Emma aún temblaba. El frío de la noche parecía haber calado en sus huesos. El estacionamiento bullía por los movimientos que se producían a su alrededor, de policías tomando notas, guardias de seguridad revisando cámaras y paramédicos desplegando sus equipos.
Nada de eso la tranquilizó del todo. Había sentido la presión de la mano de Marco, el filo de su aliento ebrio en la oreja y la idea de una pistola brillando contra la cabeza de Liam. Todo eso le resultó demasiado.
Sentada en un banco en el estacionamiento del bar Seven, sus amigas la rodearon como un escudo. Lidia le sostenía una mano con fuerza, como si quisiera transmitirle parte de su energía, mientras Carla le acariciaba la espalda en círculos lentos, hablándole con voz baja y serena.
Felton, apoyado contra una columna, las observaba con seriedad. Había apagado el cigarrillo a medio fumar y mantenía la vista fija en los alrededores, vigilante.
—Emma —dijo Lidia con suavidad, inclinándose hacia ella—. ¿Estás segura de que fue Marco quien te atacó?
Emma tragó saliva, con los ojos enrojecidos por el llanto.
—Sí —su voz apenas era un hilo—. Era él. No tengo la menor duda.
Carla frunció el ceño, preocupada.
—Pero, ¿cómo supo que estabas aquí?
Felton intervino con su tono grave, cruzando los brazos.
—Un tipo así no aparece de casualidad. O la sigue o alguien le pasó información.
Emma sintió un escalofrío recorrerle la piel. Miró a sus amigas con angustia.
—No lo entiendo. Ya no uso mis redes sociales y ni siquiera a mis padres les he dicho dónde estoy. Solo ustedes saben de mí.
—Quizá lo dedujo por alguna conversación antigua —propuso Carla—. ¿En algún momento le hablaste sobre nosotras?
Emma se lo pensó un instante.
—Quizás, ahora no lo recuerdo.
—Si llegó hasta aquí con simples deducciones, entonces, es un tipo muy listo —opinó Felton.
A Emma se le apretó el nudo que tenía en la garganta.
¿Cómo pudo haber olvidado las capacidades especiales que poseía Marco, su agilidad para ubicar a personas y saber de ellas hasta el más mínimo detalle?
Ese hombre era un cazador nato, un depredador que una vez que ubicaba a su presa, no la abandonaba hasta hacerla pedazos.
Mientras ella intentaba vivir una vida de ensueño, Marco siempre estuvo cerca, acechando en silencio, esperando un descuido para atacar.
—No voy a dejar que te destroce la vida —dijo Lidia con firmeza, sus ojos chispeaban por la ira—. Si ese desgraciado vuelve a aparecer, lo denuncias, lo persigues legalmente, lo que sea necesario. Hay que llevarlo a prisión.
—Ya está denunciado —recordó Carla, con un suspiro resignado—. Liam le dio a la policía los datos de él, comenzarán a buscarlo, pero si sabe moverse, encontrará formas de escabullirse. Hombres así creen que tienen derecho a todo.
Emma bajó la cabeza. Sentía la presión de los brazos de Lidia alrededor de los suyos, la mirada solidaria de Carla y la presencia silenciosa de Felton como una muralla. Aun así, la inseguridad le pesaba.
Unos metros más alejado, Liam se encontraba rodeado de otro tipo de tensión.
Un paramédico terminaba de revisar la hinchazón de su mandíbula y le facilitaba una compresa de gel congelado para controlar el dolor.
—Solo tiene moretones y un poco de inflamación —dijo el hombre con voz técnica—. Pero mañana sentirá el cuerpo como si lo hubiese arrollado un tren.
—Nada nuevo —replicó Liam con un gesto de fastidio, dirigiendo ocasionales miradas hacia la entrada del bar, pendiente de Emma.
Darryl, a su lado, escuchaba en silencio mientras un policía cerraba la libreta tras recoger su declaración.
Cuando los agentes se marcharon y el paramédico les dio espacio, Darryl se cruzó de brazos y se volvió hacia su amigo.
—Quiero que me describas a ese hombre otra vez —pidió, serio.
Liam lo miró de reojo.
—¿Por qué?
—Porque quiero estar seguro. —Su voz era seca, cargada de un recuerdo oscuro—. ¿Estás seguro que es el mismo tipo que me golpeó en el estacionamiento de la constructora?
—Tiene que serlo: alto, ojos azules. Es todo lo que tú pudiste reconocer porque ese día él tenía la cabeza cubierta por una capucha, pero ahora Marco se me presentó sin nada, y Emma, que lo conoce mejor que nadie, lo reconoció —dijo y apretó la bolsa de gel contra su rostro.
Darryl maldijo en voz baja.
—Ese malnacido está dispuesto a todo.
Liam respiró hondo.
—Me amenazó. Me aseguró que si no dejaba a Emma en paz, iba a matarme. Y no solo a mí, también a mis hijos.
Darryl parpadeó, incrédulo.
—¿Y por qué diablos no dijiste eso a la policía?
Liam apartó la bolsa de gel, dejando ver su expresión endurecida.
—Porque si Emma se entera, se asustará. Querrá alejarse de mí para proteger a los niños y eso no lo voy a permitir.
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Editado: 10.04.2026