Liam se encontraba en su oficina concentrado en la revisión de los nuevos proyectos que habían llegado a su mesa cuando Darryl entró con un fajo de carpetas en la mano y el ceño fruncido.
—¿Muy ocupado, amigo?
—Más o menos —respondió Liam, sin apartar sus ojos de los planos que revisaba.
—Lamento molestarte, pero quería traerte esta información antes de que cometieras el error de interesarte en ella —dijo sin preámbulos, atrapando así la atención de su socio.
—¿De qué se trata? —consultó recostándose en su silla.
Darryl dejó caer los documentos sobre el escritorio con un golpe seco.
—Es sobre el proyecto urbanístico que organiza GreenLake Urban, que te ofreció Julián Holt a cambio de la custodia de tus hijos.
—¿Qué pasa con él? —quiso saber Liam endureciendo las facciones del rostro. Eso le recordó la pelea que tenía con sus suegros por la custodia de sus hijos.
—Que este negocio huele mal. Muy mal, amigo. Creo que el dinero que Julián invirtió en él está en riesgo.
El silencio se expandió en la oficina. Liam entrelazó los dedos sobre el escritorio y miró las carpetas con recelo.
—¿A qué te refieres con «huele mal»?
—A que no hay manera de que esto sea legítimo —respondió Darryl y abrió la primera carpeta—. Las supuestas firmas asociadas, no están asociadas en realidad a ese proyecto. Algunos ni siquiera han recibido noticias de este trabajo. Las firmas menores no existen y algunas fueron cerradas años atrás.
Liam, que en aquella ocasión solo le había echado una mirada a aquella información, tomó la carpeta para revisarla con mayor atención.
—El diagrama de los terrenos está muy bien presentado, pero verifiqué la ubicación y la dirección no es clara. Hay una serie de lotes desocupados en esa zona, pero ninguno ha sido vendido a esa compañía GreenLake Urban.
—¿Los terrenos no existen?
—Sí existen, pero no están comprometidos a ellos. Además, averigüé sobre GreenLake Urban y no encontré registros comerciales, ni siquiera en la base de datos de la cámara empresarial, o en las redes profesionales. También investigué a los directores y uno de ellos pertenece a una empresa fantasma registrada hace un año con dirección en un local vacío de Tacoma. Del otro no hallé datos.
Liam apretó la mandíbula.
—Julián me dijo que iba a invertir en esto porque unos buenos amigos de él están involucrados.
—¿Qué buenos amigos? Lo que investigué me da a entender que el asunto es una estafa. Esa empresa no ha llevado a cabo ningún proyecto de esas dimensiones en la ciudad hasta ahora, solo actividades menores de contratistas. Los supuestos directores no son gente reconocida y no hay información de ningún consejo directivo o de equipos de trabajo.
Liam se apretó el puente de la nariz.
—Julián lo presenta como una oportunidad única.
—Y en teoría lo es. Tiene posibilidad de expansión. Formar parte de un proyecto de ese calibre te asegura años de buenos ingresos, las promesas de retorno son altísimas y supuestamente, los inversores están respaldados por capital extranjero, pero no especifica la procedencia exacta de ese capital.
—¿Es posible que estén estafando a Julián? —se preguntó confundido.
Darryl suspiró.
—Hice algunas preguntas discretas, así me enteré que sí hubo una presentación de ese proyecto en un evento privado hace casi un año y con gente influyente. No dieron acceso a cualquiera, pero cuando quise pedir informes de inversión o balances de aportes me encontré con una pared de concreto.
Liam hojeó el informe que tenía en sus manos, en silencio. Los números lucían coherentes, aunque había algo artificial en su precisión. Se notaban demasiado limpios, demasiado perfectos.
—¿Y los reportes de movimientos?
—No existen —contestó Darryl—. No hay trazabilidad de capital. Se supone que el dinero está en un fideicomiso internacional, pero no hay constancia de transferencias.
Liam se recostó en el respaldo de la silla recordando la conversación que había tenido con Julián sobre el tema. Él le había hablado de ese proyecto como si fuese el futuro de la constructora, el gran salto de la compañía hacia el mercado de desarrollo urbano sostenible.
Resultaba tan bueno que supuso que él sería incapaz de rechazarlo, por tanto, podía intercambiarlo por la custodia de sus gemelos sin ningún problema.
—¿Cómo es posible que ese hombre, que es tan meticuloso con sus cosas, esté siendo estafado de una forma tan descarada? —murmuró Liam.
—Tal vez está confiando ciegamente en sus amigos. Si tú me pasas un proyecto para inversión y me dices que es genial, yo confío en tu criterio y lo firmo.
—¿No averiguarías más del asunto?
—No, porque supongo que ya tú lo hiciste.
—¿Y si yo no he hecho nada? —preguntó molesto—. Aquí eres tú el encargado de los chismes.
Darryl lo observó con una ceja arqueada.
—Estoy seguro que nunca me empujarías a un proyecto del que no tengas el mínimo de información. Te conozco. Eres desconfiado y receloso, ni siquiera en tu suegro confías.
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Editado: 10.04.2026