Danzando con el Diablo

Capítulo 3: La elevación

La directora Ferrán les había dado dos semanas para demostrar progreso. Lenash lo recordaba cada mañana al despertar, con el mismo entusiasmo con el que uno recuerda que tiene cita con el dentista.

Al décimo día, el progreso consistía en lo siguiente: ya no se pisaban en el vals, habían dejado de gritarse durante el tango y habían conseguido terminar la secuencia lenta sin que nadie amenazara con renunciar. Para dos personas que se habían odiado desde el primer minuto, era casi un milagro.

Lo único que seguía sin funcionar era la elevación.

—Otra vez —dijo Yoel.

—Llevamos cuarenta veces.

—Cuarenta y una. Otra vez.

Lenash se quitó el pelo de la cara, soltó un resoplido y volvió a tomar posición. Detrás de ellos, cubriendo medio salón, habían puesto cuatro colchonetas azules que el maestro Orlov había mandado traer con un comentario poco tranquilizador: «Por si acaso». Lenash había preguntado por qué acaso. Orlov había respondido que, en su larga carrera, había visto elevaciones salir mal de formas que no le gustaría describir a una persona que debía lanzarse al aire.

Se lo describió igualmente.

—Cuenta —ordenó Yoel—. Cinco, seis, siete, ocho. En el ocho saltas. Yo te recojo por la cintura y te subo sobre mi hombro. Tú abres el cuerpo. Brazos largos, piernas firmes. No dudes.

—No dudo.

—Tienes los ojos cerrados.

—Los cierro para concentrarme.

—Los cierras porque tienes miedo.

—Los cierro por estrategia.

Yoel suspiró con la paciencia de un santo sometido a una prueba divina.

—Lenash. Mírame.

Ella abrió un ojo. Luego el otro.

—Si te caes, te sostengo. Si fallo, caes sobre la colchoneta. Y si caes sobre la colchoneta, nadie se muere. ¿Entendido?

—Dicho así suena casi reconfortante.

—Es mi tono natural.

—Es terrible.

—Gracias. Cinco, seis, siete, ocho.

Saltó.

Fue un salto honesto, de los de «voy con todo», pero Yoel llegó medio segundo tarde. Sus manos le agarraron la cintura cuando ella ya empezaba a descender, y en lugar de subir con elegancia, Lenash terminó doblada sobre su hombro como un saco de patatas, con la cabeza colgando hacia atrás y la coleta barriéndole la espalda.

—Esto —dijo ella, mirando el suelo desde una perspectiva inédita— no es la elevación.

—No.

—¿Qué es?

—Un secuestro.

—Me gustaría bajar, por favor.

—Con gusto.

La dejó caer con delicadeza sobre la colchoneta. Lenash se quedó tumbada, mirando el techo, con una pierna en alto y los brazos en cruz.

—Me rindo.

—No puedes rendirte.

—Acabo de hacerlo.

—Levántate.

—No me apetece.

—Lenash.

—Estoy descansando mi alma.

Yoel se arrodilló a su lado. Ella esperaba otra orden, otro «otra vez», otra corrección con tono de bisturí. Pero él se limitó a observarla, con los codos sobre las rodillas y una expresión extraña, casi contenida.

—Falla en mí —dijo por fin.

—¿Cómo?

—El error. No es tuyo. Llego tarde al ocho porque pienso demasiado. Estoy esperando que saltes mal y me adelanto a corregirte, y eso me retrasa. —Se pasó la mano por el pelo, frustrado—. Tengo que dejar de calcular.

Lenash se incorporó sobre los codos.

—¿Tú? ¿Admitiendo un error?

—Estoy tan sorprendido como tú.

—Quiero grabar esto.

—Ni se te ocurra.

—Es un momento histórico.

—Es un momento breve. —Se puso de pie y le tendió la mano—. Otra vez.

Ella aceptó la mano. Tiró de ella para levantarse y, ya de pie, tardó un segundo de más en soltarla. Él tampoco hizo nada por apartarse.

Y entonces sonó la puerta.

---

Entraron dos personas, y el ambiente del salón cambió como cuando se abre una ventana en pleno invierno.

La primera era una chica alta, de piernas interminables, melena castaña perfectamente ondulada y un maquillaje tan sutil que parecía natural pero que sin duda tenía un equipo detrás. Se llamaba Camila Roig, y Lenash la reconoció de inmediato porque había visto su foto en la pared del vestíbulo: campeona juvenil de tango, segunda pareja de la academia, sonrisa de comercial de dentífrico.

El segundo era Bruno Ibarra, su compañero. Corpulento, rubio, con hoyuelos y una seguridad en sí mismo que rozaba el delito.

—Vaya, vaya —dijo Camila, con una voz dulce como miel envenenada—. ¿Los famosos recién emparejados? Qué ilusión verlos ensayar.

—Qué ilusión —repitió Bruno.

—Camila —dijo Yoel con un asentimiento neutro.

—Yoel, cariño. Te noto más delgado. ¿Estás comiendo bien? ¿O la nueva te tiene muy ocupado?

—La nueva se llama Lenash —intervino Lenash, dando un paso adelante—. Y sabe hablar por sí misma.

Camila le dedicó una sonrisa que habría derretido a un ejército.

—Claro, perdona. Lenash. Un nombre tan... original. ¿Es de tu pueblo?

—Es de mi abuela.

—Qué entrañable. —Camila giró hacia Yoel con un movimiento de cabeza muy estudiado—. Bruno y yo veníamos a ofrecerte ayuda. Sabemos que has tenido unos días complicados. Si quieres, puedes ensayar con nosotros un par de tardes. A Bruno le encantaría compartir su técnica.

—Me encantaría —confirmó Bruno, flexionando un bíceps con discreción.

Lenash los miró con las cejas altísimas. Eran dos personas hablando en un código social que solo ella parecía no entender.

—Gracias, no hace falta —respondió Yoel con tono helado.

—Insisto.

—Yo también.

—Es que me preocupa que, dadas las circunstancias... —Camila dejó la frase flotando, mirando de reojo a Lenash—. Ya sabes. El campeonato es importante. Y a veces, cuando el nivel entre los compañeros no es parejo...

—Camila —dijo Yoel, y ahora su voz era baja y cortante—. Si tienes algo que decir sobre mi pareja, dilo.

—No es nada personal, cariño.

—Entonces no lo digas.

El silencio fue tenso, pesado, de esos que hacen que hasta los espejos parezcan aguantar la respiración. Lenash, que hasta entonces se había limitado a observar, sintió un calor extraño subirle por el pecho. No era enfado. Era algo más complicado: la sorpresa de que alguien la estuviera defendiendo, y la irritación de que ese alguien fuera, precisamente, él.




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