Marco llegó a la casa donde se residenciaba con la furia corroyéndole el organismo. Parecía un león nervioso y herido, metido dentro de una jaula muy pequeña, que apenas podía abarcarlo.
Caminaba de un lado a otro resoplando maldiciones y abriendo y cerrando las manos en apretados puños para controlar la ira que lo consumía, mientras su mente repasaba con detalle cada paso que había dado ese día para llevar a cabo su misión.
¿Dónde había fallado?
¿Por qué le había resultado imposible alcanzar su objetivo?
Todo había sido planificado a la perfección, de manera milimetrada. El personal del colegio y la policía actuó como él lo había previsto y enviaron a los niños al lugar que había supuesto.
Las vías de escapes estaban listas, el auto donde trasladaría a los niños lo esperó paciente y el sitio donde los ocultaría lo tenía disponible, la única falla fue Liam Hamilton.
Tomó un cenicero de cristal de una mesa y lo estrelló con fuerza contra una pared. El ruido que generó fue ensordecedor, pero más lo fue su rugido de frustración.
La aparición repentina de Liam Hamilton dañó su plan. Días de trabajo y esfuerzo quedaron perdidos por culpa del miserable que se atrevió a quitarle lo que le pertenecía.
—Voy a matarte. Eres hombre muerto, Hamilton —bramó sin poder detenerse, ahora elucubrando las maneras en que podía invadir la casa donde él vivía, o la constructora, o algún otro lugar donde pudiese acorralarlo a él solo y cortarle el cuello.
Se detuvo en medio de la sala porque su mente comenzó a trabajar casi a velocidad luz tejiendo relaciones o buscando fallas en las rutinas de su víctima. Detalles en su estilo de vida que estuvo estudiando por semanas y que conocía a la perfección.
Pero detuvo sus pensamientos porque tocaron a la puerta. Miró con alarma y preocupación la madera cerrada.
El mayor inconveniente que le produjo su fallida acción fue que Emma lo reconociera. La muy traidora se atrevió a mencionar su nombre relacionándolo con lo sucedido en la escuela, acusándolo de haber sido el culpable.
Lo que debió pasar como un hecho aislado, ahora estaba ligado a su venganza. Por culpa de la mujer, el primer y único sospechoso del delito cometido era él. La policía duplicaría sus esfuerzos de búsqueda para detenerlo.
¿Habrían dado con su paradero?
Se acercó a la puerta con nerviosismo, con pasos lentos y ligeros, que sabía no serían escuchados por oídos poco entrenados. Pero, antes de llegar a ella, pasó por una cajonera donde tenía guardada una pistola. Revisó con rapidez y delicadeza la carga, para no hacer ruido, y la escondió tras su espalda en la cinturilla del pantalón.
Con precaución se asomó por la mirilla viendo que al otro lado se encontraba Thomás Gallagher, el empresario que lo había ayudado a conseguir las armas y los equipos para su misión. Al hombre lo acompañaba uno de sus robustos guardaespaldas.
—¿Sabes que si disparo a la puerta puedo abrirte un hueco profundo en el estómago que te desangraría en segundos? —amenazó Thomás sabiendo que él estaba pegado a la madera.
El guardaespaldas se llevó una mano a su costado donde tenía su pistola y miró con fijeza hacia la mirilla, como si lo hiciera a sus ojos.
Marco gruñó, aunque igual abrió y los dejó entrar.
Thomás se paró en medio de la sala y repasó los alrededores con expresión de asco, deteniéndose en el cenicero hecho pedazos.
—Es raro verte perdiendo el control de tus emociones —dijo con burla y lo observó con fijeza—. ¿Encontraste a un enemigo a tu altura?
—Ningún enemigo está a mi altura —expresó con enfado, y se ubicó frente a él con el mentón en alto y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
El guardaespaldas se encontraba cerca, vigilando con atención cada uno de sus movimientos.
—¿No? —insistió, con burla—. Cuando alguien te molesta, vas y le das una golpiza feroz que en su vida podrá olvidar, o le pones el cañón de una pistola en la cabeza y haces que se orine en los pantalones antes de volarle los sesos. Sin embargo, llevas meses en Seattle invirtiendo una buena cantidad de dinero en equipos de asalto, cambiando de auto, usando disfraz de payaso y cometiendo error tras error hasta convertirte en uno de los tipos más buscado por la policía estatal. ¿Qué carajos pasa, Marco Smith?
Marco apretó tanto la mandíbula por el enfado, que sus dientes hicieron un sonido chirriante.
—¿A qué viniste? ¿A burlarte?
Thomás se aproximó a él un paso, con actitud desafiante. El guardaespaldas también lo hizo, dispuesto a actuar si así fuese necesario, aunque Marco ni se inmutó. Mantuvo su postura y su mirada fija en el sujeto sin siquiera pestañear.
—¿No me escuchaste que te has convertido en el hombre más buscado de la policía estatal? —Marco no respondió. Por unos segundos el silencio corrió entre ellos—. ¿Sabes lo que eso significa, amigo? Que van a investigar hasta el color de los calzones que tienes puestos ahora. Lo que hiciste hoy te condenó. Ni siquiera se te ocurrió invadir una escuela pública, sino una donde estudian hijos de gente con mucho dinero, que tienen abuelos metidos en la política y padrinos con influencias hasta en el Pentágono. ¿Crees que ellos dejarán que quede impune esa payasada de la bomba falsa?
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Editado: 10.04.2026