Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 58. Una propuesta, ¿sincera?

La cocina se había convertido en un campo de batalla, donde estallaban bombas de risas y vocesitas marcadas por la emoción.

En la mesa había un verdadero desastre: tazones con masa pegajosa, bolsas abiertas de azúcar y harina que habían volcado un poco y las huellas blancas de pequeñas manos estampadas sobre la madera.

—¡Mira, Emma, un dinosaurio gigante! —gritó Lucas y alzó con orgullo un cortador de galletas en forma de tiranosaurio.

Matt no se quedó atrás. Con las mejillas encendidas mostró el suyo: un brontosaurio con la cola torcida ya hundido en la masa.

—¡El mío es más grande!

Carmen intervino para evitar que la competencia infantil escalara.

—Los dos son hermosos, pero cuidado, que se van a quedar sin masa si siguen cortando tan rápido —dijo la mujer con paciencia y sacudió un poco de harina de su delantal.

Emma se inclinó para ayudar a Matt a despegar el cortador de la masa, recibiendo un beso repentino en la mejilla de parte del niño que la llenó de ternura.

—No me manipules, que no te voy a ayudar con todas tus galletas.

El chico se carcajeó divertido.

Había inventado aquella actividad de cocina para lograr que los gemelos olvidaran su insistencia de ir al parque y aceptaran quedarse en casa. Aún no se sentía segura y, aunque sabía que los guardaespaldas estaban siempre atentos, el simple pensamiento de salir y encontrarse con Marco le apretaba el pecho.

Por suerte para ella, a los niños les encantaba las novedades y cocinar ellos mismos galletas con formas de dinosaurio era algo que nunca habían hecho. La idea los emocionó.

Terminaban la primera tanda cuando el timbre de la puerta sonó. Emma limpió sus manos en el delantal y salió apresurada al vestíbulo. Abrió la puerta y se encontró con Becca, que había ido impecable en un conjunto de pantalón de lino oscuro y blusa elegante, y con el cabello recogido en un moño perfecto.

Ella, en cambio, vestía ropa de diario casi cubierta de harina, con un delantal manchado y los cabellos revueltos en un moño tipo cebolla que comenzaba a desajustarse.

—¡Emma! —exclamó la mujer con una sonrisa amplia, aunque sus ojos se pasearon con cierto desdén en la apariencia desastrosa de la mujer—. Tienes… harina…

Señaló con un dedo de manicura cuidada su frente. Emma enseguida pasó su mano por allí para limpiarla

—¡Becca… qué sorpresa! —exclamó, incómoda.

—¿Puedo pasar?

Emma dudó, pero al final asintió y le dio espacio para que entrara. La condujo hacia la cocina, donde la escena infantil continuaba.

Lucas y Matt, al ver a la visita, corrieron a mostrarle sus galletas aún sin cocinar.

—¡Mira, galletas de dinosaurio! —dijo Matt, y levantó la masa blanca con entusiasmo.

—¡Las hicimos nosotros mismos! —anunció Lucas y se sacudió una mano para librarse de harina y masa.

Becca se alarmó al caer pequeños trozos en su impecable pantalón oscuro. Lo sacudió con disimulo y forzó una sonrisa amplia.

—¡Qué lindos! Están haciendo un excelente trabajo.

Ellos se alegraron por sus palabras y volvieron felices a la mesa para seguir cortando galletas.

—¿Y por qué no fueron al parque hoy? —preguntó Becca en un tono que sonaba natural, pero que a Emma le molestó. No hubiese querido que ella sacara ese tema a colación.

Los niños bajaron la mirada, algo apenados.

—Emma dijo que era más divertido cocinar galletas —respondió Lucas. Su voz denotaba cierta nostalgia.

Emma se apresuró a intervenir.

—Estamos probando algo nuevo y lo están pasando bien, ¿verdad? —insistió, y acarició el cabello de los chicos.

Ambos respondieron con un «Sí» sonoro y recuperaron la sonrisa.

Becca observó por un rato el trabajo de los chicos, simulando interés. Emma la evaluaba con extrañeza, compartiendo a la vez miradas confusas con Carmen. Las dos sabían que ella no se sentía cómoda allí, sin embargo, no sabían por qué permanecía con ellos.

—Emma, ¿podemos hablar un momento? —preguntó la visitante luego de que metieran la primera bandeja de galletas en el horno.

La aludida asintió y, tras dar unas indicaciones rápidas a Carmen para que continuara supervisando la tarea de los niños, ambas salieron hacia la sala.

Allí, la luz del atardecer se filtraba por los ventanales iluminando el anillo de compromiso que Emma tenía en la mano. Becca lo notó enseguida. Su sonrisa se mantuvo, aunque sus ojos revelaron un destello de irritación.

—Así que, Liam y tú han hecho un compromiso formal —comentó con fingida ligereza—. Qué rápido han avanzado las cosas por aquí.

Emma se removió en el sofá y bajó la vista a su propia mano para acariciarse el anillo.

—Liam y yo nos conocemos desde hace mucho. No fue una decisión repentina.

—Cierto, se conocen de la universidad —respondió Becca—. Pero no me imaginé que la relación entre ustedes fuese tan seria, pensé que estabas aquí solo por los niños.




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