Danzando con el Diablo

Capítulo 5: La exhibición

El día de la exhibición amaneció con una lluvia absurdamente dramática, de esas que parecen enviadas por un guionista con ganas de molestar.

Lenash se despertó a las cinco con la sensación de haber dormido dentro de una lavadora. Se sentó en la cama, miró el techo y recitó en voz alta lo único que podía tranquilizarla:

—Soy la que no se rinde. Soy la que no se rinde. Soy la que no se rinde y, además, tengo hambre.

Desayunó tres tostadas, dos plátanos y un café doble. Su madre le había mandado un mensaje de madrugada, probablemente entre dos hornadas de pan: «Hoy bailas para mí. Un beso grande. P.D.: ponte la ropa interior de la suerte.» Lenash se tapó la cara con una mano. Su madre tenía una teoría muy firme sobre la ropa interior de la suerte, y no había forma de convencerla de que no era un concepto reconocido por la ciencia.

Se la puso igualmente. Por si acaso.

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A las diez de la mañana, el vestíbulo de la academia parecía un hormiguero en plena crisis. Había alumnos con trajes de lentejuelas, profesores con tablillas, jurados externos con cara de póquer y una cantidad sospechosa de pañuelos para limpiar sudor. Maribel, vestida con una camiseta que decía «EQUIPO MARCHETTI-LENASH» en letras de purpurina, la interceptó en la puerta.

—¡Por fin! ¿Estás nerviosa?

—No.

—Tienes la cara verde.

—Es el reflejo de la camiseta.

—Mi camiseta es rosa.

—Entonces es mi cara.

—Respira —dijo Maribel, agarrándola por los hombros—. Cuenta hasta cuatro. Inspira, aguanta, suelta.

Lenash obedeció. Funcionó durante tres segundos exactos, hasta que vio a Camila cruzando el vestíbulo con un vestido rojo precioso, el pelo recogido en un moño perfecto y la expresión de quien sabe que va a ganar aunque nadie haya empezado a competir.

—Ahí viene la víbora —murmuró Maribel.

—Buenos días, chicas —saludó Camila con una sonrisa que habría vendido seguros de vida—. ¡Qué nervios! ¿Verdad, Lenash? Con tan poco tiempo de preparación, imagino que estarás aterrada.

—Para nada. Estoy encantada. ¿Y tú? Vienes algo pálida.

—Es el maquillaje.

—Claro. El maquillaje.

Camila le dedicó una última mirada afilada y se alejó. Maribel suspiró.

—Qué ganas de tirarle un zapato.

—Contrólate. Es nuestro último zapato limpio.

Se rieron las dos, y en ese preciso instante Lenash notó una presencia a su espalda. No necesitó girarse. Había aprendido a reconocer a Yoel por el silencio que dejaba tras de sí, una especie de vacío elegante.

—Llegas tarde —dijo.

—Son las diez y cinco.

—La exhibición es a las seis.

—Lo sé. Pero llevo desde las cinco entrenando solo.

Ella se giró por fin. Llevaba el uniforme negro de la academia, el pelo todavía húmedo de lluvia y unas ojeras tan profundas que parecían tallarse en madera. Y aun así, algo en su cara era distinto. Más suave. Más despierto.

—¿Has dormido?

—Algo.

—Define «algo».

—Dos horas.

—Yoel.

—Soy un profesional.

—Eres un zombi con muy buen peinado.

Yoel torció la boca en una sonrisa cansada. Entonces desvió la mirada, y Lenash vio cómo su expresión se endurecía de golpe, como si alguien hubiera apagado una luz interior.

Siguió su vista hacia la entrada.

Un hombre acababa de cruzar la puerta de cristal. Era alto, de espalda recta, con el pelo canoso peinado hacia atrás y un abrigo oscuro que le sentaba como un uniforme. Caminaba como si el suelo le debiera respeto. Tenía los mismos ojos que Yoel, pero endurecidos por cuarenta años de exigencia.

No necesitó presentación. Todo el vestíbulo se detuvo un segundo, como cuando entra una celebridad en un restaurante.

Aurelio Marchetti había llegado.

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—Hijo —dijo el hombre, deteniéndose frente a ellos.

—Padre.

No se abrazaron. No se dieron la mano. Se miraron a dos metros de distancia, con la tensión de dos púgiles a punto de empezar un combate que llevaban perdiendo desde siempre.

—Recibí tu aviso —dijo Aurelio—. Tarde.

—Lo envié hace tres semanas.

—Mi secretaria lo clasificó mal. —Hizo un gesto de desdén—. He cancelado dos reuniones para venir.

—No hacía falta.

—Sí que hacía falta. Es tu primera exhibición ante un jurado oficial desde el cambio de pareja. —La mirada del hombre se desplazó, por fin, hacia Lenash—. Supongo que esta es la muchacha.

—Soy Lenash —dijo ella, tendiéndole la mano con una sonrisa que le costó un riñón—. Un placer conocerle, señor Marchetti. Mi abuela tiene una de sus cintas.

Aurelio estrechó la mano con un gesto breve, casi desganado.

—Me alegra saberlo. —Tardó un segundo en soltarla—. Dígame, señorita, ¿cuántos años lleva bailando?

—Desde los cinco. Aunque en serio, desde los quince.

—Qué tarde.

—Mejor tarde que nunca.

—No siempre. —Se volvió hacia su hijo—. Hablaremos después de la exhibición. Quiero ver cómo resuelves la elevación. Mi información dice que has tenido problemas.

—Ya no los tengo.

—Eso espero. —Miró el reloj—. Tengo una comida con la federación. Nos vemos a las seis.

Y se marchó, con la misma rapidez con la que había llegado, dejando tras de sí un silencio incómodo y un olor a colonia cara.

Lenash tardó unos segundos en recuperar la voz.

—Bueno. Encantador.

—Es peor de lo que parece —dijo Yoel, con la voz extrañamente plana.

—¿Peor? ¿Cómo se puede ser peor que *eso*?

—Hoy es de buen humor.

—Dios mío.

Se quedaron los dos mirando la puerta por donde había salido. Maribel carraspeó discretamente y se esfumó con una excusa inventada, dejándolos solos.

—Oye —dijo Lenash, bajando la voz—. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—Yoel.

—Estoy perfectamente.

—Eso no es una respuesta. Es una máscara.

Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, sus pupilas parecían más oscuras.

—Tengo miedo —confesó, en un susurro apenas audible—. No de bailar. De fallar delante de él.




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