Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 28. Planes para conocerse.

El departamento de Lidia y Carla estaba impregnado con el aroma de la alegría tanto como el de la comida mexicana. Carla llevaba puesto un delantal de flores y un vaso de cóctel Margarita en la mano mientras sacaba del asador las tortillas para las quesadillas.

—¡Al fin llegaste! —exclamó la mujer al ver entrar a Emma con una bolsa de Nachos. Se abrazaron con efusividad—. Si te hubieses tardado más, empezábamos sin ti.

—No me lo habría perdonado —rio Emma, y tomó un bol para poner los Nachos.

—El olor de la comida comienza a desesperarme —reveló Lidia mientras terminaba de acomodar las bandejas con los alimentos que pondrían en la mesa—. Estoy que me lo como todo aquí parada.

Las tres se dirigieron al comedor en medio de risas y bromas. El ambiente era acogedor, perfecto para una velada de confidencias.

—Antes de que alguien empiece con historias profundas, necesito contarles algo que me pasó hoy en el restaurante —comentó Carla mientras se devoraban las quesadillas y los burritos y probaban las salsas y cremas que habían preparado con los Nachos.

Emma y Lidia la miraron expectantes.

—Resulta que hoy fue un cliente nuevo al restaurante, de esos que se creen dueños del mundo, ya sabes, con su traje caro y su reloj brillante. Pidió una mesa junto a la ventana y me dijo: «Quiero un vino que haga juego con mi corbata».

Poco le faltó a Lidia para escupir el trago de Margarita que había bebido, por culpa de las risas.

—¿En serio? —preguntó Emma, con la boca tapada porque la tenía llena de comida.

—¡Sí! Y yo, que ya estaba cansada de tanto trabajo, le dije: «Señor, lo siento, pero aún no tenemos vinos en color ridículamente arrogante».

—¡No puede ser que le hayas dicho eso! —exclamó Lidia sin parar de reír.

—¡Lo dije! —Carla se recostó en la silla con aire triunfante—. Y, ¿saben qué? El tipo se rio y terminó pidiéndome una copa del vino más caro. Creo que le gustó que alguien le siguiera la corriente con sus tonterías.

—Debe ser de esos clientes que van a los negocios con la intención de incomodar a los empleados solo por diversión —comentó Emma, negando con la cabeza, aunque con una sonrisa en los labios.

—Hemos tenido a muchos de esos. Y ni se imaginan lo que pasa cuando van los influencers y se ponen a grabar con sus móviles mientras los atendemos y comen. Por hacer contenido, piden absurdeces recibiendo mis réplicas irónicas y aún más absurdas. Ya he tenido clientes que van al restaurante pidiendo que los atienda «la mujer de la lengua afilada».

Las carcajadas resonaron en el comedor, relajando las tensiones de cada una.

La velada se llenó de risas y comentarios mientras degustaban la cena. La complicidad entre ellas era evidente. Las palabras fluían sin filtros, la confianza hacía innecesario cualquier cuidado.

Cuando las carcajadas se calmaron, Lidia miró a Emma con ojos brillantes.

—Bueno, ahora te toca a ti. Nos debes un informe detallado del campamento del fin de semana.

Emma sonrió, con expresión melancólica.

—Fue mágico, los niños estaban fascinados. No pararon de correr y de preguntar por cada detalle de la montaña, hicimos una fogata, un refugio con palos, nos bañamos en el río y hasta dormimos fuera de la cabaña en carpas. Los gemelos estaban tan felices que nos costó convencerlos de volver.

—Me imagino sus caritas —murmuró Carla, enternecida.

Emma bajó un poco la voz, como si compartiera un secreto íntimo.

—Y con Liam, fue especial. No solo por los niños, sino por nosotros. Fue como… reencontrarnos de verdad. Hubo una conexión que nos unió más que nunca.

Lidia soltó un chillido agudo y dejó los cubiertos en la mesa para alzar las manos con gesto triunfal.

—¡Lo sabía! ¡Hay vientos de boda!

Emma abrió los ojos como platos y sonrió con nerviosismo.

—No digas eso tan a la ligera. Aún no lo hemos hablado.

—¿Y por qué no? —replicó, levantando su vaso con Margarita—. Cuando una mujer habla así de un hombre, es porque lo siente en el alma. Y Liam… él te siente en el alma desde que te vio en el café. Pude notarlo a kilómetros.

Carla, divertida, golpeó suavemente el brazo de Lidia.

—Deja de presionarla, loca. Aunque debo admitir que tienes razón. Se te nota, Emma. Esa paz y esa luz que irradias nos confirman que estás enamorada hasta los huesos, tanto como Liam lo está de ti.

Emma bajó la mirada, con una sonrisa tímida.

—Puede ser.

El ambiente se volvió dulce, cargado de confidencia y ternura. Pero Carla, siempre impaciente, no permitió que la atención se quedara solo en Emma.

—Muy bonito todo, pero ahora es tu turno, Lidia. —La señaló con una expresión traviesa—. Nos debes detalles de ese hombre con el que te has visto estos últimos días.

—¿Qué hombre? —quiso saber Emma, interesada.

—Se llama Jason. Jason Graham —reveló Lidia intentando disimular el rubor que invadió sus mejillas.




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