El departamento de Lidia y Carla se llenó con el aroma de las verduras y del pollo servido en los platos. Hacía tiempo que Emma no compartía un momento tan agradable con sus amigas.
Lidia, siempre enérgica, cantaba al ritmo de la música que amenizaba la velada mientras terminaba de organizar la mesa. Carla, más tranquila, aunque igual de alegre, bailaba moviendo las caderas al tiempo que servía el vino.
Emma las veía con una sonrisa que suavizaba sus facciones preocupadas.
—¡Bueno! —exclamó Carla y alzó su copa—. A brindar, porque al fin estamos las tres juntas otra vez.
—Por fin —repitió Emma y chocó con suavidad su copa con las de sus amigas.
Bebió un sorbo y sintió el calor del licor recorrerle el cuerpo, pero el nudo en su estómago no se aflojaba.
Desde la tarde, luego de la visita a la casa de Liam y la tensión que había seguido por la aparición de sus suegros, no había podido dejar de pensar en lo sucedido y en la conversación final que había tenido con él.
Las mujeres se sentaron a comer, alabando la sazón que Carla había aplicado a los alimentos y hablando sobre las recetas que mejor sabían preparar.
Al terminar, Lidia no pudo reprimir por más tiempo su curiosidad.
—A ver, Emma. ¿No piensas contarnos lo que sucedió hoy con Liam Hamilton? Tienes esa cara de quien guarda un secreto enorme y no quiere soltarlo.
Carla la miró con complicidad.
—Es verdad. He notado algunas sonrisitas, pero también, ocasionales caritas tristes. Cuéntanos, ¿todo salió bien con él?
La interpelada respiró hondo, dejó el tenedor sobre su plato y se acomodó en la silla.
—Liam… me hizo una propuesta.
Las dos amigas se impactaron, aunque no sabían si alegrarse o preocuparse.
—¿Qué tipo de propuesta? ¿Te ofreció un puesto en su empresa? —preguntó Lidia.
Emma jugueteó con el borde de la servilleta.
—No exactamente en su empresa. —Apretó los labios para controlar sus emociones—. Me pidió que me casara con él y fuese la madre de sus hijos.
Carla casi se atraganta con el vino.
—¡¿Qué?! —consultó Lidia—. ¡¿Casarse?! ¡¿Así, de la nada?!
—No exactamente de la nada —aclaró Emma—. Sus suegros lo presionan, quieren quitarles a los niños. Ellos dicen que él los abandona mucho por atender su empresa, dejándolos con la niñera. Los gemelos necesitan de compañía familiar, una que ellos pueden darles como abuelos. Liam cree que casándose los mantendrá a salvo, ya que así tendrán una madre que podrá cuidarlos mientras trabaja.
El silencio se instaló entre las mujeres un momento. Lidia tuvo que apagar la música que sonaba desde su móvil porque la inquietaba.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó Carla.
—No le respondí. Le pedí que me diera tiempo para pensarlo.
Lidia apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus manos frente a su boca con el gesto de quien está armando un alegato.
—Amiga, entiendo que Liam es un gran tipo, está buenísimo, es rico y exitoso, pero ¡esto es demasiado! Llegaste aquí hace pocos días escapando de un infierno, aún tus heridas físicas y emocionales no se han curado. No puedes meterte de pronto en un matrimonio por conveniencia y asumir el rol de madre de unos gemelos de cuatro años.
—No será solo un matrimonio por conveniencia —susurró Emma—. Cuando estoy con ellos, siento paz. Los niños me miran como si ya me hubiesen visto en ese lugar, como si me hubiesen esperado por años. Y Liam… —hizo una pausa, buscando palabras—. Él tiene una forma de mirarme muy especial, que me eriza y me emociona. Algo que pensé que ya no experimentaría.
Carla extendió una mano y la apoyó sobre la de su amiga.
—Emma, eso es hermoso, pero ¿sientes eso porque aún lo sigues amando o porque te ofrece un refugio donde esconderte de tu acosador?
Las palabras la golpearon en el pecho. Lidia intervino, tajante.
—Voy a confesarte algo importante: los Holt, sus suegros, son una pareja poderosa y complicada. La odontóloga que atiende a los gemelos fue amiga de Vanessa, la difunta madre de los niños, y ella una vez me contó que la mujer se había casado con Liam por su interés de alejarse de sus padres y no por verdadero amor. Ellos la ahogaban con sus exigencias y su sobreprotección,.
Emma la observó sorprendida.
—Si los Holt están decididos a quedarse con los niños —siguió Lidia—, lucharán hasta las últimas consecuencias aunque tú estés con ellos. Son gente despiadada.
—Tal vez, el hecho de ayudar a Liam, me dé las fuerzas que requiero para salvarme a mí misma de mis dolores —argumentó Emma—. Necesito recobrar mi capacidad para dar amor sin sentir miedo.
Carla sonrió con admiración.
—Eso es muy lindo, amiga, pero tú siempre quieres rescatar a los demás a pesar de tus debilidades. Eso fue lo que sucedió con tus padres. Decidiste irte con ellos para ayudarlos a superar sus tragedias, a pesar de que eso te rompía el corazón por abandonar al hombre que amabas. No hagas el mismo sacrificio por Liam y sus gemelos.
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Editado: 21.03.2026