Liam y Emma se acercaron en silencio a la puerta. Antes de salir, él la detuvo al sostenerla de un brazo.
—Quédate un poco más, luego te llevaré a la casa de Lidia.
—Puedo tomar un taxi.
—Yo te traje aquí, yo quiero regresarte.
Ella respiró hondo.
—Tienes a tus suegros de visita, lo mejor es que los atiendas para que no sigan pensando que eres un mal padre.
—Me importa muy poco lo que piensen. No importa lo que haga, nunca cambiarán su opinión de mí.
Emma lanzó una mirada hacia la sala, viendo como la pareja de abuelos compartía feliz con los niños. Era evidente que los amaban.
Era tanto el amor que sentían por ellos que buscaban los medios para quedárselos, exigiéndole a Liam algo que ahora no podía darle a sus hijos: una madre.
Él estaba tan concentrado en su trabajo que poco tiempo tenía para socializar y entablar un romance estable.
—Son injustos contigo —reflexionó ella.
—Por eso te propuse ese acuerdo en el café —soltó Liam, mirándola con fijeza—. ¿Ves por qué te necesito?
Emma se inquietó al recordar que él le había pedido que fuese su esposa y una madre para sus hijos.
—Liam, yo… —Cerró los ojos un instante para controlar sus emociones—. Yo ahora no estoy pasando por mi mejor momento. No creo que sea buen material para madre.
—¿Qué dices? Hoy estuviste genial con los gemelos. Nunca los había visto tan cómodos con algún extraño.
—Solo fueron unas pocas horas…
—No es una cuestión de tiempo —la interrumpió—. Hablo de confianza, de lograr interacción y respeto utilizando las palabras adecuadas. A pesar de que ellos hicieron travesuras, fuiste capaz de disciplinarlos sin gritarles, te amoldaste a ellos y ellos a ti, hasta el punto de que ruegan verte de nuevo. Eso es lo que busco, necesito a una persona que sea capaz de entenderlos y de entenderme a mí, que tenga la suficiente paciencia y templanza para soportarnos a los tres.
—Lo que buscas es a alguien que tenga una salud mental sana para que viva contigo y te ayude con la crianza de tus hijos y eso ahora yo no lo poseo —reveló con lágrimas en los ojos—. No estoy bien, Liam. No creo poder sobrellevar esto.
Él se irguió para así intentar sosegar su ansiedad.
—Piénsalo, Emma. No sé qué te ocurre, espero algún día puedas confiar en mí y me cuentes tus problemas, pero lo que propongo no es solo un beneficio para mí y para mis hijos, sino también para ti misma. Te ofrezco una casa segura y estabilidad económica, respeto ante todo y espacio para que puedas desarrollarte y crecer, y superar tus penas.
Ella lo miró con atención.
—Mi plan no es encerrarte en esta casa para que seas la niñera de mis gemelos a tiempo completo, solo necesito que estés a mi lado y me ayudes a que mis hijos tengan esa presencia que les falta cuando yo no estoy.
Él se detuvo un instante, endureciendo las facciones del rostro.
—Mis suegros ya están contactando a jueces y abogados. Tienen mucho dinero e influencias, más de las que podría tener yo, se mueven rápido con la gente correcta. Si permito que inicien los trámites de la custodia terminaré perdiendo, por eso quiero blindarme antes de que eso pase. No quiero perder a mis hijos.
Aquello lo dijo con una expresión de desesperación en su rostro que conmovió a la mujer. Le pareció impactante ver tan vulnerable a un hombre de apariencia sólida y determinada como Liam Hamilton.
Si llegaban a apartar a los gemelos de su lado, se quebraría en miles de pedazos.
Recordó la pérdida de su hijo y la gran devastación que le generó, y eso que tan solo ella lo había disfrutado en su vientre durante tres meses. No le permitieron verlo a los ojos ni tocar su piel, escuchar su risa o su llanto. Se lo arrancaron del cuerpo sin contemplaciones, dejándole un enorme vacío.
Liam, en cambio, había podido disfrutar de sus hijos desde hacía cuatro años. Por eso suponía que el vacío que le quedaría si se llevaban a los niños sería incalculable.
—Dame tiempo para pensarlo —pidió con voz afectada.
Él bajó los hombros con derrota.
—Lo haré, pero recuerda que no es mucho el tiempo que a mí me conceden —dijo, antes de sacar su móvil del bolsillo para llamar a un taxi.
Una vez que ella se marchó, él regresó a la sala.
Camila había salido al patio con los gemelos para reunirse con el jardinero, que en ese momento hacía mantenimiento a unos arbustos. Querían pedirle flores que pudiesen colocar en el pequeño altar que había en un rincón de la sala de estar, con la fotografía de Vanessa, la madre de los niños.
Julián seguía sentado en el sillón, los miraba con orgullo a través de la pared de cristal como si fuese un rey presidiendo su castillo.
—Tienes valor, Liam —habló con voz grave al ver a su yerno regresar—, al enfrentarnos a Camila y a mí frente a una extraña para demostrar que lo controlas todo.
—No necesito demostrar nada ante nadie, pero no pienses que me quedaré callado ante sus mentiras. Mis hijos son felices conmigo y eso es lo único que importa.
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Editado: 21.03.2026