Cuando el motor del auto de Liam resonó en la entrada, Emma, que estaba en el suelo del living rodeada por los gemelos y por montoncitos de plastilina de colores que parecían representar a dragones y dinosaurios, sintió un alivio inmediato mezclado con nervios.
La puerta se abrió y la voz profunda del hombre se oyó en el vestíbulo llamando a sus hijos.
—¡Papá! —gritaron Lucas y Matt, y abandonaron sus creaciones para correr hacia él.
Emma los siguió con la mirada, sonriendo por reflejo, pero enseguida bajó la vista concentrándose en juntar las tapas de los frascos de plastilina para poner un poco de orden.
Sus suegros seguían sentados en la sala conversando con Becca. La escena la hizo sentir una intrusa.
Liam entró con paso firme, trajeado, y saludó a todos con una cortesía tensa. Los niños se le lanzaron a los brazos, llenándolo de besos y risas. Él correspondió con afecto, pero apenas los bajó, buscó con la mirada a Emma.
Ella seguía en el suelo, recogiendo los restos del juego, cabizbaja.
Se acercó sin importarle las miradas de los demás. La tomó por el rostro con ambas manos, inclinándose para obligarla a mirarlo.
—¿Estás bien? —preguntó con voz grave.
Emma forzó una sonrisa.
—Muy bien. Ya voy a preparar la mesa para la cena.
Él no le creyó.
Antes de que pudiera insistir, Camila se levantó y se aproximó.
—Liam, querido, ven. Necesitamos contarte lo que hablamos hoy con Becca Donnelly. Su familia inaugurará pronto una nueva tienda en el sur. Será un acontecimiento importante en la ciudad.
Emma aprovechó el momento para escapar hacia el comedor. Comenzó a organizar los platos, vasos y cubiertos, todo con movimientos automáticos, como quien busca refugio en la rutina.
—Becca, ¿cómo estás? —la saludó con un beso—. Felicidades por la nueva tienda. Los Donnelly se han dedicado muchísimo a ese negocio —respondió sin dejar de estar pendiente de Emma.
Sorprendido porque el día anterior justo habían tenido una conversación sobre ella y ahora la mujer aparecía en su casa con sus suegros.
—Sí, mi padre y mis tíos ponen mucho corazón en esa empresa. Esperan abrir, antes de que finalice el año, al menos dos tiendas más.
—¡Maravilloso! —exclamó Julián. Camila dio palmadas de alegría.
—Perfecto. Ya hablaremos del tema, ahora, discúlpenme un momento.
Liam se excusó para ir con Emma. La encontró ordenando los manteles con los ojos húmedos.
—¿Qué está pasando? —preguntó en voz baja, sujetándole la mano.
—Nada. Solo estoy cansada —murmuró ella y giró el rostro.
Él la obligó a mirarlo otra vez.
—No me mientas. Te conozco.
La mujer emitió un suspiro de derrota.
—Solo… No quiero provocar incomodidades. Para tus suegros siempre seré una intrusa en esta casa.
—Emma —replicó él con firmeza—, esta es mi casa. Los únicos intrusos que incomodan aquí son ellos. No tú.
Ella se conmovió por la certeza de su voz, más aún, al verlo tomar los platos para ayudarla a preparar la mesa. Minutos después, los gemelos entraron corriendo.
—¿Podemos ayudar? —preguntó Lucas, ya subiendo a una silla para ordenar cubiertos.
—¡Yo pongo las servilletas! —exclamó Matt.
El ambiente cambió. Entre risas, torpezas y manos pequeñas que alcanzaban lo que podían, la mesa se vistió de calidez, como sucedía todos los días. Eso le concedió más alivio a Emma.
Cuando todo estuvo listo, entraron Julián, Camila y Becca. Sus rostros tensos revelaban molestia. Ellos habían esperado que Liam saliera a la sala y siguiera conversando con ellos, pero lo encontraron riendo con Emma y con los niños.
Se sentaron y la comida comenzó en un clima cargado. A los suegros no les gustó ver que Liam ubicaba a Emma a su lado, frente a los gemelos, en una posición de autoridad, que según ellos, solo estaba permitido para la dueña de la casa.
Aunque se tragaron su irritación para no fastidiar más la ocasión y así no quedar mal frente a Becca. Se sintieron a gusto cuando la vieron acaparar la velada con sus charlas sobre los eventos a los que asistía. Colaboraron con ella para así mantener la atención.
—Estamos invitados a la inauguración de la nueva sucursal de la tienda de los Donelly. Tenemos que asistir, Liam, y llevar a los niños para que retomen su relación con los hijos de Sandra, la hermana de Becca —dijo Julián con entusiasmo artificial.
—Es cierto —añadió Camila, mirando hacia su yerno—. Una familia como los Donnelly es ejemplo de estabilidad. Algo que nuestros nietos necesitan.
Emma no se atrevía a levantar la vista.
—Si tengo disponibilidad para esa fecha, asistiré —respondió por diplomacia, sin verlos, solo atento a lo que quedaba en su plato.
Becca sonrió, aunque en sus ojos brillaba una sombra de molestia. Podía percatarse que aquello no era una promesa real.
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Editado: 21.03.2026