“Te observé a escondidas mientras tú solo me admiras descaradamente. Eres muy valiente, ¿no?”
—Entonces el vecino corrió detrás de mí; estaba furioso; nunca lo había visto así. ¡Juro por mi madre que nunca se me ocurrió que Emilia era su hija! —contaba Charlie de manera efusiva.
Ambos llevaban un rato contando experiencias, y en eso a Charlie se le ocurrió hablarle sobre la vez que le terminó a una chica que resultó ser la hija del vecino. Era una anécdota interesante y muy graciosa.
—Debiste ser muy rápido si el hombre era atleta.
—Puff… ¡Ni te imaginas! Fue la primera de muchas maratones.
— ¿La primera? —Le observó anonadada. —Debes de tener muchas agallas para seguir intentando enfurecer a los padres.
Iba a responder cuando alguien se incluyó en la conversación.
— ¡Ja! Ni te imaginas, este bobo puede parecer una vara andante, pero puede ir más rápido que una patrulla de policías —dijo Mark, mientras tomaba asiento al lado de Dana.
—Y tenías que aparecer… —susurró Charles.
No estaba incómoda con la presencia del infiltrado en la mesa, y a su acompañante no le hacía mucha gracia, así que tomó papeles ante la repentina ocurrencia.
—Eh… bueno, tengo que ir caminando a mi siguiente clase. ¡A-Adiós, chicos! —anunció mientras recogía desesperadamente sus cosas de la mesa y se esfumaba.
No quería tratar con dos polos que no se llevaban, aunque ese sería el menor de sus problemas; no quería verse en medio de una guerra. A lo lejos pudo oír a ambos individuos ladrando como perros, pero no le importó; siguió su camino a pesar de la pequeña chispa que la instaba a caer en la tentación y volver.
***
Era su última clase del día.
Faltaban algunos minutos para que el profesor Meléndez terminase la clase, y así ella pudiera ir a su departamento a terminar los deberes.
Jamás había tenido problemas para prestar atención a los profesores, pero por más que trataba de estar atenta, más se distraía con cualquier cosa que estuviese delante de sus ojos. Al estar cerca de Mark, había quedado un poco aturdida; le intrigaba la relación que mantenía este con Charles, aunque no había que ser muy inteligente para darse cuenta de que se llevaban peor que los perros y los gatos.
De repente, el constante sonido de algo golpeando en el ventanal, que abarca la parte izquierda del salón, llamó la atención de sus compañeros y su profesor, incluyéndola. Para su desgracia, había empezado a llover de una manera muy pugnaz.
Suspiró y observó el incontrolable fenómeno que no le permitiría llegar a tiempo a su hogar. Aunque tenía la opción de escribirle a Aida, su mejor amiga, para que la llevase a su casa, no quería abusar de su alma tan hospitalaria; ella siempre acudía a ayudar a todo aquel que le necesitara, y últimamente sentía que estaba siendo una carga para ella al pedirle que le ayudara con un álbum para su clase de fotografía.
Quizás debía empezar a ser más independiente de su amiga y comenzar a hacer cosas ella sola.
***
Por fin había terminado su última clase del día.
Ya quería llegar a su departamento; estaba ansiosa por hacerlo, pero la tormenta que se desarrollaba a las afueras de la universidad no había parado y estaba segura de que daba para rato.
Si quería llegar a su hogar antes de que el transporte dejase de pasar, tenía que correr medio estacionamiento, porque el camino más seguro era muy largo, y así, le tocaría calarse el iracundo temporal. Pero tenía un problema: ese era que había dejado la sombrilla en su casa, y aunque no le importase mojarse, traía un material para su álbum que no podía mojarse y, desgraciadamente, no entraba en su bolso.
Suspiró.
Debía hallar una manera de que el material llegara sano y a salvo a su casa.
Estaba concentrada planeando posibles rutas que le dejarían tiempo para agarrar el último autobús y la mantendrían protegida de la lluvia, cuando su celular vibró en su bolsillo.
Enseguida lo tomó y vio un mensaje de su mamá.
“Hola, pequeña calabaza, ¿ya saliste de clases?”
Sonrió al leer el apodo cariñoso que le había puesto su madre, gracias a su escandaloso cabello naranja, producto de un ansiado cambio de look que tuvo a los diecinueve.
No tardó mucho en responder.
“Sí, mamá, estoy de camino a mi departamento, ¿por qué la pregunta?”
Le extrañó mucho que su madre le preguntara si había salido de clases, cuando ella sabía sus horarios, porque, a pesar de que vivieran en ciudades diferentes, ella nunca dejaba de estar pendiente de su pequeña hija.
Se tomó su tiempo, pero le contestó.
“Tu hermano me escribió preguntándome a qué hora salías; me dijo que había una terrible tormenta y que iba a pasar por ti. Está muy preocupado.”
Sonrió y le escribió rápidamente.
“Dile que sí tiene mi número porque no me llamó, y que estoy cruzando el departamento de humanidades, que me espere en el de medicina que estoy por llegar allá…”
Le mandó la respuesta y su madre no tardó en escribirle que su hermano la esperaría y que tuviera mucho cuidado de no agarrar una gripe.
Guardó su celular y se enfocó en correr al departamento de medicina; no debía arriesgarse a que su hermano la dejase a la deriva.
Cuando llegó, se encontró con su hermano parado en la lluvia con una sombrilla mirando distraído el cielo, como si él estuviese solo.
Al ver que él no se percató de su presencia, le gritó.
— ¡Valentín! ¡Vuelve a la tierra, Valentín! —En eso el castaño volteó a verla y sonrió apenado.

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Editado: 26.07.2026