Danzando con el Diablo

Capítulo 4: Lo que no se ve en el espejo

Las seis menos cuarto de la mañana tienen algo de injusto. El cielo todavía es de un azul sucio, las calles huelen a pan recién hecho y a persianas que se levantan, y a Lenash le dolían músculos que ni siquiera sabía que existían.

Aun así, llegó a la academia a las 5:41. Estaba orgullosa. Y cuando empujó la puerta del Salón Aurora, Yoel ya estaba allí.

Pero esta vez no estaba estirando. Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra el espejo, las rodillas dobladas y el móvil entre las manos. Lo miraba fijamente, sin tocar la pantalla, con una expresión que Lenash no le había visto nunca: cansada, casi vulnerable.

—Buenos días —dijo ella.

Yoel guardó el teléfono en el bolsillo tan rápido que casi se le cayó.

—Llegas a las 5:41.

—Lo sé. Me siento gloriosa.

—No es una competición.

—Es una competición. Y la he ganado.

—Llevo aquí desde las cinco.

Lenash cerró los ojos un segundo.

—No es posible.

—Es posible.

—¿Es que no duermes?

—Muy poco.

—Eso explica tu humor.

Para su sorpresa, Yoel soltó una risa breve por la nariz. Se levantó con un movimiento ágil y se sacudió el pantalón.

—¿Café? —preguntó.

—¿Tú sabes hacer café?

—Sé usar la cafetera de la sala de profesores. Y tengo la clave de acceso.

—¿Cómo la conseguiste?

—Hay secretos que un Diablo no revela.

Ella sonrió, sin poder evitarlo.

---

La sala de profesores estaba vacía y olía a madera y a café quemado de días anteriores. Yoel preparó dos tazas con la precisión de un cirujano y le tendió una a Lenash, que se había sentado sobre una mesa con los pies colgando como una niña.

—Azúcar —dijo él—. Dos cucharadas, ¿verdad?

—¿Cómo sabes lo de las dos cucharadas?

—Te vi echarlas ayer en el vaso de Maribel.

—Qué observador.

—Es parte del trabajo.

—¿Bailar? ¿O espiarme?

—Las dos cosas se parecen más de lo que crees.

Lenash dio un sorbo. Estaba amargo y delicioso. Por la ventana entraba la primera luz del día, y el silencio de la academia vacía tenía algo íntimo, casi irreal, como si el mundo todavía no hubiera empezado a exigirles nada.

—Oye —dijo ella, de repente—. Llevamos casi tres semanas juntos y no sé nada de ti.

—Sabes que soy el mejor bailarín de la academia.

—Eso lo sabe todo el mundo. Lo dice tu foto, tu placa y tu ego.

—Mi ego no habla.

—Grita.

Yoel apoyó la cadera en la encimera y removió su café despacio.

—¿Qué quieres saber?

—No sé. ¿De dónde eres? ¿Tienes familia? ¿Tienes un hámster?

—No tengo hámster.

—¿Tienes algo vivo?

—Una planta.

—¿Cómo se llama?

Hubo una pausa.

—Se llama Marchetti Junior.

Lenash estuvo a punto de escupir el café.

—¿Has bautizado a una planta con tu apellido?

—Es mi planta.

—¡Es lo más triste y lo más gracioso que he oído en mi vida!

—No es triste. Es una planta muy bien cuidada.

—¿Y cómo está?

—Floreciendo.

—Pues claro. Con un dueño tan perfeccionista, le habrás medido hasta la fotosíntesis.

Yoel apartó la mirada con una media sonrisa. Y entonces, sin que ella lo esperase, respondió de verdad:

—Nací en una ciudad pequeña, a seis horas de aquí. Mi padre es Aurelio Marchetti.

Lenash frunció el ceño.

—¿El Aurelio Marchetti? ¿El bailarín de los años noventa? ¿El de los posters?

—El mismo.

—Pero... eso es enorme. ¡Mi abuela tiene una de sus cintas de vídeo!

—Lo sé. Muchas abuelas las tienen.

Lo dijo con una ligereza fingida, pero ella notó que algo se tensaba en su mandíbula.

—Mi padre fue campeón durante diez años seguidos —continuó Yoel—. Después se retiró y abrió una escuela. Y cuando yo tenía ocho años, me puso en la pista por primera vez.

—¿Ocho?

—Cuatro horas de entrenamiento al día, antes y después del colegio. Sin excepciones.

—¿Te gustaba?

La pregunta pareció sorprenderlo. Tardó en responder.

—Al principio, sí. Me encantaba. Había una sensación... —Hizo un gesto vago con la mano—. Cuando bailaba bien, mi padre me miraba. Me miraba de verdad. El resto del tiempo estaba ocupado, o cansado, o ausente. Pero cuando bailaba bien, existía.

Lenash dejó la taza sobre la mesa muy despacio.

—Y cuando bailabas mal...

—Entonces corregía. Una y otra vez. Hasta que salía perfecto.

—Por eso eres perfeccionista.

—Por eso soy lo que soy.

Lo dijo sin dramatismo, con la naturalidad de quien ha tenido años para aprender a decirlo sin que se note el peso.

—¿Y tu madre?

—Se fue cuando yo tenía doce. Vive en otro país. Hablamos por Navidad. —Encogió un hombro—. No fue una mala persona. Solo no soportaba esa casa. Yo tampoco, a veces.

—Yoel...

—No te lo cuento para que sientas pena.

—No siento pena —dijo ella con firmeza—. Siento rabia. Contra ese hombre que no sabe mirar a su hijo si no está haciendo un giro perfecto.

Yoel la miró. Algo se movió en su cara, algo suave, como una puerta que se entreabre en una casa que lleva años cerrada.

—Gracias —dijo, casi sin voz.

—De nada.

—Ahora tú.

—¿Yo?

—Es justo. Te toca.

Lenash infló las mejillas y soltó el aire despacio.

—Vale. Prepárate para una historia mucho menos glamurosa.

---

—Nací en un barrio donde el autobús pasaba cuando le daba la gana —empezó—. Mi madre tiene una panadería. Se levanta a las tres de la mañana desde que yo tengo memoria. Mi padre... bueno, mi padre tuvo un sueño.

—¿Qué sueño?

—Ser cantante. Se fue cuando yo tenía seis para perseguirlo. Todavía lo está persiguiendo. Debe de ir muy rápido, porque nunca lo ha alcanzado.

Yoel soltó una risita involuntaria y enseguida se llevó una mano a la boca.

—Perdona.

—No pasa nada. Es gracioso. Lo he decidido así. Si no, lloraría.

—Y tu abuela.

—Mi abuela es lo mejor que me ha pasado. Se llama Nasira, y por eso yo me llamo Lenash. Es un nombre de su pueblo, de allí donde nació, que dice que significa «la que no se rinde».




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