Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo 61. La invasión.

Para las primeras horas de la tarde, el bullicio de los alumnos en el Jardín de infancias St. James había desaparecido. Desde la reja principal, el edificio lucía imponente, con sus ladrillos claros, ventanales amplios y un jardín meticulosamente cuidado como si estuviese recién construido.

Solo el equipo administrativo y algunos obreros permanecían en el lugar, Aprovechaban la jornada para limpiar y revisar los sistemas eléctricos y sanitarios del edificio y así cumplir con las normativas distritales.

Un hombre con overol gris y el logo de Pacific Light Services cosido en el pecho salió de una camioneta vans sosteniendo una carpeta y una caja de herramientas. Tenía el cabello oscuro peinado con gomina de lado, un bigote discreto y anteojos gruesos que antecedían a sus ojos color café.

Nadie lo miraba dos veces por el aire inquietante que había a su alrededor, sin imaginar que en realidad su verdadera apariencia estaba oculta bajo una peluca, lentes de contactos y bigote postizo.

Se trataba de Marco Smith.

Saludó con una sonrisa al guardia de turno cuando llegó a la puerta.

—Buenos días, jefe. Soy Daniel Rowe, vengo a revisar las instalaciones por orden distrital.

El guardia revisó la lista de ingreso, buscó su nombre y lo encontró. Daniel Rowe figuraba allí con número de credencial y firma digital de aprobación. El verdadero se encontraba desnudo, atado y amordazado a varias calles de distancia, dentro de un contenedor de basura.

—Adelante, señor Rowe —dijo el guardia, sin sospechar nada.

—Gracias, amigo. Solo será una inspección rápida —respondió con tono jovial y sonrisa ancha.

Una vez dentro, el aire fresco de los pasillos lo envolvió. Sacó un pequeño medidor de voltaje del maletín y lo encendió solo para mantener la fachada.

Mientras fingía revisar los enchufes y lámparas, su mirada se movía con precisión quirúrgica hacia las puertas y salidas de emergencia, ubicación de las cámaras de seguridad y los ángulos ciegos.

Todo quedaba grabado en su mente.

Pasó frente al aula de arte y luego por la biblioteca. Cada paso estaba calculado. Su plan era claro: reconocer el terreno, aprender los horarios y ubicar los accesos. Si algún día necesitaba entrar sin permiso, debía hacerlo con la exactitud de un relojero.

Cuando giró por el corredor del segundo piso, se topó con un letrero que lo hizo detenerse.

«Salita de 4 – Profesora Amanda Collins / Asistente: Miss Julie».

—Es esta —murmuró, apenas moviendo los labios.

El aula tenía la puerta entreabierta. Dentro, dos maestras organizaban material didáctico en los estantes. Marco golpeó con suavidad.

—Disculpen, ¿puedo pasar un momento? Supervisión eléctrica.

La profesora Collins levantó la vista, se trataba de una mujer de unos treinta y tantos años con rostro amable y cabello recogido.

—Claro, pase. ¿Va a revisar los enchufes?

—Exacto. —Marco entró con su sonrisa más cordial—. Me dijeron que esta ala tenía algunos problemas con el voltaje. Nada grave, pero mejor prevenir.

Las maestras siguieron con su trabajo mientras él fingía revisar los tomacorrientes y el panel de luces. De reojo, evaluó el aula, cuyas paredes estaban llenas de dibujos de dinosaurios y animales.

Una cartelera grande con el título «Nuestros pequeños exploradores» se encontraba ubicada al final, con las fotografías de los niños que estudiaban allí.

Mientras la asistente salía del salón en busca de una escoba y la profesora Collins se encontraba de espaldas a él revisando sus archivos, Marco se aproximó a la cartelera y la recorrió con rapidez con la mirada.

A los segundos los encontró: Lucas y Matt Hamilton. Dos chicos casi idénticos, de sonrisas amplias y con la misma expresión confiada de su padre. Alzó su móvil y tomó un par de fotografías antes de continuar con su tarea.

—Bonita clase —comentó, para mantener la conversación—. Debe ser difícil trabajar con niños tan pequeños.

La señora Collins sonrió con orgullo.

—A veces sí, pero ellos son adorables. Nunca hay un día aburrido.

—Eso lo entiendo —dijo él, riendo—. Tengo tres en casa y son un caos. El más chico me vuelve loco.

—Pero estoy segura que si le faltan algún día, los extraña.

—Eso es cierto. Ellos son el motor de mi vida.

La maestra sonrió bajando más la guardia, sin prestar atención a lo que él hacía.

Marco se llegó hasta el estante de los juguetes y se encargó de esconder en el fondo un estuche negro con cierres metálicos, similar a los que se usan para medidores eléctricos portátiles. Pero este, en la parte trasera, tenía adherido con cables un cronómetro digital.

Al finalizar, guardó todas sus cosas con naturalidad y continuó su falsa revisión colocando el medidor junto a un tomacorriente.

—Perfecto, todo está dentro de los parámetros. Solo recomendaría que no usen muchos artefactos juntos, esos adaptadores múltiples suelen recalentarse.




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