Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 33. Distintas personalidades.

Emma observaba a Lucas y a Matt sentados en el piso de la sala de juegos, ambos jugaban con sus bloques de construcción. Cada uno parecía absorto en su propio mundo.

Lucas encajaba piezas despacio, midiendo los ángulos con precisión, mientras Matt empujaba con energía sus creaciones, como si probara su resistencia.

Suspiró. Desde que había llegado a esa casa notó que los gemelos pasaban demasiado tiempo dentro de la vivienda. Excepto por las horas de colegio, no tenían casi contacto con otros niños.

Ella conocía bien como se desenvolvía cada uno en su espacio, pero no como se relacionaban con otros.

—Carmen —dijo acercándose hacia la niñera, que doblaba ropa en un sillón—, ¿no crees que los niños pasan demasiado tiempo aquí?

—Es su zona de juegos segura, señora.

—Lo sé. Durante sus primeros años de vida es necesaria, pero ya tienen cuatro años, pronto cumplirán cinco, necesitan ampliar sus horizontes.

—El señor Liam es muy estricto con la seguridad —respondió la niñera—. Prefiere que estén en casa. Solo salen cuando él está presente.

—Lo entiendo, pero él siempre tiene mucho trabajo y los niños necesitan aire, amigos y juegos. ¿Desde cuándo no los llevas a un parque?

Carmen lo pensó unos segundos, luego alzó los hombros.

—Nunca lo he hecho sola, el señor no me lo permite, pero hace unos meses lo acompañé a un parque cercano donde les enseñó a manejar bicicleta.

La respuesta le atravesó el pecho. Emma comprendió la prudencia que Liam había asumido con el cuidado de sus hijos mientras estaban pequeños, pero ellos ya entraban en la edad en que debían tener más interacción con otros.

Ahora hasta pretendía que un chofer los llevara al colegio, impidiendo que viajaran en el trasporte escolar. Así estarían más aislados. Debía resolver ese problema.

—Hoy vamos a llevarlos al parque —anunció, decidida.

Carmen la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Está segura? Quizás el señor no esté de acuerdo.

—Liam me trajo a esta casa para que lo ayudara con el cuidado de los gemelos y ellos merecen, al menos, una tarde como cualquier otra.

La niñera volvió a alzar los hombros. Emma entendió que en el fondo estaba de acuerdo con su postura, por eso la apoyaba.

El parque más cercano quedaba a unas pocas calles. Cuando llegaron, el sol ya se inclinaba hacia el horizonte, tiñendo el cielo de naranja.

El lugar se encontraba lleno de niños corriendo, subidos a los columpios o manejando bicicleta, y adultos conversando en los bancos o sentados en la grama.

Lucas se aferraba a la mano de ella con timidez mientras Matt avanzaba con pasos resueltos, como si quisiese apropiarse del terreno.

Dieron una vuelta evaluando el lugar, hasta que Emma se percató que los niños miraban con interés a un grupo de niños jugando con una pelota.

—¿Por qué no se acercan y piden incluirse en el juego? —los animó con entusiasmo.

—¿Y si no nos dejan jugar? —preguntó Lucas, algo nervioso.

Ella se inclinó a su altura y le acarició el cabello.

—Eso no lo sabrás si no te acercas y preguntas. Si dicen que no, entonces, vamos a otro lado, pero no pierdas esta oportunidad de compartir con ellos.

Matt frunció el ceño.

—Si no quieren, yo les digo que sí o sí.

Emma rió con suavidad.

—Tampoco deben imponerse, solo preguntar.

Aunque dudaron, los niños decidieron acercarse al grupo, apoyándose uno en el otro. Lucas se quedó en la orilla, observando con atención, como esperando el momento oportuno. Matt, en cambio, se metió de lleno en el juego, interceptó el balón y lo pateó con energía aproximándolo al arco, donde otro pudo meter un gol.

Su estrategia le hizo ganar el derecho de ser incluido en el grupo y él llamó a su hermano para que lo siguiera. Lucas enseguida se incluyó.

Así ella pudo descubrir los rasgos distintivos de cada uno: Lucas resultaba más retraído, observador y temeroso de equivocarse mientras que Matt era impulsivo y parecía listo para ponerse a la defensiva, como si el mundo entero fuese un adversario. Él se le parecía mucho a Liam. Lucas, quizás, debió heredar la personalidad de su madre.

Se sentó con Carmen en una banca cercana para vigilarlos de cerca, dejándoles su espacio.

Mientras se encontraban allí, una mujer se aproximó a ellas para hablarles.

—¿Carmen?

La niñera se levantó al reconocerla.

—¡Grisel! ¡Cuánto tiempo!

Ambas se abrazaron.

—No puedo creer que estés aquí —dijo la mujer y observó hacia el grupo de niños que jugaban a la pelota—. ¿Esos son Lucas y Matt?

—Sí, son ellos.

—¡Qué bueno que hayan venido! Casi no salen de casa.

—Es que ahora la señora Emma se encarga de cuidarlos —dijo Carmen y señaló hacia Emma. Esta se levantó para saludar a la otra estrechando su mano.




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