Dame una oportunidad. (ceo busca madre sustituta)

Capítulo final. Una vida juntos.

Dos años después…

Emma estaba feliz con la inauguración de su empresa. Luego de mucho esfuerzo, planificación y pruebas, su agencia de viajes y turismo al fin veía luz y abría su primera oficina en la ciudad.

Ya tenía casi cubiertos cuatro meses de trabajo, entre tours turísticos por la región y campamentos empresariales. Por supuesto, la constructora Hamilton se encontraba entre sus mejores clientes, quien además la apoyaba con la publicidad.

—Los paseos en barco al atardecer son mis favoritos —dijo Camila a un grupo de amigas que habían acudido a la inauguración—. Ya he tomado dos y son fascinantes, la agencia se encarga de tramitar todo. Tú solo tienes que ponerte ropa cómoda e ir dispuesta a disfrutar del paseo.

Un poco más allá, Gisela también hacía su parte con los amigos que había hecho del grupo de yoga.

—La excursión a Yosemite es una maravilla, estar en contacto con la naturaleza es insuperable, pero la que mi hija organiza al Buckeye Flat es un encanto. Pasar una noche bajo las estrellas es una experiencia que nunca olvidarán. Habrá un telescopio gigante para ver los planetas y les darán una clase de cómo fotografiar el cielo de forma magistral con sus móviles.

Carla y Lidia no se quedaron atrás animando a los presentes a inscribirse en los diversos paseos.

—El viaje a Alcatraz no se lo pueden perder, no solo viajarán en ferry a la isla, sino que al final tendrán un paseo en bote por la bahía —decía Carla.

—Y el paseo por la prisión es fascinante —aseguró Lidia—. Podrán caminar por los pasillos y escuchar los lamentos de los prisioneros que fallecieron allí, además de visitar la celda donde estuvo Al Capone y George “Machine Gun” Kelly.

Emma estaba feliz, no tuvo necesidad de contratar ningún servicio especial de publicidad porque tenía a mucha gente encargándose de eso, y gratis.

Se acercó al lugar donde Liam se encontraba con Darryl y Julián, acompañados además, por algunos amigos.

—La verdad pensé en recorrer la ciudad por mi cuenta, pero me estoy dando cuenta de que hay demasiado para ver. Por eso es necesario contratar una agencia —comentó Laura, una de las clientas de la constructora.

—Totalmente —aseguró Julián—. San Francisco tiene rincones turísticos que los mapas no muestran. Las agencias te ahorran tiempo y te arman recorridos con sentido, que de verdad puedan ser disfrutados.

—Además, no es solo logística —agregó Darryl—, sino la posibilidad de estar acompañado por guías locales que conocen bien el lugar y te llevarán a conocer esos restaurantes pequeños y esos lugares mágicos y escondidos, que ofrecen una atención más personalizada e inolvidable.

Emma abrazó a Liam por la cintura, conmovida por el apoyo que todos le daban a su emprendimiento.

—¿Cómo te sientes? —quiso saber él al rodearla con un brazo.

—Feliz. Esto es mejor a cómo lo imaginé. No pensé que tendría tanto apoyo.

—Eso pasa cuando te rodeas de gente que te quiere de verdad —dijo, besando su frente con ternura—. ¿Damos una vuelta por el patio, para verificar si alguno de nuestros gemelos quemó o destruyó algo?

Ella se carcajeó divertida.

—Seguro, vamos.

La agencia de viajes tenía un patiecito pequeño donde habían instalado un trampolín para el disfrute de los más pequeños. Allí además, Liam había construido una casita de madera para que las niñas, sus dos hijas más pequeñas, jugaran con sus muñecas.

Janis y Naomí, que así se llamaban las gemelas de dos años, habían metido a un grupo de niños y niñas dentro para que jugaran con sus cosas, o los habían secuestrado, al final, nadie sabía. A ellas les encantaba compartir sus juguetes y estar rodeada de chicas y chicos para jugar, pero no les dejaban marcharse nunca. Eran más posesivas que sus hermanos.

—¿Sin ninguna novedad, Maddy? —preguntó Liam a la nueva niñera. Una chica joven y llena de energía que podía seguirle el ritmo a aquellas gemelas traviesas.

—Todo bien, señor. Hace rato las gemelas lloraron a mares porque uno de sus nuevos amiguitos tuvo que irse, pero como llegaron dos más se quedaron tranquilas.

—Son las reinas del drama —se burló Emma—. Cuando se vayan todos y tengamos que regresar a casa, llorarán por horas hasta que se encuentren con sus perros y con el gato que les regaló la abuela Camila. Su pena es así de selectiva.

Ambos rieron y fueron hacia el trampolín para ver qué hacían los gemelos. Allí se encontraron Carmen, quien los vigilaba. Matt y Lucas ya contaban con siete años y eran expertos en inventar travesuras que angustiaban a los mayores.

—¿Rompieron algo? —fue la pregunta de Liam al llegar junto a la niñera.

—Aún no, señor, pero hace poco tuve que intervenir porque estaban quitando la malla protectora de un costado para saltar muy alto y caer en la grama como Spiderman. Ya habían organizado al resto de los niños para ver quién lo haría primero y quién después.

Emma se carcajeó.

—Oh, Dios, debí pedir un trampolín con pared de concreto en los costados —reflexionó Liam—. Esa malla no es muy segura contra esos gemelos.

—No seas muy duro, heredaron tu espíritu. Son inventores y arriesgados.




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