Marco sabía que la constancia era la mejor arma para ganarse la confianza de Lidia. Por eso no la buscaba con desesperación, sino con gestos calculados. Cada día se inventaba una excusa distinta para aparecer en su camino.
El viernes por la tarde se presentó en la clínica odontológica al final de la jornada con una caja de galletas de fresa, diciendo que eran las favoritas de su hijo Matthew. Ella se rió, aceptándolas con una mezcla de sorpresa y ternura. Pensó que la casualidad de que al hijo del hombre le gustaran las mismas galletas que a ella era una señal.
El sábado la convenció de acompañarlo a un bar del centro por la noche. Allí bailaron entre risas mientras él se mostraba como un hombre encantador. Algo torpe con los pasos del baile, pero hábil en las palabras.
Lidia terminó con las mejillas coloradas y una sensación de ligereza que hacía tiempo no experimentaba, compartiendo besos apasionados con él y caricias atrevidas antes de regresar a su casa.
El domingo fue el golpe maestro. Marco la invitó a cenar en un restaurante de luces cálidas y música suave, un lugar donde todo parecía dispuesto para la complicidad.
Lidia llegó puntual, con un vestido sencillo que resaltaba su frescura, y Marco, bajo la identidad de Jason Graham, la recibió con una sonrisa amplia y una mirada de aparente gratitud por su compañía.
—No sabes cuánto necesitaba esta salida —dijo él, acomodando la silla para que ella se sentara—. Entre el trabajo y Matthew, casi no tengo tiempo de respirar.
Lidia sonrió.
—Pero no lo dices con queja, ¿verdad? Cuando hablas de tu hijo se te ilumina la cara.
—Claro que no —respondió él, inclinándose un poco hacia ella—. Ese niño es mi motor. Hace unos días, por ejemplo, cuando se quedó conmigo en casa, decidió que quería ser «científico de galletas». Lo encontré en la cocina mezclando jugo de naranja con harina y caramelos triturados. ¡Hizo un desastre! Pero él estaba convencido de haber inventado la receta del siglo.
La carcajada de Lidia fue cristalina, sincera, llenando de vida aquel lugar. Marco disfrutó de esa reacción como un triunfo. Cada vez que ella reía, se acercaba un paso más a su objetivo.
—Me imagino tu cara —respondió Lidia, aun sonriendo—. Aunque admito que suena creativo.
—Matthew es un genio incomprendido —replicó él con tono solemne, antes de reír con ella—. Creo que su verdadero talento es hacerme envejecer antes de tiempo.
La cena transcurrió con platos compartidos, anécdotas inventadas y bromas ligeras. Marco había ensayado cada historia, puliéndola para sonar espontáneo.
Sabía cómo mostrarse vulnerable sin parecer débil, cómo hacer reír sin volverse ridículo, cómo aparentar una cercanía que Lidia estaba necesitando.
En un momento, apoyó el codo sobre la mesa y la miró con interés genuino.
—Pero ya hablé demasiado de mí y de Matthew. Quiero saber más de ti. Me dijiste que estabas sola de familia directa aquí en San Francisco, solo tenías a dos amigas que eran como tus hermanas.
La pregunta la tomó un poco desprevenida. Se acomodó en la silla, pensativa.
—Sí, Carla y Emma son especiales. Ellas son como mis hermanas, mi familia directa. Carla, por ejemplo, es la encargada de un restaurante muy reconocido ubicado a unas cuadras de aquí. Trabajadora hasta el cansancio y exigente como pocas, pero… —sonrió con cariño—, es como mi conciencia. Siempre me pone los pies en la tierra cuando me dejo llevar.
—Se nota que la admiras —dijo Marco con un gesto suave.
Lidia asintió.
—Muchísimo. Y está Emma. Ella… —se detuvo, bajando la mirada, y suspiró con cierta melancolía—. Emma ha sufrido tanto…
Marco frunció el ceño, con el interés medido de quien no quiere parecer demasiado curioso.
—¿Qué pasó con ella?
Lidia lo dudó un instante, pero la calidez de «Jason» la animaba a confiar.
—Hace poco fue víctima de un loco depravado. Un novio que tuvo mientras vivía en Seattle. El tipo la embarazó y la alejó de sus padres llevándola a vivir a Oregon, donde pudo manipularla a su antojo. La golpeaba y maltrataba, y hasta le hizo perder a su bebé. Ahora se está recuperando refugiada en la casa de su exnovio de la universidad.
Marco contuvo el impulso de apretar la copa entre sus dedos. La mandíbula se le tensó, aunque procuró conservar la sonrisa en los labios.
—Debió ser muy duro para ella.
—Sí, pero creo que al fin podrá tener paz. Su exnovio quiere hacerla su esposa, darle un hogar y hacerla madre de sus hijos. Ya se lo propuso y lo están intentando. No es fácil para ella tomar esa decisión porque apenas se recupera de su pérdida, pero sé que pronto podrá ser feliz, como lo merece.
Lidia lo dijo con un dejo de esperanza, como quien cree que la vida al fin va a devolverle algo bueno a su amiga.
Un calor ácido recorrió las venas de Marco.
¿Esposa?
¿Madre de sus hijos?
«¿Esa maldita puta cree que va a poder intercambiarme por otro?», pensó. Un nudo de ira creció en su pecho.
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Editado: 21.03.2026