Liam, con Emma y los gemelos, tomaron un avión rumbo a Seattle acompañados por uno de los guardaespaldas. Al llegar alquilaron un auto tipo vans y fueron a la casa de los Bowen.
Lo primero que Emma notó al llegar fue que la puerta de entrada había sido cambiada y además, sus padres instalaron una reja de seguridad adicional.
—Qué extraño. Esto no estaba así antes —expresó ella antes de tocar el timbre.
Liam apretó el ceño y, antes de seguirla, le pidió al guardaespaldas que se mantuviese en alerta.
Gisela, la madre de Emma, una mujer bajita, delgada y de cabellos cortos, los recibió con una sonrisa de asombro.
—¡Hola, yo soy Matt! —se presentó uno de los gemelos apenas la mujer asomó la cabeza a la calle y extendió hacia ella un ramo de flores que habían comprado en el aeropuerto.
—¡Y yo soy Lucas! —informó el otro entregándole una caja de chocolates.
Gisela estiró su rostro en una sonrisa ancha y los abrazó a ambos como si fuesen dos peluches.
—Pero, ¡qué preciosos! ¡Estos niños son adorables!
Fred, el padre de Emma, se encontraba detrás. Miraba la escena emocionado, aunque sin poder salir porque su esposa y los niños bloqueaban la entrada.
—¡Hija! ¡Liam! ¡Me alegra que ya estén aquí!
—Hola, papá. Ya voy a darte un abrazo. Espera que estos tres terminen de saludarse —dijo Emma en broma, viendo como su madre seguía abrazando y besando a los niños conmovida por sus gestos dulces y sus risas.
Entre besos y abrazos entraron a la casa. El chofer quedó afuera, en el auto, atento a los alrededores.
—¿Son alérgicos a los perros o a los gatos? —preguntó Fred a Liam—. Porque tenemos dos perros y un gato.
—No que yo sepa, aunque quizás los perros y el gato sean alérgicos a ellos. Cuando los niños los descubran, los tomaran como si fuesen sus juguetes favoritos.
—Ahhh, mis animales son muy cariñosos. De seguro se la llevarán bien.
La pareja había dejado a los animales en la terraza para que no saltaran encima de la visita y los dejaran saludarlos como debían, pero los niños apenas los notaron abrieron las puertas y se les lanzaron encima para acariciarlos y abrazarlos.
Había un caniche mestizo y lanudo de color marrón, que movía la cola como si fuese el aspa de un ventilador. El perro buscaba las caras de los recién llegados para lamerlas y como la de los niños se encontraban a su altura, eran sus favoritas.
Por supuesto, ellos se dejaban llenar de babas encantados.
El otro era un pomerania de pelaje abundante, negro en su mayor parte y crema en la zona del pecho y panza, que ladraba con un tonito agudo muy fino y daba vueltas sin parar demostrando su emoción. Matt se puso a dar vueltas con él en medio de risas, resultando divertido para los perros.
Lucas divisó sobre una mesa a un gato gris atigrado sentado sobre sus patas traseras, que los miraba con superioridad. Corrió hacia él y lo atrapó sin darle oportunidad a escapar, logrando que el animal apenas pudiese emitir un maullido de sorpresa antes de verse envuelto por esos bracitos firmes y cariñosos que lo incluyeron en el revuelo de bienvenida.
Pasaron un buen rato entre gritos, risas, abrazos y ladridos mientras se instalaban en el jardín a tomar una limonada y galletas.
Gisela estaba feliz con los niños. Sacó todos los juguetes de los perros y con Emma se pusieron a jugar con ellos.
Fred en cambio, se sentó en una silla junto a la mesa, acompañado por Liam. Ambos se ponían al día sobre San Francisco y Seattle, comentando del clima, la gente, el tráfico y los negocios.
—¿Piensan regresar a San Francisco? —quiso saber Liam.
—Lo pensamos luego de que Gisela se recuperó —respondió Fred—. Pero entonces, Emma se… embarazó —habló como si le costara sacar esa palabra—, y se fue a vivir a Salem. Como aquí estábamos más cerca de ella, decidimos quedarnos.
Liam apretó con disimulo la mandíbula, recordando a Marco y todo el daño que le había hecho a Emma. Por instinto sus ojos se posaron en ella, como asegurándose de que se encontraba segura y feliz.
—Y ahora que se casará conmigo y viviremos en San Francisco, ¿no lo consideran?
Fred miró a Liam con los ojos muy abiertos y llenos de preocupación.
—¿Han pensado bien ese asunto de la boda?
—Muchísimo —aseguró Liam con tono determinante.
Fred parecía perdido y angustiado. Vio a su hija con el miedo reflejándose en sus pupilas, así que Liam decidió trasmitirle más confianza.
—Fred, escucha, mi situación personal y financiera ha cambiado mucho. Ahora dirijo la constructora de mi padre y, a pesar de los contratiempos habituales que se presentan en ese tipo de negocios, me va muy bien. Puedo proteger a Emma de miles de formas posibles, darle estabilidad y tranquilidad.
—De eso estoy seguro. Conocí a tu padre y lo recuerdo como un hombre correcto y exitoso. Si a ti te va mejor, entonces, sé que a mi niña no le faltará nada a tu lado. Ni siquiera, felicidad, porque te confieso que no la veía sonreír como lo está haciendo ahora desde hace mucho —reveló, escuchando las carcajadas de Emma mientras disfrutaba de las gracias que los gemelos hacían con los animales.
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Editado: 10.04.2026