Los gemelos se resistían a dormir. Liam y Emma los acompañaban en su habitación, entre peluches esparcidos, risas suaves y mantas de colores intentando mantener su rutina nocturna.
Él les contaba un cuento, no solo teniéndolos a ellos como oyentes atentos, sino también a Emma, que lo miraba con adoración. Fascinada por el amor que el hombre dedicaba a sus hijos.
—Papá, ¿hoy fue genial? —dijo Lucas acurrucándose junto a su padre, con una sonrisa radiante.
—Sí, papá. Fue el mejor día de todos —agregó Matt, todavía con la energía vibrando en su voz—. Tienes que venir otra vez al parque, para que juguemos juntos.
Liam acarició el cabello de cada uno.
—Claro que lo haré. Se los prometo. Habrá muchos días como este.
Los niños intercambiaron una mirada cómplice, como si su deseo hubiese sido concedido por completo.
—Y tú también, Emma —intervino Matt, y la señaló con un dedo pequeño—. Queremos que estés con nosotros.
Ella se inclinó para besar sus frentes.
—Nunca me lo perdería, cariño. Cuenten conmigo.
Las sonrisas se fueron apagando poco a poco, reemplazadas por los párpados pesados y la respiración tranquila de dos niños que, después de un día lleno de juegos, cedían al sueño.
Liam y Emma permanecieron allí, vigilantes, hasta asegurarse de que se habían sumido en un descanso profundo.
Minutos después él la tomó de la mano y la condujo con pasos sigilosos hacia el pasillo. Cerró la puerta con cuidado y, sin soltarla, la llevó hasta su habitación.
Al abrir la puerta la abrazó por detrás, llenando de besos su cuello.
—¿Ahora te toca dormirme a mí? —bromeó la mujer.
—No enseguida. Primero voy a comerte —dijo como un juego, con una voz gutural, como si fuese un lobo feroz.
En medio de risas, besos y caricias se fueron a la cama.
Emma abrazó a Liam como si no quisiese dejarlo ir. Acarició su espalda y su nuca, complacida por sentirlo a su lado, con su corazón palpitando con energía junto al suyo.
—Quiero preguntarte algo —dijo él con voz baja cuando recuperó la coordinación de sus pensamientos y casi como si temiera romper la magia de aquel instante.
—¿Qué sucede?
Él se incorporó, apoyándose de sus codos para así verla a la cara.
—¿Qué te ha parecido convivir con los niños?
Emma no tardó en responder, aunque sus mejillas se tiñeron de un rubor suave.
—Son fascinantes. Divertidos, inteligentes y tan cariñosos que es imposible no enamorarse de ellos. Los amo, Liam, de verdad.
Esas palabras a él lo golpearon directo al corazón. No pudo evitar sonreír con esa sonrisa sincera que pocas veces mostraba. La besó en la frente, conmovido por la confesión.
—Eso me hace muy feliz —susurró—. Más de lo que puedes imaginar.
Hubo un silencio breve, cargado de un significado que flotaba en el aire. Liam la besó en los labios por largo rato antes de mirarla con seriedad.
—Emma, quiero que nos casemos.
Ella lo vio con incredulidad. El corazón se le detuvo un segundo.
—¿Casarnos? —repitió, como si necesitara asegurarse de haber oído bien.
—Sí —respondió él con firmeza—. Quiero que vivamos juntos de forma definitiva. Que seamos una pareja estable, sin dudas ni sombras. Quiero que los niños sepan lo que pasa entre nosotros y que tengan la seguridad de que esta es su familia.
La mujer bajó la mirada, sus dedos repasaban nerviosos la clavícula del hombre.
—No sé, Liam… —murmuró—. Tus suegros no me aceptan. Camila y Julián jamás querrán que me quede aquí.
Él le acarició el rostro con una mano, obligándola a mirarlo.
—No quiero que pienses en ellos. Solo en nosotros y en los niños. Que tomes esta decisión en base a lo que sucede entre nosotros cuatro. Los demás tendrán que acostumbrarse.
Ella tragó saliva, sintiendo que un nudo se formaba en su garganta.
—No es solo ellos, también está Marco. Su acecho me perseguirá siempre.
Liam endureció la expresión.
—No ha vuelto a aparecer. Quizás se cansó y decidió seguir con su vida.
Emma negó con la cabeza, los ojos le brillaban por la preocupación.
—No, Liam. Él no es de rendirse con facilidad. Lo conozco. Acecha en silencio y eso me aterra.
Él la abrazó con fuerza, como si pudiera protegerla con la sola presión de sus brazos.
—Si estás bajo mi protección, como mi esposa, Marco jamás podrá hacerte nada.
—Pero…
—Escúchame —la interrumpió, con voz grave, y la observó con fijeza—. Si eres mi esposa, él no tendrá ningún poder sobre ti. Estarás por completo a salvo conmigo. Jamás podrá alcanzarte, ni lastimarte.
Emma se sintió atrapada entre el miedo y la esperanza. Quería estar con él, no deseaba apartarse de su lado, ni de los niños. Ellos eran su paz, su alegría y sus ganas por seguir adelante olvidando el pasado.
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Editado: 10.04.2026