Emma se levantó temprano, todavía con una sensación agridulce en el pecho. El día anterior no pudo hablar con Liam sobre lo conversado con sus suegros, porque él enseguida tuvo que irse al trabajo y llegó tarde, muy cansado. No quiso agobiarlo con preocupaciones.
Pero esa mañana necesitaban hablarlo, a pesar de que aquel sería un día agitado por la salida que tenían preparada al parque Buckeye Flat, donde pasarían un fin de semana de tranquilidad.
El aroma del café la guió hasta la cocina, allí los gemelos se encontraban discutiendo sobre los juguetes que debían llevar al viaje. La niñera intentaba contenerlos, aunque en vano.
—¡Yo llevo el dragón rojo! —gritó Lucas, sosteniendo un muñeco de goma como si fuese un trofeo.
—No, yo lo pedí primero, papá lo dijo ayer —protestó Matt, cruzando los brazos.
Emma apareció en el umbral y ambos niños se abalanzaron hacia ella como si fuera la jueza suprema del conflicto.
—¡Emma, dile que es mío! —exigió Lucas, jalando su vestido.
—¡No, Emma, dile que es mío! —replicó Matt con ojos suplicantes.
Ella se agachó, riendo, atrapando a cada uno con un brazo.
—A ver. Si seguimos así, el dragón tendrá que quedarse en casa castigado.
Los gemelos se miraron, sorprendidos.
—Pero queremos llevarlo —se quejó Lucas.
—No puede quedarse aquí, solo —se angustió Matt.
—Entonces, tendrán que turnárselo. El plan es divertirnos en el parque, no discutir por culpa del dragón.
Aunque al principio los gemelos tuvieron recelo por la propuesta, acordaron turnarse el juguete durante el viaje con horarios específicos. La niñera suspiró aliviada.
Fue entonces cuando Liam apareció, impecable, con una camisa de algodón que se amoldaba a su torso y el cabello todavía húmedo de la ducha. Traía bajo el brazo una guía de parques y una sonrisa contenida.
—Así que aquí está el comité de organización —dijo, acercándose—. ¿Listos para nuestra escapada al Buckeye Flat?
—¡Sííí! —gritaron los gemelos al unísono.
Emma sintió que el entusiasmo la envolvía, aunque había una sombra que no lograba disipar: las palabras que Julián, el abuelo de los niños, le había dirigido.
«Los niños se encariñan fácil. Y después sufren el doble cuando las personas desaparecen».
No quería que ellos sufrieran, se estaba apegando a esos chicos, quizás más de lo que ellos podían sentir por ella. Pero su vida aún era un caos. Debía estabilizarla antes de tomar alguna decisión trascendental.
A pesar de sus inseguridades, se obligó a sonreír.
—¿Cuándo saldremos? —preguntó hacia el hombre.
—Después de desayunar —respondió Liam, y desplegó la guía sobre la mesa—. Reservé una cabaña cerca del río, aunque dormiremos afuera, en carpas, para que sea más divertido.
—¡Sííí! —exclamaron los gemelos y comenzaron a dar saltos de triunfo alrededor de la mesa.
—Hay senderos fáciles para caminar, un espacio para fogatas y un claro donde suelen aparecer ciervos.
Emma sonrió con nostalgia y compartió una mirada con Liam al recordar ambos la experiencia pasada: los besos, abrazos y los muchos «te amo» que se dijeron mientras hacían el amor con la naturaleza como testigo.
Luego de desayunar se dispusieron a recoger lo necesario para el viaje, como ropa abrigada para la noche, repelente, linternas y botiquín. Mientras los gemelos agregaban ideas disparatadas, como un telescopio para ver dragones en el cielo, un maletín de superhéroes y una caja entera de galletas.
Liam, entretanto, hacía llamadas rápidas a la oficina dejando las últimas instrucciones. Cada vez que colgaba, su mirada volvía hacia ella, como si buscara asegurarse de que estaba bien y seguía allí, con ellos.
En un momento, mientras doblaban mantas en la sala, Emma se armó de valor para tocar el tema pendiente.
—¿Qué sucedió con tus suegros ayer? —dijo en voz baja, cuidando que los niños estuvieran ocupados con la niñera. Liam respiró hondo y sus labios se apretaron por el enfado—. Lo lamento, Liam —expuso apenada—. No quiero ser un problema en tu casa.
—Emma, no eres un problema.
—Tus suegros no lo ven así —insistió ella, con el corazón apretado—. Y no quiero que esta situación complique tu vida o afecte a los niños.
Liam dio un paso hacia ella, bajando la voz.
—Mis suegros no deciden por mí. Yo quiero que estés aquí y los niños también. ¿Sabes la emoción con la que se levantaron hoy solo porque saben que vienes con nosotros al parque? —Su gesto se suavizó, aunque en sus ojos brillaba la firmeza—. Nadie me hará cambiar de idea.
Emma tragó saliva, emocionada y a la vez temerosa.
—Pero la discusión de ayer…
—Déjame a mí manejar a mis suegros —interrumpió él con calma—. No voy a permitir que sus miedos se conviertan en nuestras cadenas.
Ella bajó la mirada, luchando contra la mezcla de gratitud y vergüenza. Era difícil no sentirse culpable, como si trajera consigo la sombra de Marco a cada lugar.
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Editado: 21.03.2026