Lion.
La ansiedad me ha acaparado por completo.
Me cuesta controlar la euforia que ha invadido mi interior. No sé cómo logré contenerme estando con Lilo, pero ahora ya no puedo soportarlo.
Me ví obligado a decirle que tenía que atender algo en San Reyes, el bar del que también soy dueño ahora. No quería dejarla. No quería alejarme de ella, no después de lo que había ocurrido esta noche, no después... de haberla besado y de haberle confesado tanta mierda.
Pero no tuve opción...
Después de la llamada de Reynolds... me sentí extraño. Abrumado por demasiados sentimientos al mismo tiempo. No podía esperar.
No... puedo.
Pensar en algo relacionado con ese bastardo me vuelve loco. Me arrastra de nuevo hacia toda esa oscuridad, hacia el dolor y la ira que creí haber dejado atrás. No puedo olvidarme de esto. Tampoco quiero hacerlo, porque joderle la vida es mi principal propósito ahora. Es precisamente por eso que decidí levantarme de toda aquella mierda.
No puedo ignorarlo.
No puedo olvidarme de por qué decidí poner en marcha todo este maldito desastre.
No quería dejar a Lilo en ese hospital. Ella decidió quedarse hasta recibir noticias sobre la madre de su amiga. Yo quería... quedarme con ella un poco más, permanecer a su lado hasta que decidiera marcharse, pero la llamada de mi guardaespaldas me tomó desprevenido. Rápidamente me puso en alerta.
Después de tanta investigación exhaustiva, por fin habíamos conseguido algo realmente importante.
El maldito sobrino de Arthur Watters estaba en nuestras manos.
Al fin...
Le daría su merecido.
El camino que recorro por aquel oscuro y recóndito lugar, ubicado dentro de un viejo casino, está invadido por un silencio sepulcral.
Dentro de mí, en cambio, se desata una horrible revolución.
De pronto, solo me dejo llevar por oscuros deseos. Me descubro imaginando el rostro de sufrimiento de ese maldito, esperando el momento de verlo pagar por todo lo que ha hecho.
Los hombres que me acompañan se mantienen serios, igual que yo. Después de guiarme por otro pestilente corredor, nos adentramos en una habitación apenas iluminada por una bombilla que cuelga del techo.
Douglas, Vincent y Charly son los hombres con los que me encuentro allí, y, al fondo del lugar, está Polanski, atado de pies y manos. En su asqueroso rostro de adicto hay varios moretones, pero verlos no me provoca más que satisfacción.
Cuando trabajé con Arthur, no llegué a involucrarme demasiado con él. Sin embargo, era consciente de que Polanski era uno de sus guerrilleros. Uno de los mejores. Uno de los más despiadados. Por eso me sorprende un poco que hayan podido dar con él.
Es relevante. Mucho.
Ha sido él quien se ha mantenido pegado a Arthur desde entonces. El que ha estado más cerca de él y, por lo que Frank me contó sobre lo ocurrido cuando esos malditos decidieron tenderles una trampa a Lilo y a Jann... fue él quien lo planeó.
Él descubrió a RJ.
Él lo torturó.
Por eso, esta vez... no tendré piedad con él.
Esta vez aprovecharé cada segundo que tenga para cobrarle todas las que me debe.
Me detengo frente a él.
Douglas y Charly se colocan a mis costados y esperan mi orden.
—¿Quieres que lo desatemos?
—Todo a su tiempo. Los juegos hay que dejarlos para más tarde —respondo sin despegar la vista del maldito que tengo frente a mí.
Qué pose tan patética, qué decepción de guerrillero, pero supongo que esto es lo que queda de ellos cuando cometen este tipo de errores. Cuando se confían demasiado y creen que tienen al diablo bajo control, sin imaginar que algún día este regresará para cobrarles todas las que han hecho en su nombre.
—Aún tengo algunas dudas y estoy seguro de que el caballero será tan amable de resolverlas.
—Pierde tu maldito tiempo en torturarme, Bennett, porque de mi boca no obtendrás ninguna maldita palabra acerca de él.—Responde y tengo que contar hasta cien para no lanzarme encima de él.
Después levanta hacia mí sus horribles ojos de adicto. Están hundidos, rodeados de profundas ojeras, pero aun así me miran con rabia.
—No la tendrás tan fácil, maldito traidor.
Suelto una risa.
Después me pongo en cuclillas para quedar a su altura, ya que continúa sentado en el suelo, o más bien tirado y recostado contra la pared.
—Me alegra escuchar eso, porque las cosas fáciles me aburren.
Lo veo apretar la mandíbula.
—Será como desees, pero no saldrás de este mundo hasta que me digas dónde demonios se encuentra el cerdo al que has seguido sirviendo.
Lo escucho reír.
—Hay demasiada confianza en ti ahora, Bennett. Ya no luces como ese chiquillo inseguro que alguna vez también le sirvió a ese cerdo.
—Tienes razón. Aprendí demasiado siendo su perro, pero no todo el mérito se lo lleva él. También se lo debo al oficio de mierda que he ejercido desde siempre dentro de un mundo de miseria. Un oficio que, te aseguro, convirtió a este supuesto "maldito traidor" en alguien despiadado. Y alguien que será capaz de ir por el resto de tu maldita gente si no hablas de una jodida vez.
Por un instante parece afectado, incluso temeroso, pero el gesto le dura poco. De inmediato recupera esa postura fría y firme.
—Haré con tu esposa lo mismo que le hicieron a Jannine si no dices nada que me resulte relevante. Así que ten cuidado con lo siguiente que salga de tu asquerosa boca, porque estoy a punto de contarte las palabras. Y si ninguna de ellas me da un dato relevante durante los próximos minutos... entonces no dudaré en ir yo mismo por su cabeza para traerla después aquí.
Su rostro se desencaja, quizá por la ira... quizá por el miedo.
No quiero que me obligue a hacer lo que acabo de prometerle. No quiero involucrarme con mujeres. Mucho menos con su jodida esposa.
Sigue siendo una de mis reglas...
Sin embargo... si consigue hacerme perder la paciencia, estoy seguro de que también perderé el control sobre mis acciones, y ahora mismo necesito desquitar toda esta mierda que llevo dentro. Necesito hacerlo después de volver a encontrarme con su miserable rostro.
Editado: 27.09.2026