La tarde estaba resultando muy entretenida, sobre todo, para los niños. Se encontraban en medio de un claro, jugando con sus nuevos amigos y sus raquetas nuevas, cuando Lucas divisó una figura conocida acercarse a ellos.
Emitió un grito de emoción antes de correr hacia él.
—¡Papá! —exclamó y se apresuró por alcanzarlo.
Matt lo siguió, riendo con la misma energía. Liam apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que los dos se le lanzaran encima. Los levantó del suelo con facilidad y los apretó contra su pecho.
—¡Aquí están mis campeones! —dijo con una risa profunda y besó la mejilla de cada uno—. ¿Qué están haciendo hoy? —quiso saber mientras los bajaba.
—¡Jugamos con nuestra raquetas! —contestó Matt con orgullo.
—¡Yo atrapé dos pelotas! —añadió Lucas, inflando el pecho.
—Genial. Eso hay que celebrarlo —aseguró Liam, y lo alzó por encima de su cabeza. El niño chilló de emoción mientras su hermano reía al verlo volar.
Los amiguitos que habían estado jugando con ellos se acercaron curiosos. Matt, lleno de orgullo, tiró de la manga de su padre.
—Papá, estos son nuestros nuevos amigos —dijo, y señaló a los niños que miraban con timidez.
—Él es mi papá —agregó Lucas con una sonrisa amplia, como si presentar a Liam fuese el mayor de los honores.
El hombre se inclinó hacia los pequeños y los saludó con calidez.
—Encantado de conocerlos. Me alegra que mis chicos tengan tan buenos compañeros de juego.
Los niños rieron nerviosos y respondieron al saludo. Para Lucas y Matt aquella presentación fue importante. Mostraban a su héroe, a su centro de gravedad, con la inocencia orgullosa de la niñez.
Desde la distancia, ahora oculto tras un auto estacionado al borde del parque, Marco observaba la escena con los ojos enrojecidos de rabia.
No esperó la presencia de Liam en ese lugar, era evidente que el hombre había roto su rutina para estar con ellos. Ver a los gemelos aferrados a ese hombre, hablándole con entusiasmo, lo enardecía. Aunque, lo ocurrido después, estuvo a punto de destrozar su buen control.
Liam, con los niños tomados de la mano, caminó hacia la manta donde Emma y Carmen estaban sentadas.
Emma se levantó, mostrándose feliz y sorprendida al tenerlo allí. Antes de que pudiese decir algo, Liam posó sus manos en sus caderas y, con un movimiento natural, la acercó hacia él.
—Hola, preciosa —murmuró, dándole un beso en la mejilla muy cerca de los labios, sin importarle las miradas que pudiesen dirigirle.
Emma se estremeció, ruborizada, pero incapaz de ocultar la sonrisa luminosa que le brotó del alma al descubrirlo allí.
—No esperaba que vinieras.
—Quise verlos —respondió él, observándola con ternura, como si solo ella existiera en ese instante. Luego se acomodó en la manta, muy cerca de su lado, dejando claro con ese simple gesto que le pertenecía.
Carmen se mantuvo discreta, aunque complacida al verlos juntos.
Marco desde su escondite apretó los dientes, hasta sentir un crujido en sus mandíbulas. La visión de las manos de Liam sobre las caderas de Emma estuvo a punto de enloquecerlo.
¿Cómo se atrevía ese hombre a tocarla así, en público, como si ella fuese suya?
¿Cómo podía Emma permitirlo?
El calor de la ira lo envolvió y por un instante se imaginó cruzando el parque para alcanzar a Liam y demostrarle, a puño limpio, quién tenía verdadero derecho sobre esa mujer.
Pero se contuvo, sabiendo que ese no era el momento, ni el lugar, más adecuado para hacer realidad su venganza.
Minutos después, los gemelos tiraron de la camisa de su padre para obligarlo a jugar con ellos. Liam se levantó sin pensarlo y corrió tras los niños riendo mientras trataba de alcanzarlos.
Emma los miraba feliz, sin darse cuenta de que una sombra se acercaba a su lado.
—Emma Bowen, ¿cómo estás?
La voz femenina sonó melosa, casi demasiado dulce.
Emma alzó la vista y se encontró con Becca Donnelly. Iba impecable, con un vestido blanco ligero, gafas de sol grandes y un bolso caro colgando de su brazo. Su sonrisa parecía cordial, aunque sus ojos sagaces se clavaron en ella con un brillo de arrogancia.
—Hola, Becca —respondió con cierta tensión.
—Imaginé que vendrías hoy al parque con los niños para que jugaran con sus nuevas raquetas, pero estoy impactada de ver a Liam aquí.
Becca lanzó una mirada hacia el césped, donde Liam jugaba con los niños. Su risa llenaba el aire y los pequeños lo seguían como si fuera un héroe invencible.
—Él siempre busca ocasiones para estar con ellos.
—Es adorable verlo con sus hijos, ¿no crees? —comentó Becca, sin ocultar su entusiasmo—. Siempre supe que sería un gran padre. Desde que lo conocí me pareció un hombre fabuloso en todos los sentidos. Te confieso que sentí mucha envidia por Vanessa.
Emma apretó los labios, algo irritada. Le incomodaban las palabras de aquella mujer, que parecían una provocación.
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Editado: 10.04.2026