Dana Chou

RIN TANAKA. FINAL

Novelas Por Capitulos

Saga El Corazón de Jade

Sinopsis

Sinopsis

Nueva York. Ático de Isabelle Cramer. Medianoche.

El horizonte se desangraba en luces eléctricas. Nueva York era un tumor luminoso, y desde su ático, Isabelle Cramer lo observaba como una diosa dispuesta a destruir su propia creación. Vestida de negro como un cuervo de duelo, sostenía una copa de champán como si fuera una reliquia, pero el temblor de su mano delataba lo que nunca admitiría: miedo. No a la muerte. Isabelle había dejado de temerla hacía años. Lo que temía era el anonimato, la irrelevancia. Morir sin dejar huella.

Su apuesta por Caos.coin había sido más que audaz: había sido un suicidio estratégico, una ofrenda al caos como única forma de evolución. Y ahora Utri Tech y Ous Corp querían devorarla. No por dinero. Por lo que representaba: una anomalía, una mujer sin dueño.

El mensaje en su teléfono ardía como veneno:

"No confíes en nadie. – Estúpida."
— Diego Alejandro Vargas.

Arrojó la copa contra la pared. No por furia. Por placer. Le encantaba ver romperse las cosas. La destrucción tenía un ritmo propio, un ballet de esquirlas.

Diego. Un parásito con sonrisa de jaguar y alma de ácido. Amarlo había sido un acto de mutilación voluntaria. Le hablaba como si pudiera leerle la carne, como si la conociera desde antes de nacer. Y aun así, Isabelle le ocultaba cosas. Como el contrato para asesinar a Rin Tanaka, su hermanastra bastarda, una alimaña japonesa que amenazaba con enturbiar su linaje.

Rin no era nada. Una sombra con pulso. Un obstáculo.No estuvo nunca en su vida,no tenía por qué no Star en el futuro de su vida.

Pero los obstáculos, Isabelle los convertía en cadáveres y está advenediza era ideal para serlo lo más pronto posible.

Encendió un cigarro. El humo era como ella: lento, letal, arrogante. Quizás también debería mandar asesinar a Diego.La estaba descontrolando.

Japón. Callejón en Miyagi. Amanecer.

El callejón apestaba a orina, grasa y desesperación. Rin Tanaka no recordaba cuándo había comido por última vez. Tenía sangre seca en los nudillos, una jeringa vacía en el bolsillo y un libro que no debería existir: ell Oráculo del Caldero Sagrado. Un tomo que vibraba como una criatura viva y le susurraba cosas que solo un loco podría entender.

—Huye. Huye. Hacia el norteamericano.Vuelve a tu casa

El norteamericano?. El libro le acababa de escribir que el norteamericano era Su padre. Vicent Crane. Un nombre que no le significaba nada, salvo una maldición genética.

Los hombres que la seguían habían degollado a una niña en un templo por menos que ese libro. Rin los había visto dibujado en el libro. Uno fumaba mientras lo hacía. El otro reía. Nada tenía sentido.Porque recibió ese libro? Porque las páginas se escribían solas? Le pareció un mal "viaje" de sustancias.

En un impulso, se arrastró hasta una verja oxidada. Al otro lado, el mundo era igual de sucio, pero más ancho. Corrió. El Oráculo vibró de nuevo. La página se llenó con una imagen: un hombre maduro, muy bien parecido, y a su lado una mujer japonesa con el rostro como de mármol: Aiko.Su madre.

Rin vomitó. No por emoción. Por hambre.

Los lazos de sangre eran solo eso: sogas. En su delirio el hombre y su madre la habían protegido. Fue una alucinacion..No recordaba el viaje en el tren...Había vuelto a Miyagi.Tenia que ir a casa.Descansar,Dormir...

-- Rin...Hija....Rin...despierta...

Dos días después.Jet Privado. En vuelo hacia Nueva York.

Vicent Crane observaba a su hija como si fuese un experimento. Se preguntaba si podía "repararla", el término era odioso, el término era sanarla, no era una "Cosa", era su hija.

. Pero en realidad, solo quería una pieza más para su tablero. Rin no era su hija. Era un seguro. Un peón sacrificial.Una medida de presión para contrarrestar el moustruo sin piedad que era Isabelle

Aiko dormía, con la cabeza en su hombro. La deseaba. Era todo lo que le quedaba.

—¿Crees que Isabelle aceptará esto? —murmuró Aiko, sin abrir los ojos.

—No necesito que acepte. Solo que obedezca.

Vicente había vendido su alma hacía mucho. Pero ahora tenía el cuerpo de Rin, su potencial, su sangre maldita. Lo usaría como palanca. Como amenaza.

No sabía que Isabelle ya había firmado su sentencia.

Los Hamptons. Mansión de Isabelle. Atardecer.

Marcus Vex vestía el miedo como una prenda. Sus ojos no pestañeaban. Isabelle le ofreció un trago, pero él se negó.

—No bebo veneno —dijo.

—Entonces no bebas nada en esta casa —respondió ella, sin sonreír.

La conversación fue una danza de amenazas veladas. Isabelle fingía ceder. Marcus fingía creerle. Ambos sabían que al final solo uno quedaría vivo.

—La niña llegará mañana. Haz lo necesario —ordenó Marcus.

Isabelle lo miró como si estuviera ya muerto.

—Nadie toca mi herencia.Y desde que se de ella las cosas a veces no salen tan perfectas

Cuando se marchó, Isabelle llamó al sicario. Su voz no tembló.

—La bala en la cabeza. Nada más. No la toques.

El asesino rio del otro lado.

—Como quieras, princesa.

Club Privado. Manhattan. Medianoche.

Diego Alejandro Vargas no era un hombre. Era un arma disfrazada de millonario. Sentado entre modelos rusas y traficantes de armas, bebía coñac mientras escuchaba a Isabelle.

—Necesito tu ayuda —dijo ella, mordiéndose las palabras.

—Yo no ayudo. Me aprovecho.

—Diego...

—¿Lo sabías? Que tu padre trae a esa criatura a Nueva York. La bastarda. La niña oriental.



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En el texto hay: romance amorprohibido

Editado: 02.03.2026

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