Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 32. Prepararse para la invasión.

Marco hervía por la rabia. Durante el día anterior estuvo persiguiendo al sujeto que amedrentó en el estacionamiento. Lo siguió hasta el hospital, donde atendió sus heridas, y luego, a la casa de una mujer en una zona residencial cercana a la constructora.

—¿Qué vienes a hacer aquí? —se preguntó, desconcertado.

Le gustó saber que el hombre no había acudido a Emma para que lo cuidara, aunque luego, durante la madrugada, lo vio tomar su auto y dirigirse solo a un edificio exclusivo en el centro habitado por gente de dinero. Allí se quedó de forma definitiva.

Aquello le extrañó aún más. ¿Acaso no pensaba ir a la casa donde vivía con sus hijos?

Se mantuvo vigilante, pero aprovechó la ocasión para bajar y hacer unas averiguaciones. Se ganó la confianza del portero regalándole cigarrillos, así descubrió que el hombre al que seguía se llamaba Darryl Tucson, un arquitecto de gran reputación en la ciudad.

No era el Liam Hamilton al que debió aleccionar. Se había equivocado de víctima.

Hizo una investigación rápida en internet y en las redes sociales sobre Hamilton, hallando el verdadero rostro de aquel sujeto. Se trataba de un empresario viudo, padre de dos gemelos. El dueño de la constructora que había visitado.

—Maldita sea —se quejó, y le dio un golpe al volante de su auto para descargar su frustración.

Al darse cuenta de su equivocación decidió abandonar esa vigilancia y volver a su hotel. Era demasiado tarde para ir a la casa donde Emma se refugiaba, una a la que aún no podía acceder porque tenía vigilancia privada.

Necesitaba descansar para pensar con claridad y establecer nuevas acciones. Debía encontrar alguna manera de llegar hasta su mujer eludiendo el cerco de protección que poseía esa vivienda.

El problema era que ahora Hamilton estaría en alerta por lo sucedido en el estacionamiento, iba a blindar más la seguridad alrededor de ella. Emma de seguro le había advertido sobre él, de lo que podía hacer, así que tenía que prepararse mejor.

No permitiría que aquel tipo se la pusiera difícil.

Necesitaría de armas y equipo táctico para superar la vigilancia y acceder a la vivienda. Así que al día siguiente se encargó de ese trabajo visitando a un «antiguo amigo».

El hombre vivía en una mansión lujosa en las afueras de la ciudad. Marco habló con los guardias de la entrada y estos se comunicaron con su jefe para notificarle de su presencia. Lo hicieron entrar enseguida.

Un hombre de cabello entrecano y porte elegante lo recibió en la puerta, con un cigarro a medio consumir entre los dedos. Se trataba de Thomas Gallagher, un empresario de inversiones y antiguo cliente.

—Marco —dijo con tono serio, casi resignado—. Hace años que no tocas mi puerta.

—Los favores no caducan, Thomas —respondió, entrando al interior de la casa sin esperar invitación. Su figura intimidante llenó el recibidor.

Gallagher lo siguió, viéndolo con recelo y cerró la puerta tras de sí. Caminaron hacia un salón privado. Marco se dejó caer en un sillón sin quitarse la chaqueta.

—¿Qué quieres esta vez? —preguntó Gallagher, acomodándose frente a él.

—Armas, equipo de asalto, chalecos y todo lo que tengas a mano. Necesito abastecerme, y rápido.

El empresario se tensó.

—¿Y para qué demonios necesitas eso?

—No es tu problema. —Marco lo miró fijo, con esa intensidad que hacía tambalear incluso a los más seguros de sí mismos—. Solo dame el contacto.

—Sabes que lo que pides no es fácil. Ni barato. Y peor aún, es peligroso. Si alguien te sigue la pista y llegas a usar lo que compres de forma indebida, podrían rastrearlo hasta mí y meterme en un lío. Eso no voy a permitirlo.

Marco sonrió con sarcasmo.

—¿Tienes miedo, Thomas?

—No soy idiota. Te conozco —replicó con dureza—. Sé que eres bueno en lo que haces, pero también, que estás medio loco. No calculas riesgos. Eso tarde o temprano te traerá problemas.

—¿Te olvidas de quién salvó a tus hijos cuando esos rumanos intentaron llevárselos? ¿De quién se interpuso entre ellos y las balas?

Gallagher desvió la mirada, molesto.

—Te debo más de lo que puedo pagar —admitió con amargura.

—Exacto, y hoy vas a saldar parte de esa deuda.

El empresario apagó el cigarro en un cenicero de cristal.

—Hay un hombre, se llama Ted Doyle, es dueño de una armería discreta cerca del puerto. Le debo algunos favores, igual que a ti. Es confiable, pero no le gusta la gente que llama la atención.

—Ya me cae bien.

—No lo tomes a la ligera. Si haces algo indebido con lo que él te dé y terminan investigando, no quiero que mi nombre aparezca ni en una nota al pie.

—Relájate, Thomas. —Marco se inclinó hacia adelante, su tono poseía una mezcla de amenaza y burla—. No estoy aquí para comprometerte, sino porque eres la única persona que sé que no me dirá que no. Y si lo hicieras… —dejó la frase colgando, aunque la intensidad en sus ojos lo decía todo.




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