Lidia estaba ansiosa porque llegara el final de la jornada de trabajo, recogía los últimos expedientes que había llenado y ordenaba el material de esterilización sin dejar de revisar su móvil.
Buscaba en la pantalla una notificación, una señal. Darryl le había dicho que tal vez tendrían tiempo de verse esa noche y, aunque no era una promesa firme, ella no podía evitar la expectativa. A pesar de conocerlo poco, era suficiente para que su corazón se acelerara con cada vibración del móvil que anunciaba la llegada de un mensaje de su parte.
Acomodaba un archivador en el estante cuando escuchó que alguien empujaba la puerta principal. Salió al pasillo para informarle al recién llegado que la hora de atención había terminado, pero quedó paralizada al ver a Jason Graham junto a la puerta.
Iba vestido con un sobretodo negro, gorra de beisbolista y lentes oscuros, pero además, traía en una mano un ramo de flores frescas.
—Hola, preciosa —pronunció su nombre con un dejo de urgencia y ternura—. Necesito hablar contigo.
Ella no pudo disimular su sorpresa. Habían pasado tres días desde aquella cita frustrada en el bar Seven, donde él nunca apareció. Pensó que jamás lo haría.
—¿Jason? ¿Qué haces aquí? —preguntó con frialdad y se cruzó de brazos.
Él se acercó un paso, bajó la vista y se arrodilló frente a la mujer extendiendo el ramo.
—Vengo a disculparme —dijo con voz quebrada—. No tienes idea de cuánto lo siento.
Lidia se mostró desconcertada.
—Lo haces demasiado tarde.
—Déjame explicarlo, por favor. —Jason se quitó los lentes guardándolos en su abrigo y la miró con ojos brillantes, casi suplicantes—. Mi hijo, Mathew, tuvo un accidente el sábado jugando al fútbol. Se fracturó una pierna y debí llevarlo al hospital. Desde entonces no me he movido de su lado. He estado tan angustiado en aliviar su sufrimiento que no tuve cabeza para nada, ni siquiera, para mandarte un mensaje.
La mujer frunció el ceño. La rabia y la compasión luchaban dentro de ella.
—Entiendo que ese día no hayas tenido tiempo ni cabeza para comunicarte, pero, ¿por qué no me escribiste luego? —consultó, dolida—. ¡Pensé que la tierra te había tragado!
Jason bajó la cabeza.
—Mi móvil se descargó y lo dejé olvidado en el auto, solo me enfoqué en mi hijo y en servirle de apoyo a su madre. Ayer en la noche logré revivirlo, pero sentí que enviarte un mensaje frío, después de tanto tiempo, sería una ofensa mayor. Por eso vine hoy. Necesitaba verte en persona y pedirte perdón como corresponde.
Ella respiró hondo, sin saber qué responder. El hombre se puso de pie y se acercó con lentitud, sacando además del bolsillo de su chaqueta un paquete de galletas de fresa que también extendió hacia la mujer.
—Son tus favoritas, eso siempre lo recuerdo.
Lidia lo miro con reproche, harta de sentirse manipulada por detalles que antes le parecían encantadores.
Sí, le creía. Su historia no parecía un invento, pero algo había cambiado en ella. Ya no lo esperaba con emoción, no ansiaba verlo. Había alguien más ocupando su mente y su corazón.
—Jason… —empezó con voz firme mientras tomaba las flores y las galletas—, gracias por estos detalles y lamento lo sucedido a tu hijo. Espero se recupere pronto.
—Gracias. Mi muchacho es fuerte y terco como su madre, en pocos días saldrá del hospital y sé que pronto se recuperará. Ya está desesperado por tomar la pelota de nuevo.
—Me alegro —expuso con una sonrisa sincera—. Ahora, discúlpame, debo terminar de cerrar el consultorio.
—¿Me aceptas una cena? —preguntó con aire desesperado—. Será en el restaurante que está en este edificio, no iremos lejos. Así te compenso por lo que te hice perder el sábado.
—No es necesario, aunque gracias.
—Por favor, Lidia. —Se acercó un paso más, procurando poner carita de cachorrito abandonado—. Solo una cena. No me dejes con ese peso.
La irritación empezó a brotar en Lidia. Odiaba sentirse arrinconada, que la manipularan con sentimientos de culpa. No quería darle más esperanzas a Jason, porque la verdad prefería cortar la relación con él para así centrarse en Darryl, pero justo en ese instante su teléfono vibró.
Ella se disculpó con el hombre para revisarlo, descubriendo que se trataba de un mensaje de Darryl.
«Lo siento. La reunión con el cliente se alargó más de lo previsto. Saldré tarde de la oficina. Te llamo después».
Ella apretó la mandíbula, frustrada. Había esperado todo el día por él y al final la noche se vaciaba de planes.
Sintió la punzada de desilusión en el pecho y comenzó a sentirse cansada de que la dejaran de lado por otras responsabilidades.
—¿Todo bien? —preguntó Jason para llamar de nuevo su atención.
—Sí, es solo… un recordatorio de un pago que debo realizar —dijo de mala gana y guardó el móvil en el bolsillo con un gesto brusco.
—Entonces, ¿aceptas mi cena de disculpas? —insistió el hombre.
Ella lo miró con fastidio, aunque se esforzó por sonreír.
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Editado: 10.04.2026