Ya al final de aquel día, Emma se quitaba los pendientes frente al espejo, con movimientos lentos, como si aún le costara soltar el peso que llevaba sobre los hombros. Detrás de ella, Liam se sacaba la camisa por la cabeza y la dejaba sobre el respaldo de una silla mientras se abría el cinto del pantalón.
Ella no pudo evitar mirarlo con deseo, detallando su torso perfecto y definido, marcado por músculos.
Aunque, al verlo a la cara, pudo descubrir su expresión cansada y sus facciones aún tensas por los problemas que los agobiaba.
—Te ves agotado.
—Lo estoy —admitió él, y se quitó los pantalones para dejarlos también en la silla—. Pero, más que cansado, estoy preocupado.
—¿Por lo que sucedió con tus suegros esta tarde?
El hombre suspiró hondo.
—No solo se molestaron porque no los dejamos llevarse a los niños de paseo, sino porque se enteraron de nuestro compromiso de la peor manera.
—No dieron tiempo a nada. Ellos siempre son así, llegan como una tormenta y se van de la misma manera.
—Quizás debimos haber pasado por su casa al regresar del parque acuático y comunicarles lo que sucedía. Aunque no quiero que se inmiscuyan en mis asuntos, no puedo dejarlos por completo afuera. Ellos son parte importante de la vida de mis hijos.
Se sentó con abatimiento en el borde del colchón para así quitarse las medias. Ella se aproximó y se ubicó a su lado, acariciándole la espalda.
—Hallaremos una forma de aliviar esta situación con ellos. Ahora no te preocupes. No me gusta que te vayas a la cama con angustias, así no puedes descansar. Ayer casi no pegaste un ojo.
Él apoyó los codos en las rodillas y se frotó el rostro con ambas manos.
—Y no sé si podré dormir esta noche. El saber que Marco sigue ahí fuera, no me tranquiliza.
Emma comprimió el rostro en una mueca de desagrado.
—Perdón… —dijo entristecida.
—No tienes que pedir perdón, no es tu culpa.
—Marco es mi pesadilla.
—Así como mis suegros son la mía, y sin embargo estás aquí, soportando a mi lado mis problemas. —Liam la tomó de la mano, obligándola a mirarlo—. Pedí a la policía más rondas de vigilancia. No solo aquí, en la casa, también en la escuela de los gemelos. Quiero que todo el entorno esté protegido, pero hasta que ese hombre no quede por completo neutralizado no estaré tranquilo.
Emma arqueó las cejas, incrédula.
—¿De verdad crees que eso será suficiente? Marco es astuto y despiadado.
—Por eso necesito que me escuches. Debemos mantenernos en alerta, Emma, sin subestimarlo. No quiero que salgas sola, si necesitas salir, que te acompañe el chofer que contraté. Y mantente en contacto conmigo, aunque sea para decirme que vas de la sala al jardín. ¿De acuerdo?
Ella asintió con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta.
—No quiero que vivamos como prisioneros, Liam.
Él le acarició el rostro y suavizó el tono.
—No es una prisión, es un refugio. Nuestro refugio. Lo construiremos juntos, con los niños. Quiero que aquí te sientas a salvo, no vigilada.
Las lágrimas le humedecieron los ojos. Emma apoyó la frente en su hombro y dejó que él la rodeara con sus brazos. Sentía el latido firme de su pecho, un ancla en medio del miedo que la atenazaba.
—¿Y si Marco logra encontrarnos y…?
—No va a pasar —replicó Liam con seguridad férrea—. No voy a permitirlo. Prefiero morir antes que dejar que te toque otra vez.
La intensidad de sus palabras la estremeció. Levantó la cabeza y lo miró, conmovida.
—No quiero que vuelva a lastimarte.
—La única forma en que pueda hacerme daño, es lastimándolos a alguno de ustedes, y eso no pasará.
Unieron sus labios en un beso suave, reconfortante, que les concediera alivio y sanara sus emociones. Liam, además, le acarició el rostro con la punta de la nariz arrancándole suspiros, hasta que decidió agregar algo más a esa conversación.
—Emma, quiero que nos casemos pronto.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Pronto? ¿Cuánto es pronto para ti?
—Un mes, tal vez dos. Organicemos una boda íntima, con amigos cercanos y la familia. Nada ostentoso. Lo necesario para que todos sepan que eres mi esposa.
Emma abrió la boca, pero no alcanzó a responder. Liam tomó su mano y besó el anillo de compromiso que le había entregado.
—Si estamos casados, Marco no tendrá ninguna potestad sobre ti. Ni un resquicio legal para reclamar nada. Será un golpe más contra su control.
El corazón de Emma latió desbocado.
—¿Y después?
Liam sonrió y le acarició los cabellos.
—Después nos iremos los cuatro de vacaciones. Al exterior, lejos de todo esto. A un lugar donde nadie nos conozca, donde podamos descansar y superar tantas adversidades. Solo quiero estar contigo y con los niños. Ser feliz, Emma.
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Editado: 10.04.2026