En el patio, los gemelos seguían correteando con su pelota inflable ajenos a la tensión que se gestaba entre los adultos.
Camila se había acercado hasta sus nietos para abrazarlos y besarlos, luego se reunió con su esposo en la terraza saludando a Lidia y a Carla con cortesía, aunque las evaluó de pies a cabeza con recelo.
Emma, luego de enviarle un mensaje de urgencia a Liam, fue con ellos.
—Camila, Julián —dijo con amabilidad forzada—, agradezco mucho que quieran llevar a los niños de paseo, pero no puedo permitir que lo hagan hasta que Liam regrese. Él seguramente querrá decidir qué hacer con ellos.
El rostro de Camila se puso rígido, pero intentó sonreír.
—Querida, somos sus abuelos. Solo pensamos en darles un domingo distinto porque Liam siempre los tiene solos en casa. No hay nada de malo en eso.
Julián asintió, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
—Han estado mucho tiempo encerrados. Un paseo les hará bien.
Emma apretó los labios. Sintió la mirada expectante de Carla y Lidia desde la mesa.
—Lo entiendo —respondió con calma—, pero los niños ya tienen planes con Liam. Además, ellos toda esta semana han estado saliendo al parque conmigo y el fin pasado fuimos a un parque acuático. No han estado del todo encerrados.
El aire se cargó de tensión. Julián frunció apenas el ceño, aunque enseguida recobró su gesto sereno.
—Veo que desde que tú llegaste han estado muy activos, pero, ¿acaso piensas que Camila y yo no podemos velar por la seguridad de nuestros nietos?
—No es eso. Sé que ustedes los aman y serán capaces de cuidar de ellos, pero Liam tiene la última palabra. Él es su padre.
Camila soltó una risita seca.
—Qué formalidades tan innecesarias, ¿no? En nuestra época los niños disfrutaban con los abuelos sin tanto protocolo.
Emma sostuvo la mirada, aunque por dentro temblaba.
—Son otros tiempos, Camila, y yo ahora soy la responsable de los niños. No puedo arriesgarme.
El ambiente se volvió espeso, como si incluso el aire del jardín hubiese perdido frescura.
Carla, incómoda, removió el vaso de limonada entre sus dedos, mientras Lidia desviaba la vista hacia los gemelos intentando darles normalidad a las risas infantiles que llenaban el patio.
Julián, aún con su compostura, se acercó un poco a Emma.
—Escucha, no dudes que nuestro único interés es el bienestar de los niños. Liam lo sabe —expresó, y quiso repasarla de pies a cabeza con una expresión de reproche, aunque su mirada se quedó clavada en el anillo de compromiso que ella llevaba en su mano izquierda.
La imagen lo impactó.
—¿Qué sucedió aquí que no nos hemos enterado?
Emma asumió una expresión confusa, pero al notar lo que él observaba se inquietó y por instinto escondió su mano tras su espalda.
La conversación quedó interrumpida cuando se escuchó la llegada de un auto en la entrada de la casa. La mujer enseguida los dejó para ir a la puerta. Recibió a Liam y a Darryl mientras ellos bajaban del auto.
A Liam se le notaba en el rostro un hematoma en el pómulo y un pequeño corte en la ceja.
—¿Todo salió bien? —quiso saber ella.
—Sí. La policía recibió las denuncias de los dueños del bar, aunque no pudieron hallar nada en las cámaras de seguridad. Marco sabe muy bien cómo pasar desapercibido y no dejar huellas.
—Es como si hubiese ido antes a ese bar para estudiarlo y saber por dónde caminar y dónde estacionarse para no dejar registros de su visita —opinó Darryl.
—Sin embargo —siguió Liam—, tienen su descripción física y los datos de su auto, así que emitieron una orden de captura. Esperemos que logren algo positivo con eso.
Emma no pudo evitar inquietarse por esa noticia. Eso iba a poner a Marco más furioso de lo que ya estaba.
—Tus suegros están adentro y se molestaron porque no los dejé llevarse a los niños —dijo cambiando el tema. Era necesario atender aquella situación.
—Se pondrán peor cuando les diga que no podrán hacerlo hasta que Marco no esté tras las rejas. Viendo lo hábil que es ese hombre, no voy a poner en riesgo a mis hijos.
Él entró en la casa para enfrentarlos. Darryl se acercó a ella.
—¿Tus amigas están adentro?
Ella le sonrió.
—Sí, aunque algo inquietas por la presencia de Julián y Camila.
—Pero ya llegué yo —dijo alzando las manos por sobre su cabeza, como si fuese una celebración.
Su gesto arrancó otra sonrisa en la mujer, ayudándola a relajar sus nervios.
Adentro, Camila ahogó un grito al ver el rostro golpeado de su yerno.
—¡Dios mío, Liam! —exclamó, llevándose la mano al pecho—. ¿Qué te ha pasado?
Julián se irguió, con el gesto endurecido.
—¿Quién se atrevió a ponerte las manos encima?
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Editado: 10.04.2026