Cuando llegaron a la casa, la encontraron silenciosa. Emma subió las escaleras en dirección a las habitaciones mientras Liam fue a despedir a Carmen, la niñera, que había estado en la sala de estar viendo la televisión.
—Señor Hamilton, ¿está bien? —preguntó la mujer al verle el rostro algo amoratado.
—Sí, solo… intentaron robarnos.
La mujer se alarmó.
—¿No sucedió nada?
—No. Un susto nada más —explicó con una sonrisa mientras llamaba a un taxi y pagaba las horas de trabajo de la mujer.
Una vez que Carmen se marchó, él subió a la habitación. Al no encontrar a Emma, fue a la de los gemelos.
Allí estaba ella, inclinada sobre ellos para besar sus cabecitas y asegurarse que estuviesen bien arropados y dormidos. Liam la observó desde la puerta, con los brazos cruzados y los ojos ensombrecidos, como si ese instante de paz fuese demasiado frágil y estuviese a punto de romperse.
—Duermen como angelitos —susurró ella al volver con él e intentando sonreír.
—Estarán bien —respondió el hombre acariciando el rostro y los cabellos de la mujer—. Te prometo que los cuatro estaremos bien.
La tomó de la mano y salieron del dormitorio despacio cerrando la puerta tras de sí.
Al llegar a la habitación que compartían, Liam le rodeó la cintura y la atrajo hacia sí. Emma se dejó envolver, necesitaba ese refugio. Apoyó la frente contra su pecho y respiró su aroma a colonia buscando calmar la tormenta que todavía la consumía.
—Sigues temblando —murmuró él, acariciándole la espalda.
—Es que… no puedo sacármelo de la cabeza. —Su voz se quebró—. Estaba allí, Liam, a un paso de llevarme. Ni siquiera mandó un mensaje como antes. Esta vez vino en silencio, acechando. Eso significa que me vigila, que sabe dónde estoy y con quién estoy. —Levantó la mirada, con los ojos humedecidos—. Debe saber de ti y de los niños. Va a perseguirlos y si los alcanza les hará daño.
El corazón de Liam se endureció. La abrazó con más fuerza, como si pudiese blindarla entre sus brazos.
—No, Emma. No lo va a hacer. Yo no lo permitiré.
La mujer negó con la cabeza, angustiada.
—Tú no lo conoces como yo. Marco no se detiene. No tiene límites. Si quiere algo, lo consigue, y ahora me quiere de vuelta. Hará lo que sea.
—Yo también lo conozco ahora —replicó él, con firmeza—. Vi su mirada esta noche y escuché sus amenazas, pero no me voy a rendir. No dejaré que se acerque a ti ni a los niños.
—Liam, él es despiadado. —Un sollozo se le escapó—. No le importa el daño que cause. No siente compasión por nada ni por nadie.
El hombre le tomó el rostro entre las manos.
—Emma, mírame. —Sus ojos estaban encendidos por la determinación—. Confía en mí. No voy a dejarte ir ni voy a dejarte sola. Te amo. ¿Lo entiendes? Te amo.
Ella tragó saliva, la emoción le cerró la garganta. Se dejó besar con urgencia, con esa mezcla de amor y desesperación que buscaba borrar la sombra de Marco. Sus labios se aferraron a los de Liam encontrando en ellos un respiro, un poco de esperanza.
Cuando se separaron, ambos jadeaban. Liam la llevó hasta la cama y se acostaron juntos, envueltos en un abrazo cálido.
—Emma, mientras discutía con Marco, él me contó que te llevaría para que tuvieran otro hijo, que pudiese suplantar al que habían perdido. ¿Qué quiso decirme con eso?
Ella sintió un peso insoportable. El secreto que había guardado tanto tiempo amenazaba con ahogarla. Las lágrimas brotaron sin contención.
Quiso apartarse, pero él se lo impidió. La atrapó en un lazo lleno de amor del que no pudo escapar.
—Íbamos a tener un bebé. —Su voz era apenas audible—. Estuve embarazada.
El golpe de esas palabras dejó a Liam helado.
—¿Un hijo de él? —preguntó en un murmullo, como si necesitara confirmarlo.
Emma asintió, llorando.
—Sí, pero… —Cerró los ojos un instante, frotándose la frente con una mano—. Tuvimos una discusión. Él llegó borracho a casa y yo me encontraba en la tienda de comestibles, eso lo enfadó, pensó que estaba con otro y comenzó a reclamarme. Me golpeó y me empujó muy fuerte contra la esquina de una mesa… Tuve un aborto —reveló con las lágrimas corriéndole por las mejillas—. Yo pensé que su actitud agresiva era solo por la frustración, varios trabajos le habían salido mal y no encontraba uno nuevo. Creí que la ilusión del niño lo haría cambiar, que lo llenaría de alegría como lo hacía conmigo, pero no fue así.
Liam escuchaba en silencio el relato, con la rabia bulléndole por las venas, aunque tratando de mostrarse tranquilo para no inquietarla aún más.
—Marco estuvo conmigo en el hospital mientras me hicieron el legrado, aunque nunca se vio afectado, solo fastidiado por el inconveniente y porque la enfermera lo regañaba mucho. Yo estaba devastada y asustada porque él me amenazaba con cobrarse el mal rato que estaba pasando. Sabía que iba a golpearme al llegar a casa y buscaría aprovecharse de mí a pesar de estar lastimada y recién operada. Tuve mucho miedo, por eso acepté la propuesta de la enfermera de huir.
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Editado: 10.04.2026