Emma se encontraba sola en la sala, con una taza de té entre las manos y la ventana entreabierta dejando entrar la brisa.
Afuera se hallaban los hombres de seguridad contratados por Liam, discretos pero presentes. Ella a veces fingía no verlos, aunque en el fondo le resultaba reconfortante saber que alguien estaba allí, atento, por si algo sucedía.
Caminó por la vivienda para conocerla, descubriendo habitaciones vacías y otras llenas de trastos. Se detuvo frente al cuadro de Vanessa en la sala, la madre de los gemelos, que permanecía siempre rodeado de flores frescas.
La miró con atención, notando que había sido una mujer hermosa, de rostro delicado y elegante y con una sonrisa ligera, como de quien lucha por mantener el optimismo frente a las adversidades. Debió ser una mujer dulce y atenta, aunque también, algo sufrida.
Sintió curiosidad por ella. Tal vez, en algún momento le pediría a Liam que le hablara de esa mujer, porque de seguro los gemelos no tendrían grandes recuerdos.
El timbre de su teléfono rompió el silencio. Al mirar la pantalla, su corazón dio un vuelco al ver quien la llamaba: «Mamá».
Con un leve suspiro, contestó.
—Hola, mamá.
—¡Emma! —la voz de su madre sonó cargada de emociones, mitad alivio, mitad reproche—. Por fin nos contestas. ¿Cómo estás?
—Bien. Un poco cansada, pero bien.
—Eso dices siempre —intervino la voz grave de su padre, que se había sumado en altavoz—. No hemos sabido nada de ti desde hace semanas, hija. Nos preocupas.
Emma cerró los ojos un instante, buscando fuerzas. Sabía lo que vendría.
—Perdón, papá. Es que… he estado ocupada intentando organizar mi vida.
Hubo un breve silencio al otro lado. Luego resonó la voz de su madre.
—Tu vida sin Marco, ¿verdad?
Emma tragó saliva.
—Mamá…
—No nos gusta lo que estás haciendo, Emma —continuó su padre, con tono severo—. Marco ha estado en contacto con nosotros, nos contó lo que pasó. Lo del bebé.
Las palabras la golpearon como un mazazo en el pecho. Se llevó una mano al vientre de manera instintiva, aunque allí ya no había nada.
—Él está destrozado, hija —añadió su madre conmovida—. Dijo que fue un accidente, que estaban discutiendo y que tú tropezaste. ¡Hasta lloró, Emma! Ese hombre está sufriendo por la pérdida de su hijo y tú lo abandonaste en el peor momento.
Emma apretó los labios con fuerza. La verdad quemaba en su garganta, pero no podía decirla.
No podía contarles que Marco había sido violento, que la había empujado y la había roto por dentro de muchas formas posibles. No quería verlos sufrir ni arrastrarlos a su infierno.
De seguro, querrían intervenir y Marco era peligroso. Si ellos se entrometían, podrían salir lastimados.
—Por favor, escuchen, yo… —dijo con voz temblorosa, buscando palabras que no revelaran demasiado—. No estoy preparada para volver a esa relación.
—¿Por qué? —insistió su madre, dolida—. Marco siempre fue tan atento con nosotros, siempre tan servicial. Es un buen hombre, Emma. Todos cometen errores.
—Sí, hija —secundó su padre—. El dolor por la pérdida pudo haberlos desbordado a ambos. Deben darse otra oportunidad.
Emma sintió que le faltaba el aire. Ellos hablaban desde la ignorancia, desde la imagen perfecta que Marco siempre supo venderles.
Ella, en cambio, recordaba los gritos, las humillaciones y el golpe en medio de la discusión que terminó con la vida que crecía en su vientre, pero no podía decir nada. No debía arriesgarse a que Marco descubriera que sus padres sabían la verdad y pretendiesen reclamarle.
—Piensa en él, hija —insistió su madre—. Está solo, hundido en la tristeza. ¿De verdad vas a dejarlo así?
Las lágrimas se le agolparon en los ojos, pero logró modular su voz con calma.
—Está bien, mamá. Lo pensaré. Prometo que lo pensaré —dijo para cortar aquella conversación que no podía continuar, que la lastimaba.
Hubo un silencio breve y luego un suspiro de alivio al otro lado de la línea.
—Eso es todo lo que pedimos —dijo su padre—. Que lo pienses. Ni tú ni él merecen estar así, separados. Eso los debilita.
—Queremos lo mejor para ti, Emma —añadió su madre—. No olvides que la familia siempre está primero.
—Lo sé, mamá. Los quiero mucho.
—Nosotros también a ti.
Colgó con manos temblorosas. El teléfono quedó sobre la mesa, pero Emma no podía apartar la vista de él, como si aún guardara la voz de sus padres resonando en su interior.
Las lágrimas que había contenido rodaron por sus mejillas. Se tapó el rostro con ambas manos luchando contra la sensación de injusticia y soledad que la embargaba.
El hombre que la había destrozado ahora tenía de su parte a las personas que más la amaban, y ella debía callar para protegerlos.
Un golpe de brisa entró por la ventana, acariciándole el rostro húmedo, recordándole que al menos no estaba por completo sola.
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Editado: 21.03.2026