Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 13. Escapar, del miedo.

Emma llevó a los gemelos a la cocina para servir tres copas generosas de helado. Se sentó con ellos en la mesa para comerlo, viendo cómo se manchaban la cara de chocolate.

Por primera vez en mucho tiempo se sintió parte de algo que parecía… normal.

—Eres divertida —dijo Lucas, con sinceridad infantil.

Ella sonrió conteniendo la emoción.

—Gracias. Ustedes también lo son.

—Eres más divertida que Carmen —reconoció Matt.

—Es que cuidarlos es un trabajo de Carmen, debe estar pendiente de muchas cosas.

—¿Tú no trabajas? —quiso saber Lucas.

—No, aún no he conseguido un trabajo.

—No lo hagas, son aburridos —respondió Matt y se llevó una cucharada de helado a la boca.

—Hay que trabajar para ganar dinero y así comprar helado.

—No te preocupes por eso —expuso Lucas con seriedad—. Mi papá tiene mucho dinero, él nos comprará el helado.

Ella no pudo evitar reír por la ocurrencia.

—Tu papá tiene dinero porque trabaja mucho. Si yo quiero tener dinero, también tengo que trabajar.

—Le diré a mi papá que te dé dinero para que no trabajes —aseguró Matt.

—Sí, así te quedas con nosotros a jugar y no estamos solos —completó Lucas con expresión triste.

Emma se conmovió y les acarició a ambos los cabellos, recordando las palabras de Camila, la abuela de los chicos:

«Ellos requieren de afecto cotidiano, alguien que los abrace y los consuele cuando tienen miedo».

Los gemelos, al ser tan pequeños, exigían a diario la presencia de alguien querido que los acompañara en sus juegos y charlas. Aunque Liam les daba todo de sí cada vez que regresaba a casa, ellos pedían más, nadie podía juzgarlos por eso.

Carmen, su niñera, no les resultaba suficiente, porque ella era una empleada con tareas específicas que cumplir. De seguro, de forma inconsciente, los chicos expresaban esa carencia frente a sus abuelos, así como lo hacían con ella, sin saber que eso le concedía a la pareja motivos para reclamar la custodia.

—¿Han comido helado con galletas trituradas? —consultó Emma para cambiar la conversación y evitar las caritas tristes.

Ambos abrieron sus enormes ojos mostrando la emoción que los embargaba, más aún, al verla sacar de la alacena un paquete de galletas dulces.

Cuando Liam regresó, los encontró en el patio riendo a las carcajadas y jugando con el agua de la manguera. Emma parecía otra persona, la misma chica alegre y atrevida que había conocido en la universidad.

Llevaba puesto un pantalón corto y una camiseta tan empapadas que se le pegaba al cuerpo remarcando sus curvas y dejando ver la sombra de su sujetador y de su piel. La imagen le aceleró el corazón y encendió una hoguera en su interior.

Se detuvo en los escalones que daban al patio con las manos apoyadas en las caderas, simulando una actitud severa. Cuando los gemelos repararon en él gritaron con asombro sin dejar de reír, sabían que los habían pillado en una travesura.

—¡Papá, jugamos a la guerra de agua! —notificó Matt.

—¡Nosotros estamos ganando! —aseguró Lucas, y puso el chorro del agua sobre la cabeza de su hermano, que comenzó a saltar y reír por la diversión.

Emma se aproximó a él con el cabello goteando y con expresión inocente.

—Perdón. Quisimos llenar de agua los bebederos de las ardillas y terminamos mojándonos entre nosotros.

Él la repasó de pies a cabeza, con hambre, disfrutando de su cuerpo perfecto. Aunque casi estalló por el enfado al notar unos apenas visibles moretones en brazos y piernas, producto de golpes.

Maldijo internamente al tal Marco.

—Traeré unas toallas para que se sequen —expuso muy serio y entró en la casa. No quiso decir nada para no empañar el momento, la sonrisa de ella y el brillo de alegría que divisó en sus ojos los quería mantener.

Emma se preocupó por su reacción.

¿Se abría molestado porque los gemelos jugaron con agua sin su permiso?

Se sintió culpable, esperando que no los regañaran, ya que la idea inicial de aquel juego había sido suya. Adoraba las risas de los niños, ese sonido la relajaba, por eso los provocó con el agua cuando llenaban los bebederos de las ardillas.

Aunque se miró a sí misma recordando que él había cambiado de actitud al ver su imagen. ¿Algo no le habrá gustado de su apariencia desaliñada?

Pronto reparó en que no había sido ella lo que le molestó, sino las marcas de golpes que tenía en la piel visible, unas que le habían quedado de los maltratos que Marco le propinaba a diario.

—Maldición —se quejó, avergonzada.

Por suerte, Liam no le hizo ningún comentario y actuó como si nada frente a los gemelos.

A Emma le cedieron una habitación para que pudiese darse una ducha y prepararse para la cena, le encantó descubrir que el baño tenía bañera, así que decidió sumergirse un rato en el agua tibia.




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