Emma esperaba impaciente en el pórtico de la casa a que llegaran los gemelos de la escuela. Había hecho un cartel con la palabra «Bienvenidos» en el medio y una serie de dragones alrededor que parecían más lagartijas con alas.
Lucas y Matt la habían retado a dibujar sola, sin la supervisión de ellos, así que se esforzó por hacerles aquel dibujo para recibirlos y sorprenderlos.
En ese instante escuchó el motor del auto acercándose y alzó el cartel. Los niños la miraron impactados por la ventanilla y comenzaron a reír y gritar con emoción.
Al bajar, corrieron hacia ella para abrazarla y apoderarse del dibujo. La felicitaron por su logro, aunque, como buenos artistas que eran, les dieron sus opiniones sobre los colores usados.
Se dispusieron a entrar en la casa mientras los chicos hablaban de forma atropellada, contando a la vez sus aventuras del día. Ella los escuchaba encantada, intentando seguir cada palabra, pero la charla se interrumpió al oír que otro auto llegaba al hogar.
Los vigilantes le permitieron el paso al ser conocido y ya aprobado por el señor Hamilton.
El corazón de Emma dio un vuelco cuando reconoció el vehículo elegante de Julián y Camila. Los gemelos olvidaron todo y corrieron hacia sus abuelos para abrazarlos.
—¡Abuelita! ¡Abuelo!
Emma respiró hondo, alisó su ropa con las manos y se obligó a mostrar una sonrisa, aunque por dentro la tensión la mordía. Saludó con un gesto cordial mientras los niños rodeaban a sus abuelos, quienes los recibían con entusiasmo exagerado.
Camila le dirigió un asentimiento frío, Julián apenas un vistazo. Luego todos entraron en la casa.
—Parece que hoy almorzaremos juntos —dijo Julián con voz firme, casi dando una orden.
Emma tragó saliva y se dirigió a la cocina donde Carmen ya estaba preparando la mesa solo para ellas y los niños. Entre ambas colocaron los asientos adicionales, ajustando cubiertos y platos.
Cuando al fin todos se sentaron, Emma intentó relajarse. La charla giraba en torno a los gemelos y sus dibujos. Hasta que Lucas, con naturalidad infantil, comentó su aventura más emocionante de la semana.
—¡Fuimos al parque y tenemos nuevos amigos!
El silencio cayó un instante en la mesa. Julián frunció el ceño, Camila abrió los ojos sorprendida.
—¿Cómo que fueron al parque? —preguntó ella, mirando a Emma.
Emma mantuvo el tono sereno.
—Hemos ido en un par de ocasiones. Vamos con Carmen y con el chofer asignado por Liam. Nunca están solos.
—Tú no estás preparada para cuidar niños en la calle, Emma. Nunca has tenido hijos ni has trabajado con ellos, y Carmen no puede hacerse cargo de todo. Esto no es un juego —intervino Julián con un deje de reproche.
El comentario le atravesó como una daga. Emma apretó los labios, consciente de que los niños escuchaban y la miraban confusos. No respondió. Bajó la mirada y prefirió concentrarse en cortar el pan de su plato.
El resto de la comida se mantuvo en un equilibrio tenso, hasta que todos se trasladaron a la sala al terminar. Los abuelos habían llevado un regalo para los niños, así que ellos se ocuparon de abrir la caja decorada justo cuando el timbre de la entrada sonó.
Carmen se dirigió a la puerta para saber quién era y segundos después apareció acompañada por Becca, quien venía con una caja envuelta en celofán transparente en las manos.
—¡Hola a todos! —saludó la mujer con entusiasmo.
Los niños simplemente la saludaron con un «Hola» y un movimiento de manos, sin dejar de ocuparse de abrir su regalo. Julián y Camila, en cambio, se pusieron de pie para darle un abrazo.
—¡Becca Donnelly! ¡Qué gran sorpresa! —exclamó Camila, con los ojos brillándole por la alegría.
—Traje galletas para los niños —anunció la mujer con una sonrisa amplia.
Camila obligó a sus nietos a dejar lo que hacían para recibir el obsequito y dar las gracias.
Ellos lo hicieron por cortesía, aunque sin mucho entusiasmo. Ya conocían ese tipo de galletas, la despensa de la casa estaba llena de ellas.
Becca, en cambio, parecía haber encontrado un escenario perfecto. Julián y Camila eran muy amigos de su familia. Con ellos conseguiría la información sobre Liam y Emma que necesitaba. Quería saber si tenían algo serio, o solo era una relación profesional por los niños.
La sorpresa de Emma fue inmediata. No sabía que se conocían. Se esforzó por no demostrar su incomodidad, sobre todo, al sentirse rechazada. Ya que ellos se sentaron en los sofás a hablar sin incluirla, como si ella fuese una empleada más.
—Becca, querida —dijo Camila, tomándole la mano—. Hace tiempo no sabíamos de ti. ¿Cómo has estado?
—Mi familia está ocupada con la nueva apertura al sur de la ciudad. Pronto tendremos otra sucursal de la tienda.
Los abuelos se mostraron encantados.
—Eso es magnífico —aplaudió Julián—. Los Donnelly siempre han sido ejemplo de esfuerzo y buen gusto.
Emma permanecía en silencio, con una presión creciente en el pecho.
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Editado: 21.03.2026