Luego de almorzar en el patio y de que los niños tomaran una pequeña siesta, todos salieron en la vans para recorrer Seattle.
Liam llevó a los niños al Space Needle, la enorme torre, símbolo de la ciudad, desde cuya cima podía disfrutarse de una vista completa de la zona, hasta las lejanas montañas.
Se tomaron muchas fotografías y compartieron risas y diversión sin descanso. Gisela estaba encantada porque los gemelos comenzaron a llamarla abuela, ya la habían adoptado, no tenía escapatoria.
Los niños estaban felices porque ahora tenían abuelos nuevos, dos perros y un gato, porque para ellos, todo lo que había ahí les pertenecía.
De allí fueron al Zoológico Woodland, donde los chicos pudieron darle de comer a las jirafas quedando fascinados con ellas. Pero cuando visitaron la exposición de dinosaurios, se conmovieron tanto que sus lagrimitas brillaron en sus ojos.
—¡Papá, mira! ¡De verdad son gigantes! —exclamó Matt observando maravillado la inmensa escultura de un tiranosaurio rex de filosos dientes.
Lucas no solo estaba encantado con las enormes figuras, sino con los patos que paseaban libres por el parque metiéndose entre la gente en busca de comida. Hizo que Emma le comprara un empardado solo para dárselo a los animales en migajas, emocionado porque lo perseguían a todos lados.
Merendaron sentados en la grama frente a un lago artificial y después tomaron unos botes para dar algunas vueltas haciendo competencias. Luego cenaron en un restaurante cercano antes de regresar a casa.
Los gemelos durmieron en colchonetas inflables en la terraza con los perros, como si estuviesen de campamento, Gisela se quedó con ellos. La mujer ya se había enamorado de aquellos dos cariñosos terremotos.
Fred, luego de tomarse sus medicinas, se fue a la cama agotado. No había tenido una agitación tan grande y divertida desde hacía años. Se acostó feliz, con una sonrisa marcándole el rostro.
Al guardaespaldas le cedieron una habitación para que tuviese una noche cómoda, y Emma y Liam se quedaron un rato más en el jardín, tomando una cerveza y mirando las estrellas.
—¿Qué piensas? —quiso saber Emma al acurrucarse a su lado y verlo con actitud reflexiva.
—En que es posible que tengamos unos días difíciles estas semanas. Hasta que Marco no esté tras las rejas, no estaré tranquilo —dijo, recordando lo que Fred le había contado de la irrupción del hombre en su casa.
Emma respiró hondo.
—Te dije que él es muy violento, nada lo detiene.
—Pero yo voy a detenerlo, aunque estoy seguro que no será fácil. —Abrazó a la mujer y besó su cabeza—. Tienes que ayudarme, Emma, no viviremos encerrados ni con miedo, pero debemos estar alertas.
—Lo haré. Soy la primera interesada en que esto termine pronto.
—Vamos a superar esta situación. Te lo prometo.
Se quedaron allí, envueltos en el calor que emitían y en el amor que a cada uno le palpitaba en el pecho. Ambos dispuestos a defender lo que estaban construyendo hasta llegar a las últimas consecuencias.
***
Al terminar su jornada de trabajo, Lidia salió del consultorio y corrió henchida de felicidad hacia Darryl, que la esperaba en el exterior.
Él la atrapó entre sus brazos y la cargó, dando una vuelta con ella mientras la besaba en la boca frente a todos los que en ese momento pasaban por el lugar, sin importarles los comentarios o las miradas divertidas.
Cubrió sus hombros con un brazo para mantenerla cerca y caminaron juntos hacia el estacionamiento. Hablaban cada uno de su día, de las dificultades que tuvieron y las anécdotas graciosas, sin imaginar que los vigilaban muy de cerca.
Marco los veía con odio desde su rincón entre las sombras, furioso por las muestras públicas de cariño que se brindaban. Le pareció una pareja ridícula y decepcionante, se merecían el uno al otro, incluso, para sufrir juntos.
Avanzó tras ellos buscando taparse el rostro con una gorra de beisbolista y levantándose las solapas del abrigo.
—Hoy me toca a mí elegir, así que será ¡noche de cena mexicana! —expuso Darryl mientras quitaba la seguridad de su auto para que ella pudiera entrar.
—¿Comida mexicana? Me gusta, pero no quiero nada picante.
—Si el picante es la base de la comida mexicana —se quejó con una sonrisa.
—Pero no me gusta el picante, así que mis tacos no tendrán nada que pique, o haré que te los comas también sin dejar nada en el plato.
Subieron al vehículo entre risas y discusiones, ajenos al hecho de que Marco pretendía perseguirlos desde otro auto.
Salieron a la vía sin prisas, sumergiéndose en el tráfico del final de la tarde hasta que lograron tomar una carretera más rápida.
Lidia activó el reproductor haciendo sonar un tema movido de Ed Sheeran y comenzó a cantar y bailar haciendo sonreír al hombre.
A Darryl le encantaba la alegría de ella, había estado con muchas mujeres serias, que no hacía otra cosa que cuidar su imagen y mantener siempre la compostura. Lidia, en cambio, era natural, espontánea y descomplicada. Reía con estridencia cuando le provocaba y no se avergonzaba de decir cosas tontas para hacer reír a otros.
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Editado: 10.04.2026