Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 19. Una tensa cena.

Liam llegó a la casa pasado el mediodía. Tuvo que organizar su agenda para volver a tiempo y almorzar con los gemelos y con Emma.

Trabajó esa mañana con la mente distraída en la imagen de ella con los niños en el patio, riendo a las carcajadas y empapándose de pies a cabeza con el agua de la manguera. La visión del cuerpo perfecto de ella lo acompañó durante la jornada, aliviando un poco la dureza de sus reuniones y despertando su anhelo.

Pero apenas abrió la puerta de la casa notó algo distinto. El aire estaba cargado, como si la armonía del hogar hubiese sido alterada.

—¡Papá! —gritaron los gemelos y corrieron hacia él—. ¡Ya llegaste!

Liam se agachó y los abrazó, aunque por encima de sus cabecitas vio a Julián y a Camila de pie bajo la puerta del comedor.

El gesto severo de ambos fue suficiente para deducir que ellos eran los causantes de la tensión que podía captar.

—Vaya sorpresa —dijo, y soltó a los niños dejando sus pertenencias sobre una mesa auxiliar—. No esperaba visitas hoy.

—Nosotros tampoco esperábamos encontrarnos con la tuya —respondió Camila, y lanzó una mirada rápida hacia Emma, que en ese instante aparecía la sala con sonrisa tensa.

—Buenas tardes, Liam. Estábamos por servir. ¿Comerás con nosotros?

Él percibió incomodidad en su voz.

—Sí, a eso vine —respondió, y dejó que los niños lo arrastraran hacia la mesa mirando con firmeza hacia sus suegros. Dejaba en claro que no dejaría que rompieran la paz que tanto le estaba costando cimentar.

El almuerzo comenzó con la cordialidad rígida de una reunión diplomática. Emma sirvió los platos con ayuda de la niñera, los gemelos charlaban animados sobre sus juegos en el patio y los adultos mantenían sonrisas incómodas.

—Quedamos sorprendidos al encontrar a Emma aquí —comentó Camila en una ocasión.

—Ella ha sido muy amable con los niños —respondió Liam—. Han logrado gran afinidad.

—Sí, lo hemos notado —dijo Julián, mientras cortaba la carne con movimientos exactos—. Están encantados con ella.

El tono, sin embargo, llevaba una advertencia velada.

—Son niños, se encariñan fácil —añadió Camila antes de tomar un poco de vino.

Emma bajó la vista al plato. Sentía la punzada de esas palabras como si hubiesen sido lanzadas para herir sin levantar la voz.

Liam respiró hondo y sonrió, decidido a no permitir que la mesa se convirtiera en un campo de batalla.

—Encariñarse no tiene nada de malo. Les hace bien tener a alguien que los acompañe. Ustedes mismos exigen eso desde hace mucho.

Camila lo observó con odio, pero los gemelos, ajenos a la tensión, decidieron intervenir.

—Emma nos prometió leernos un cuento nuevo después de la siesta —comunicó Lucas.

—Y nos ayudará a hacer una casita para las ardillas con cartón —agregó Matt.

—Ah, ¿sí? —comentó Liam, acariciándoles el cabello—. Entonces, tendrán una tarde bastante ocupada.

—Y hoy también vamos a hacer panqueques —informó Lucas.

—Emma nos enseñó a hacer panqueques de avena y banana sin quemar la cocina —dijo Matt hacia sus abuelos y ambos gemelos rieron con sonoridad por la ocurrencia.

Camila mostró una sonrisa tensa, aunque luego apretó los labios para contener un comentario y no empañar la alegría de sus nietos. Julián le lanzó una mirada cómplice, como si acordaran hablar más tarde del asunto, lejos de los oídos pequeños.

El resto de la comida se desarrolló en frases cortas y silencios largos de los adultos, mientras los niños hablaban sin parar de las cosas divertidas que hacían con Emma en casa.

Cuando terminaron, la niñera tomó de la mano a los gemelos.

—Vamos, hora de la siesta.

Ellos la soltaron y corrieron hacia Emma.

—Ven con nosotros —pidieron y la arrastraron hacia las escaleras.

Ella se dejó llevar. Aunque, antes de irse, miró hacia Liam con una expresión de urgencia, advirtiéndole que tuviese cuidado.

Él asintió, como si le hubiese entendido. Comenzaban a comunicarse entre ellos sin necesidad de palabras.

Apenas los pasos de los niños se apagaron en el pasillo, Julián se aclaró la garganta.

—Tenemos que hablar, Liam.

—Lo suponía —respondió él con calma y se levantó de la mesa—. Vamos a mi despacho para tener más privacidad.

Camila lo siguió en silencio, con el rostro pétreo.

El despacho de Liam, amplio y ordenado, parecía estrecharse con la tensión que mantenían los tres. Él se acomodó tras el escritorio, mientras que sus suegros decidieron mantenerse de pie frente a él, como si fuesen fiscales listos para emitir una acusación.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó Julián con voz grave—. ¿Por qué esa mujer vive en esta casa?

—Porque ella es mi amiga y necesita un lugar donde quedarse mientras organiza su vida —contestó Liam sin rodeos—. Está pasando por un momento difícil y yo puedo ayudarla.




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