Lenash llegó al Salón Aurora a las 7:03 de la mañana. Tres minutos tarde. Lo había calculado.
Era una pequeña rebelión, un acto de resistencia pacífica contra el Diablo. Pero al empujar la puerta descubrió que su estrategia tenía un fallo evidente: Yoel Marchetti ya estaba allí, estirando junto al ventanal, con la luz del amanecer recortándole la silueta como en un anuncio de perfume caro. Ni siquiera la miró.
—Tres minutos —dijo, mirando el reloj de la pared—. Qué puntualidad tan creativa.
—Tráfico.
—Vives a diez calles de aquí. Lo comprobé en tu ficha.
—¿Has investigado mi ficha?
—Me gusta saber con qué trabajo.
—Con una bailarina, no con un expediente —replicó ella, soltando el bolso en un rincón—. Y para que lo sepas, hoy he madrugado más que tú.
—Llevo aquí desde las seis.
Lenash abrió la boca, la cerró y empezó a calentar con una dignidad tremenda. Maldita sea. Había perdido la primera batalla del día antes de quitarse la chaqueta.
Estiraron en silencio, cada uno en una punta del salón, como dos gatos que comparten un tejado y fingen que el otro no existe. Lenash se concentró en sus gemelos, en sus hombros, en cualquier cosa que no fuera el reflejo de Yoel en el espejo, que hacía un split perfecto con la misma facilidad con la que otros cruzan las piernas en una silla.
Qué hombre tan irritante.
—Bien —dijo él por fin, incorporándose—. Vamos a empezar por lo básico. Quiero ver cómo te mueves conmigo. Un vals lento, sin acrobacias. Solo ritmo y conexión.
—¿Conexión?
—Que nos movamos como si fuéramos una sola persona.
—Entonces estamos en problemas. Una de las dos personas es tú.
Yoel cerró los ojos un segundo, como quien cuenta hasta diez.
—Dame la mano.
—¿Perdón?
—La mano, Lenash. Es un baile de pareja. Se supone que hay que tocarse.
Era la primera vez que decía su nombre. Sonó raro. Sonó demasiado bien, dicho con esa voz grave y pausada, y ella se enfadó por haberlo notado.
Le tendió la mano como quien entrega un documento legal. Él la tomó con firmeza, colocó la otra en su espalda, a la altura exacta de la cintura, y de pronto el salón entero pareció encogerse varios metros.
—No me mires los pies —murmuró él.
—No te miraba los pies.
—Sí lo hacías.
—Los miraba por seguridad.
—Mírame a mí.
—Preferiría los pies.
—Lenash.
Alzó la vista. Error. Los ojos de Yoel estaban demasiado cerca, oscuros, serios, con una concentración casi molesta. Ahora entendía por qué ganaba campeonatos: no era solo técnica, era una intensidad capaz de convencer a un jurado de que el mundo se detenía cuando él decidía moverse.
Yoel pulsó el botón del equipo de música con el pulgar. Sonó un vals suave, de piano, melancólico.
—Uno, dos, tres —contó él—. Uno, dos, tres.
Lenash dio un paso. Él dio otro. Ella se adelantó. Él retrocedió. Ella giró un poco antes de tiempo. Él la corrigió con un empujoncito. Ella pisó. Él gimió con discreta agonía.
—Eso ha sido mi pie.
—Lo sé. Estaba en mi camino.
—Estaba en *mi* sitio. Es el que uso para sostenerme.
—Pues muévelo.
—¡Estoy bailando contigo, no jugando al ajedrez!
—¡Pues baila!
—¡Eso hago!
—¡Hasta ahora lo has hecho fatal!
—¡Y tú has sido el compañero más rígido del universo!
—¡Rígido no, preciso!
—¡Eso, eso es lo que dicen los robots!
Se separaron respirando agitados, con los puños cerrados y el vals todavía sonando, ajeno al conflicto. Un piano apacible acompañando una guerra civil.
Yoel apagó la música con un golpe seco.
—Otra vez.
—No.
—Otra vez.
—Que no.
—Otra vez, o le digo a Ferrán que no colaboras.
Lenash lo miró con odio puro, de ese que da vitalidad.
—Eres un chantajista.
—Soy un profesional.
—Eres un diablo.
—Ya lo has dicho. Y me estoy empezando a acostumbrar.
Volvieron a empezar.
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A las nueve y media, después de repetir el mismo vals más de veinte veces, la escena era patética. Lenash tenía el pelo pegado a la frente, los pies doloridos y un orgullo en llamas. Yoel se apoyaba en la barra con los brazos cruzados, evaluándola como quien evalúa una pieza defectuosa que no ha pedido pero tiene que reparar.
—¿Puedo decirte una cosa? —preguntó él.
—No.
—Bailas con los hombros.
—¿Y?
—Que se supone que el vals se baila con el centro. Con el torso. Tú te mueves desde los hombros como si fuera una pelea de boxeo.
—Bailo con el corazón.
—Se nota. Está demasiado cerca del hombro y se te cae.
Lenash cogió una toalla y se la lanzó a la cara. Él la atrapó con un reflejo asombroso, sin parpadear.
—Esto ha sido agresión física.
—Esto ha sido una *sugerencia*.
—Si quieres sugerencias, te sugiero que...
La puerta se abrió con un chirrido. Entró Maribel, con un termo de café en cada mano y una sonrisa de pura curiosidad.
—Buenos días, tortolitos.
—No somos tortolitos —dijeron los dos al mismo tiempo.
—Qué sincronía —observó Maribel—. Ya tenéis algo en común. Os traigo café, por si acaso estáis a punto de mataros.
—Gracias —dijo Lenash, aceptando el vaso como quien recibe un salvavidas—. ¿Cómo está Rafa?
—Mejor. Dice que está leyendo muchas novelas de romance en el hospital, a ver si aprende algo. Y que Valeria le ha pedido consejos de cómo sobrevivir al Diablo.
—¿Al Diablo? —repitió Yoel.
Maribel se atragantó con el café.
—Eh... no, me refiero a... al maestro Orlov.
—Lenash —dijo Yoel despacio, girando la cabeza—, ¿has estado difundiendo apodos?
—Yo no he difundido nada. Solo lo he mencionado en un único mensaje a mi amiga Dani.
—Y Dani se lo ha dicho a alguien.
—Yo no puedo controlar a Dani.
—La academia entera me llama «el Diablo» desde esta mañana.
—Bueno, hay gente muy creativa.
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Editado: 08.10.2026