Emma soltó una risa corta, incrédula.
—Te abandoné sin darte explicaciones, Liam, y desaparecí por seis años. ¿Aun así pretendes confiarme el cuidado de tus hijos?
—Aunque me dolió tu abandono, comprendo tus motivos. Lo que me costó superar fue que nunca más volvieras a comunicarte conmigo, pero esas son cosas que se pueden corregir —respondió él con una seriedad que no admitía réplicas.
Emma bajó la mirada, intentando ordenar la avalancha de emociones que sentía en su pecho.
—No sé si pueda… —susurró.
—Solo piénsalo —pidió Liam, inclinándose hacia ella—. No lo estoy pidiendo por mí, sino por mis hijos. Ya perdieron a su madre, no quiero que pierdan también a su padre, son muy pequeños.
El silencio se instaló entre ambos y el café se enfrió del todo.
Minutos después, Liam logró convencer a Emma de conocer a los niños antes de tomar una decisión.
Ella aceptó por curiosidad, aunque le costaba controlar el miedo. Un cambio de ese tipo en ese momento de su vida sería perturbador.
Quedó asombrada cuando llegaron a una casa enorme y elegante en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad. Él la guió al interior.
—¡Chicos! —llamó Liam con voz firme desde la puerta.
Unos pasos rápidos retumbaron por el pasillo.
—¡Papá! ¡Papá!
Dos pequeños idénticos aparecieron y lo abrazaron. Ambos con el cabello castaño revuelto y ojos grandes y verdes, como los de su padre.
Quedaron paralizados y borraron la sonrisa al descubrir a Emma. La observaron como si ella fuese un ser extraño y llamativo.
—Acérquense —pidió el hombre. Ellos dejaron que los ubicara junto a la mujer—. Ella es Emma. Una amiga.
—Hola —dijo uno, dando un paso adelante, sin miedo—. Yo soy Matt.
—Y yo, Lucas —añadió el otro, casi a la vez, y con una sonrisa traviesa.
Emma se inclinó para estar a su altura.
—Hola, Matt y Lucas. Es un placer conocerlos.
Ellos se miraron entre sí y luego a su padre.
—¿Trabaja contigo, papá? —consultó Matt.
—No, estudió conmigo en la universidad.
Ambos la vieron asombrados.
—¿Y qué hacían antes de que llegara? —preguntó ella para comenzar a entablar una conversación.
—Construimos una ciudad con bloques —dijo Lucas, con orgullo—. Tiene un puente, un río y un castillo.
—¿Quieres verla? —insistió Matt, y la tomó de la mano antes de que pudiera responder, empujándola al interior de la casa.
Emma dudó, pero la calidez de esa pequeña mano le desarmó cualquier resistencia, animándose a seguirlo.
No pudo evitar recordar al hijo que había perdido hacía tan solo unos días, logrando que sus ojos se llenaran de lágrimas. Liam notó su reacción.
La hicieron atravesar una sala enorme y lujosa cuya pared del fondo era de vidrio y dejaba a la vista un patio impecable, adornado con jardines llenos de flores. Subieron las escaleras y caminaron por un pasillo alfombrado hasta llegar a la habitación de juegos.
Adentro, ella se maravilló al ver las paredes con estantes llenos de juguetes, peluches y libros, y en el centro, los bloques de colores formaban una estructura tambaleante, aunque ingeniosa.
—Vaya, esto parece trabajo de arquitectos.
—Papá dice que tenemos que aprender a construir cosas grandes —comentó Lucas—. ¿Tú sabes construir?
—Ehhh, un poco. Creo que ustedes me ganarían.
Matt tomó unos bloques del suelo y se los entregó a la mujer.
—Ayúdanos, tenemos que construir una heladería.
—¿Una heladería? —consultó ella, arrodillándose junto a ellos, que se habían sentado en el suelo para continuar con su trabajo.
—Sí, necesitamos muchos helados para que la gente pueda comer —aseguró Lucas muy serio.
Mientras terminaban de construir el edificio que sería la heladería, hablaron de los diversos sabores de helados que les gustaban.
Liam los veía parado en el marco de la puerta. No sonreía, pero en sus ojos había algo distinto, como si acabara de confirmar sus sospechas de que Emma sería la mujer perfecta para ocupar el puesto que le había propuesto. No veía a nadie más en ese lugar.
Sin darse cuenta estuvieron allí hasta la hora del almuerzo.
—Señor, la comida está lista —notificó la cocinera.
Él animó al grupo a bajar al comedor. Carmen, la niñera, se apresuró por llevar a los niños al baño para asearlos antes de que se sentaran en la mesa.
—¿Comeré con ustedes? —preguntó Emma confundida cuando estuvo sola con el hombre.
—No voy a echarte a la calle ahora.
Ella lo miró preocupada, no había planificado pasar tanto tiempo con ellos, pero se había sentido tan cómoda jugando con los niños que las horas se fueron le volando. Desde hacía mucho no se sentía tan segura y tranquila.
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Editado: 21.03.2026