Danzando con el Diablo

Capítulo 7: El plan B

Lenash descubrió esa semana que ser detective es mucho menos glamuroso de lo que aparece en las películas. Nadie te entrega una gabardina ni una lupa, y hay que esconderse detrás de una máquina expendedora, que huele a refresco derramado y a decisiones equivocadas.

—Esto es ridículo —susurró.

—Esto es profesional —respondió Maribel, con unos prismáticos de juguete colgados del cuello.

—¿De dónde has sacado eso?

—De mi sobrino. Son para ver pájaros.

—Estamos espiando a Camila, no a un gorrión.

—Es una cuestión de actitud.

Estaban agachadas tras la máquina, en el pasillo del segundo piso, desde donde se veía la puerta del vestuario femenino. Camila había entrado hacía diez minutos con una bolsa de deporte negra y no había vuelto a salir. Lenash tenía las rodillas dormidas, la espalda doblada y la firme sospecha de que la directora Ferrán las mataría si las encontraba.

—Esto no funciona —dijo.

—Paciencia. Los grandes casos se resuelven con paciencia.

—Los grandes casos también se resuelven con pruebas, y por ahora tenemos unos prismáticos de pájaros y una máquina de refrescos.

—Eres muy negativa.

—Soy realista.

—Chisss.

La puerta del vestuario se abrió. Camila salió con el pelo suelto, un abrigo claro y el teléfono pegado a la oreja, hablando en un tono bajo y meloso que Lenash conocía bien: el que usaba cuando quería parecer encantadora y peligrosa a la vez.

—...sí, claro, estaré allí a las siete. Me parece una idea fantástica. Muchas gracias por pensar en mí, señor Marchetti.

Lenash dejó de respirar.

—¿Ha dicho *Marchetti*? —murmuró Maribel.

—Ha dicho Marchetti.

—¿El padre?

—Eso parece.

—¿Por qué habla Camila con Aurelio Marchetti?

Lenash no respondió. Miraba cómo Camila colgaba el teléfono, se alisaba el abrigo con una sonrisa satisfecha y se alejaba taconeando, y sintió que algo frío se le deslizaba por el estómago.

—Tenemos que avisar a Yoel —dijo.

—Sí. Pero antes tenemos que salir de aquí sin que se nos cierre la espalda.

—Hace diez minutos que no me siento las piernas.

—Entonces, a la de tres. Una, dos...

Lenash se levantó de golpe, se enredó con el cable de los prismáticos de Maribel y cayó sobre la máquina con un estruendo metálico. De sus entrañas salió, con una dignidad inesperada, una lata de refresco de naranja.

Las dos se quedaron inmóviles.

—Al menos —susurró Maribel— ha salido algo útil.

---

Encontraron a Yoel en el Salón Aurora, repasando el final del tango frente al espejo. Llevaba una camiseta gris empapada de sudor, el pelo revuelto y una expresión tan concentrada que, durante un segundo, Lenash dudó en interrumpirlo.

Después recordó que era el Diablo y que, técnicamente, interrumpirlo era su trabajo.

—Tenemos que hablar.

Yoel se giró.

—¿Qué ha pasado?

—Camila ha hablado con tu padre.

El silencio que siguió fue breve y muy incómodo. Yoel bajó la vista hacia la botella de agua que tenía en la mano, y Lenash vio cómo se le tensaban los hombros bajo la camiseta.

—¿Estás segura?

—La oí. Dijo «señor Marchetti». Habló de una reunión a las siete.

—Mi padre no suele reunirse con alumnas.

—Pues con esta sí.

—Y ¿por qué lo sabéis vosotras? —preguntó Yoel, mirando de reojo los prismáticos de Maribel.

—No preguntes —dijeron las dos a la vez.

Yoel suspiró y dejó la botella sobre la barra.

—Voy a llamarlo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Sacó el móvil, marcó un número que parecía conocer de memoria y se llevó el aparato a la oreja con una calma tan forzada que Lenash sintió ganas de arrebatárselo y tirarlo por la ventana. Sonó una vez. Dos. Tres. Cuatro.

—Buzón de voz —dijo Yoel, y colgó.

—Probablemente esté reunido.

—Probablemente esté con ella.

—No saques conclusiones.

—No las saco. Es una probabilidad estadística.

—Qué romántico.

—No intento ser romántico, intento no volverme loco.

Lenash lo observó un momento. Había cansancio en su cara, pero también una grieta nueva, algo más frágil de lo que él habría querido mostrar. Se acercó y le puso las manos en los antebrazos.

—Escúchame. Sea lo que sea, lo vamos a averiguar.

—Si mi padre le ofrece lo que creo que le va a ofrecer...

—No lo sabes.

—Conozco a mi padre. —Yoel apartó la mirada—. Él no cree en las segundas oportunidades. Cree en las estadísticas. Y, estadísticamente, Camila y yo tenemos mejor historial de victorias que tú y yo.

—¿Y eso qué significa?

—Que puede proponer que cambie de pareja.

—No puede obligarte.

—Puede presionar a la federación. Puede presionarme a mí. Es muy bueno en eso.

Lenash tragó saliva. Había pensado que ya conocía todos los miedos que cabían en ese salón: el de caerse, el de fallar, el de decepcionar. Pero este era distinto. Este tenía forma de abandono.

—¿Y qué harías? —preguntó en voz baja.

Yoel la miró. Era una pregunta sencilla, y la respuesta parecía costarle más que la elevación más difícil.

—No lo sé —admitió.

Fue sincero. Y eso, curiosamente, dolió más que una mentira.

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A las siete menos diez, Lenash estaba escondida otra vez. Esta vez no detrás de una máquina, sino de un enorme macetero con una palmera artificial, en el pasillo que conducía al despacho de la directora. Había aceptado, a regañadientes, que Maribel se quedara en la entrada con los prismáticos.

—Esto es una locura —murmuró para sí misma.

—Esto es amor —dijo una voz a su lado.

Lenash dio un salto tan alto que casi se llevó la palmera por delante.

—¡Dani!

—¡Sorpresa!

Su mejor amiga estaba de pie junto a ella, con una mochila al hombro, el pelo recogido en dos moños y una sonrisa gigantesca. Había viajado desde el barrio en tren, sin avisar, con una caja de galletas en una mano y un cartel casero en la otra que decía «BAILA, QUE EL DIABLO TE MIRA».




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