y regresar a su zona de confort.
Adentro, el lugar estaba lleno de murmullos y tazas chocando. Buscaron una mesa junto a una ventana, desde donde ella pudiese ver a la gente que entraba al negocio. Le resultaba imposible no mantenerse en alerta.
—Yo pido —dijo Lidia y dejó su bolso sobre la silla para acercarse a la barra.
Emma quedó sola mirando por el cristal cuando escuchó una voz detrás de ella.
—Perdón, ¿esta silla está ocupada?
Se erizó por completo y el aire se le atascó en la garganta. Era Liam.
Al girarse confirmó sus sospechas. Tropezó con la misma mirada firme y el mismo gesto de cejas que indicaba que estaba a la espera de una respuesta. Aunque algo había cambiado. Lo notó más maduro y con un porte distinto, como si el tiempo le hubiese dado peso y seguridad haciéndolo mucho más atractivo.
Sus ojos verdes y voraces se clavaron en ella, al inicio sin emociones, luego, cargados de confusión y expectativas.
—¿Emma? —consultó él como si dudara de lo que veía.
Ella abrió la boca, aunque ninguna palabra salió.
—Dios… No puedo creer que seas tú —exclamó el hombre.
—Hola.
—Seis años —sonrió, pero la sonrisa tenía un temblor—. Han pasado seis años y nunca recibí de ti ni una llamada o un mensaje de tu parte.
—No fue… —Emma tragó saliva— no fue por no querer.
—¿Entonces?
Ella bajó la mirada.
—Las cosas se complicaron.
—Siempre se complican, pero desapareciste.
Su voz no sonaba dura, sino herida.
Lidia regresó en ese momento y quedó congelada al verlos.
—¿Liam Hamilton? —exclamó, sorprendida, y dejó dos tazas con café en la mesa.
—Hola, Lidia —saludó Liam sin apartar los ojos de Emma.
—Vaya reencuentro. Si lo hubiésemos programado, no habría salido tan bien.
—No sabía que Emma estaba en San Francisco.
—Llegué hace un par de días —confesó ella sintiendo un calor incómodo subirle al rostro.
—¿Y piensas quedarte? —quiso saber el hombre, interesado.
Emma dudó.
—No lo sé.
—Deberías —dijo como una afirmación, más que como una sugerencia—. Esta ciudad todavía te pertenece.
El silencio se instaló entre ellos mientras Lidia los evaluaba con atención. Podía notar la química y las emociones que sus rostros revelaban.
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Editado: 02.03.2026