Nueve minutos y contando he mantenido la meditación; ahora que la domino mejor puedo hacerlo mientras estoy levitando sobre mi cama.
Claro, apenas pude despegarme del suelo pero es un buen comienzo.
Unos segundos más y abría llegado a los diez minutos si no fuera por mi padre embistiendo la puerta.
—Danny, lo siento, estaba en el laboratorio cuando no había notado que el detector de fantasmas Phantom había mandado una señal justo allí donde estás sentado.—
Estaba más que asustado, tal vez logró verme burlando a la gravedad.
No dije nada. Mis nervios delataron que ocultaba algo.
—Ah, Danny, lo siento nuevamente, yo... Debí haber llamado a la puerta en primer lugar y no te avergüences es normal a tu edad aún que no tendré esta plática contigo. Lo aprenderás por tu cuenta.—
Papá cerró la puerta con pena y discreción.
Preferiría decirle que estaba flotando porque soy un fantasma, a dejarlo creer que estaba haciendo algo que nunca podría explicarle.
Esa noche en la alberca del gimnasio, flotaba sobre el agua formando un remolino sincronizado con mi respiración.
Sam me observa con detenimiento.
Abrí los ojos Sam se acercó con las manos cruzadas detrás de ella.
—Intenta golpearme...— Dijo retando.
Dudé pero esto era parte de su entrenamiento, ¿Golpearla era buena idea?
Y solo ella reía a cada segundo de mi decidía.
— Estaré bien Danny, no podrás tocarme.— Había seguridad y calma en su decreto.
Solo quedaba intentarlo, total, ella puede volverse intangible.
Intenté golpearla, aún que no acerté ningún golpe. Había demostrado que ni las manos podía meter en un conflicto real.
—Ah Danny, no te quedes rígido con cada golpe, intenta usar toda la fuerza de tu cuerpo, tanto tu cadera como tus piernas tiene que apoyarte, para que no solo golpees, si no puedas empujar con el mismo.—
Estaba a punto de acertar pero ella detuvo mi puño con su palma y reacomodo mi postura y me enseñó tal cual la trayectoria de un golpe certero.
—¿Dónde aprendiste a pelear Sam?— Pregunté sorprendido.
—Padres sobreprotectores, clases de ballet y distintas artes marciales.— Todo esto mientras aplastaba los huesos de mi puño.
Ni siquiera me molestó que me hiciera una llave y me arrojara al fondo de la alberca.
Mientras iba al fondo, entendí algo: si quería sobrevivir a lo que venía, primero tenía que aprender a perder el miedo al contacto real.
Ahora garantizo ser más fuerte que antes, supongo que es hora de entrar en el portal.
—Muy bien, traigo doce baguette de jamón y queso, dos paquetes de galletas y tres juegos.—
—Traigo una bolsa de papas, y los pastelitos de avena que hizo Jazz.— Le dije a Tucker.
—Vamos chicos, no estaremos atrapados toda la vida allí dentro.— Nos grita Sam. Estaba más que claro que ella estaba más segura de si.
—¿Y tú que llevas Sam?— Pregunta Tucker, desafiante.
—Un par de planos vacíos, vinculares y una linterna para iluminar la zona fantasma.—
Tenía suficiente de ambos.
Logré evadir cada cosa rutinaria de mi vida en "piloto automático" hasta que el portal lo hiciera por mí.
Ninguno es experto en el tema y lo único que se de la zona fantasma es que esa cosa viene de allí.
—Creo que todo está listo. Puse el cronómetro para tres horas.— Dijo Sam ahora con temor en sus palabras.
—Tengo la esperanza de que esa cosa sonará en quince minutos.— Comenté sin saber cómo podría funcionar el tiempo allí dentro, lo pensamos demasiado.
Seguir con vida cuando suene la alarma era una prioridad.
El portal abrió sus compuertas envuelto en un ruidometálico.
El sonido fue devorado de inmediato por algo más grande, más profundo.
Una brisa húmeda se coló en el laboratorio justo cuando los tres dimos el paso al otro lado de la Zona Fantasma.
La oscuridad no era total: un manto verdoso se extendía hasta donde la vista dejaba de existir. No había suelo, tampoco cielo. Yo no volaba… era la propia zona la que nos sostenía, como si flotáramos dentro de un abismo consciente de nuestra presencia.
Sentí frío. No en la piel, sino en el pecho.
—Tomaré fotos… no se vayan a alejar —dijo Sam, y su voz tembló apenas lo suficiente como para delatarla.
—Vamos, ¡me estoy congelando! —protestó Tucker. La gravedad parecía jugar con él, empujándolo y soltándolo a capricho.
No había nada anormal en nosotros, éramos nosotros los anormales allí.
Puertas púrpuras emergieron de la nada, flotando sin marco ni paredes. Asteroides cruzaban el vacío; algunos pasaban de largo, otros ejercían una atracción obligándonos a corregir el rumbo con movimientos torpes.
Entonces los escuché... Ecos, lamentos.
Susurros que no parecían dirigidos a nadie… y aun así me atravesaban.
Sam y Tucker también los escuchaban. Lo supe por sus miradas. Intentar comprender lo que veíamos solo hacía más difícil pensar. No había forma de traducir aquello en palabras, mucho menos en un informe escolar. Solo colores, miedo y una certeza incómoda: no pertenecíamos a este lugar.
No voy a mentir. Estaba atónito.
Y entonces ocurrió de nuevo.
Una tormenta de arena pantanosa se levantó sin aviso. Nos envolvió como una marea espesa, sofocante. En el mismo instante, mi cuerpo dejó de responder.
.
Tucker y Sam se quedaron rígidos, pálidos. El pánico era evidente. Aquí dentro, morir dejó de ser una idea lejana.
—¡Maldita sea, no puedo moverme! —gritó Sam.
Mi calma se rompió en pedazos.
Si ella gritaba, era porque el control había desaparecido por completo.
No había dónde correr.
Solo nosotros… y lo que pudiéramos hacer.
—¡Es eso! —grité—. ¡Rápido, usen sus poderes! ¡Envuélvanse en su propia energía! Fue inútil.
Algo enorme se movió bajo la tormenta.
Demasiado rápido.
Tucker fue arrancado de nuestra vista. Una escolopendra gigante emergió de la arena y lo devoró sin esfuerzo. Mi respiración se cortó. Sam alcanzó a ver su reflejo distorsionado en uno de los ojos del insecto… y se desmayó.