Emma se levantó esa mañana con cierta dificultad, sentía punzadas molestas en el bajo vientre, recordatorios silenciosos del aborto que había sufrido días atrás.
A pesar de sus malestares se arregló y salió de la habitación. Liam ya no estaba en casa, había salido temprano a atender una reunión en su constructora.
Al llegar Carmen, la niñera, le entregó una caja con medicamentos que había comprado de camino a la casa.
—El señor Liam me pidió que le comprara esto —explicó con una sonrisa—. Dijo que son las cosas que su doctora le indicó.
Emma se sorprendió. Abrió la caja y vio que no faltaba nada: las vitaminas para regular sus niveles de hierro, los calmantes suaves y las pastillas para ayudar a conciliar el sueño si los recuerdos la asaltaban de noche.
El corazón se le encogió. Aquel era un gesto simple, pero que demostraba lo protector que era. Había memorizado los nombres de los medicamentos cuando le mostró los récipes, ocupándose de adquirirlos sin que nadie le recordara nada.
—Liam no debió molestarse tanto —murmuró, algo apenada.
La niñera sonrió.
—Si lo hubiese escuchado darme las instrucciones no pensaría eso. Tenía claro cada detalle, creo que memorizó el prospecto médico.
Emma sonrió apenas. Agradecía esa atención, aunque una parte de ella temía acostumbrarse demasiado.
Tomó los que le correspondían esa mañana y los necesarios para calmar sus ansiedades y ayudó a Carmen a preparar el desayuno para los gemelos.
El resto de la mañana transcurrió entre risas infantiles. Los niños parecían competir por captar su atención. Uno le pedía ayuda para armar una torre de bloques, el otro la arrastraba hacia el patio para mostrarle un rincón secreto detrás de un seto. Emma se dejaba llevar, riendo, sintiendo que poco a poco su corazón volvía a latir con un ritmo diferente, menos temeroso.
La niñera, una mujer joven de cabello recogido y voz dulce, se acercó en un momento en que los niños se entretenían con una pelota y vio que Emma se sentaba en el borde de las escaleras a descansar. El ritmo frenético de los chicos la superaba.
—Sé que esto es nuevo para usted, señora, estos niños tienen una energía desbordante, pero además son muy cariñosos. Se apegan rápido con quienes logran gran conexión.
—Pueden resultar abrumadores, pero no sabe cómo necesitaba de su energía. Yo llegué aquí apagada y ellos en realidad me están devolviendo a la vida —confesó, sincera—. El problema es que hoy no amanecí en las mejores condiciones, por eso me canso rápido.
—Tiene que tomarlo con calma para que pueda recuperarse.
—Sí, eso haré —reconoció, satisfecha—. Por cierto, Carmen, quería pedirte que me explicaras la rutina que siguen los gemelos. Así me será más fácil que me adapte a ellos.
La niñera le explicó que los días que estaban solo en casa solían desayunar a las ocho, hacer tareas de refuerzo escolar a media mañana, almorzar al mediodía y tener siesta ligera después. En la tarde había juegos libres o actividades en el patio, y a las siete comenzaba la rutina de baño y cena. Emma escuchaba con atención, agradecida por esa guía.
—Quiero que ellos me sientan parte de su día, no como alguien que llegó a interrumpir sus rutinas. Estos días en que he estado aquí todo ha sido juego y diversión. Quizás por eso están tan emocionados conmigo —comentó con sonrisa inquieta.
—Es cierto que ellos necesitan rutinas para que aprendan a ser disciplinados, pero no les afectará tener un poco de desorden de vez en cuando. Más si hay alguien nuevo entrando a sus vidas. Eso los ayuda a conocerte y adaptarse al cambio, y creo que lo han hecho bien. Se nota que ya la sienten parte de su día. La buscan para mostrarle todo y para que se integre a sus actividades.
Emma se emocionó por sus palabras, pero se sobresaltó al escuchar una voz masculina alzarse desde la puerta de cristal que daba al patio.
—¡¿Qué está pasando aquí?!
Emma no pudo evitar asustarse mientras se giraba para saber quién era. Por un instante temió que fuese Marco.
Descubrió que los suegros de Liam estaban allí, con expresión de desconcierto. Julián y Camila, vestidos con su sobriedad habitual, miraban la escena con ceños fruncidos.
Los gemelos corrieron hacia ellos con la alegría inocente de los niños.
—¡Abuelo, abuela! —gritaron y los abrazaron—. ¡Miren! ¡Emma está viviendo con nosotros!
La frase cayó como un jarro de agua fría en la pareja. Emma se quedó helada, sin saber cómo reaccionar.
—¿Viviendo aquí? —consultó Camila, y clavó de inmediato sus ojos severos en Emma, con una mezcla de sorpresa y desagrado.
—Sí —dijo Lucas, orgulloso—. Papá dijo que iba a quedarse para que la cuidáramos.
El silencio posterior fue denso, casi sofocante. Julián entrecerró los ojos, y observó con atención a Emma como si evaluara cada centímetro de su presencia.
—Niños, ¿me acompañan a preparar unas bebidas y sacar unas galletas para sus abuelos? —preguntó Carmen, sintiendo la tensión que invadió a Emma y a los recién llegados.
—¡Sí! ¡Sí! —vociferaron los gemelos y corrieron hacia la niñera para ir con ella a la cocina. Se animaron con la idea de las galletas.
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Editado: 21.03.2026