La directora Ferrán los llevó a su despacho sin dar explicaciones, con paso rápido y la espalda tan recta que parecía llevar una regla metida bajo el uniforme. Detrás, el técnico de sonido arrastraba los pies como un condenado camino del patíbulo.
—Siéntense —ordenó.
Lenash y Yoel obedecieron. Seguían con la ropa de la exhibición, el pelo pegado a las sienes y el corazón a mil. Hacía cinco minutos eran los héroes del salón principal. Ahora parecían dos alumnos citados por una travesura que no habían cometido.
—Hernán —dijo la directora, mirando al técnico—. Repite lo que me has contado.
El hombre se retorció las manos.
—El cable de la mesa de sonido estaba cortado. Limpio, con unas tijeras o un cúter. No se rompió solo.
—¿Y quién tenía acceso a esa mesa? —preguntó Yoel.
—Yo. Los técnicos auxiliares. Y cualquiera que supiera la clave de la sala de control. —Hernán tragó saliva—. Que, por lo visto, es la fecha de fundación de la academia.
—Es decir, la sabe todo el mundo —dijo Lenash.
—Más o menos.
—Genial. Un misterio sin pistas.
La directora se sentó tras el escritorio y entrelazó los dedos.
—Lo importante es esto: el jurado ha visto cómo manejaron un fallo técnico grave sin perder la compostura. Eso, en una competición, vale más que un ejecución perfecta. Los jueces están encantados. Me han pedido que les transmita su felicitación.
Lenash sintió que le volvía el color a la cara.
—¿Entonces hemos pasado?
—Han pasado con la puntuación más alta de la exhibición. Su pareja es oficial para el campeonato regional.
Yoel soltó el aire muy despacio. Lenash cerró los ojos y se llevó una mano al pecho, y por un segundo creyó que se iba a echar a llorar otra vez.
—Pero —añadió la directora, y el «pero» cayó como un cubo de agua— quiero saber quién cortó ese cable. No toleraré sabotajes en mi academia.
—Yo sé quién fue —dijo Yoel.
—Yoel...
—Camila Roig.
El nombre cruzó el despacho como un cuchillo. La directora lo miró con las cejas enarcadas.
—Es una acusación grave.
—Lo sé.
—¿Tiene pruebas?
—No.
—Entonces no la haga.
—Pero...
—Marchetti. —La directora se inclinó hacia delante—. Camila lleva seis años en esta academia. Es una alumna disciplinada, con un historial impecable. Sin pruebas, su acusación solo servirá para que usted parezca un mal perdedor justo antes de la competición más importante de su carrera.
—No soy un mal perdedor. Acabamos de ganar.
—Precisamente por eso debería parecerlo menos.
Yoel apretó la mandíbula. Lenash le puso una mano sobre el brazo, por debajo de la mesa, y notó que estaba tenso como una cuerda.
—Directora —dijo ella con calma—, ¿podemos investigar por nuestra cuenta?
—No.
—¿Podemos preguntar con discreción?
—Tampoco.
—¿Podemos mirar con mucha discreción?
—Lenash.
—Entendido.
—Salgan de mi despacho. Y descansen. Los dos. Mañana empieza la fase final de preparación y quiero verlos enteros.
Salieron al pasillo. La puerta se cerró detrás de ellos con un clic seco.
---
—Esto es una injusticia —dijo Yoel, caminando a zancadas—. Sé que fue ella. Lo vi en su cara.
—Yo también.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque no tenemos pruebas.
—¡Las conseguiremos!
—Claro. —Lenash trotó a su lado para seguirle el paso—. Pero primero necesito que te calmes antes de que le prendas fuego a algo.
—Estoy tranquilo.
—Estás apretando los puños tan fuerte que se te van a quedar las marcas.
Yoel miró sus manos y las abrió despacio, a regañadientes.
—Cuando alguien intenta destruir algo que he construido —dijo con voz grave—, me cuesta mantener la compostura.
—¿Algo que has construido?
—Esta coreografía. Nosotros.
La palabra quedó flotando entre los dos. Nosotros. Lenash la guardó con cuidado, como quien recoge un papel que se ha caído de un bolsillo ajeno.
—Oye —dijo, más suave—. Mi madre está en el salón.
Yoel parpadeó, desconcertado.
—¿Tu madre?
—Se ha comido cuatro horas de autobús para verme. No quiero que se vaya sin que la conozcas. Y tú no vas a conocerla con cara de querer asesinar a alguien.
—Eso es chantaje emocional.
—Es estrategia familiar. Funciona siempre.
Él soltó una risa breve y cansada.
—Está bien. Voy a intentar parecer una persona civilizada.
—Vas a parecer una persona agradable. Es más difícil, pero confío en ti.
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La encontraron en el vestíbulo, rodeada de un pequeño grupo de profesores que la miraban con una mezcla de curiosidad y respeto. Su madre, Soraya, estaba en medio del corro con su bolso de flores abrazado al pecho, hablando con las manos de una forma muy parecida a la de su hija.
—...y entonces yo le dije: «Si quiere un pan de verdad, madrugue». Y no me ha vuelto a molestar.
Los profesores se rieron. Orlov, con su bastón, asentía con una expresión de solemne aprobación.
—¡Mamá!
—¡Mi niña!
Lenash se lanzó a sus brazos con tanta fuerza que casi la tiró al suelo. Su madre la apretó como si hubiera pasado dos años sin verla, le llenó la cara de besos ruidosos y le revisó las mejillas, el pelo y las manos con ojo clínico.
—Estás flaca.
—Estoy igual.
—Estás más flaca. ¿Comes bien?
—Como tres tostadas por la mañana.
—Eso no es comer, es un aperitivo. —Se separó un poco, y sus ojos castaños, idénticos a los de Lenash, brillaban llenos de lágrimas—. Has bailado preciosa. Sin música. Como una hada.
—Un hada.
—Como un hada, da igual.
—Mamá, quiero presentarte a alguien.
Lenash se giró. Yoel estaba a un par de metros, con las manos en la espalda y la postura rígida de un militar a punto de pasar revista. Parecía estar rezando para que el suelo se lo tragara.
—Este es Yoel. Mi... compañero de baile.
—¿El de los ojos de lobo? —preguntó la madre sin bajar la voz.
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Editado: 08.10.2026