Danzando con el Diablo

Capítulo 8: Regla número cuarenta y siete

Había una regla que Lenash no había leído.

Lo descubrió a la mañana siguiente, a las 7:12, cuando entró en el Salón Aurora y encontró a Yoel de pie frente al tablón de anuncios con el reglamento de la academia abierto entre las manos y la cara de quien acaba de descubrir que el suelo tiene trampilla.

—¿Qué pasa?

—Dime que no has leído el reglamento completo.

—Lo hojeé el primer día. Con la misma ilusión con la que se hojea una multa.

—Entonces no conoces la regla cuarenta y siete.

—No, pero tengo el presentimiento de que me la vas a recitar.

Yoel carraspeó y leyó en voz alta, con tono de notario:

—«Artículo cuarenta y siete. Las parejas inscritas en competiciones oficiales no podrán mantener relaciones sentimentales durante el periodo de preparación y competición, a fin de garantizar la objetividad del trabajo artístico. La infracción será causa de descalificación inmediata.»

Lenash parpadeó.

—Qué específico.

—Lo escribió mi abuelo.

—¿Tu abuelo?

—Fundó la academia con otro socio. Tenía opiniones muy fuertes sobre el amor.

—¿Cuáles?

—Que es incompatible con la disciplina.

—Qué hombre tan divertido.

—Murió soltero.

—Qué casualidad.

Yoel cerró el reglamento. Se había quedado pálido, de ese pálido que en él solo significaba una cosa: que ya estaba calculando cinco escenarios catastróficos a la vez.

—Lenash, ayer nos abrazamos en un pasillo.

—Fue un abrazo profesional.

—Duró cuatro minutos.

—Fue un abrazo profesional intenso.

—Nos vio gente.

—Nos vio Dani. Dani no cuenta. Dani es de confianza.

—Y Maribel.

—Maribel tampoco cuenta.

—Y Orlov.

—Orlov... —Lenash se quedó pensando—. Orlov sí cuenta, pero Orlov lo veía venir desde el primer día, así que técnicamente es cómplice.

—Y Bruno Ibarra.

El silencio fue breve.

—¿Bruno estaba allí? —preguntó ella.

—No lo sé. Pero tengo una sensación rara desde anoche.

—¿Qué tipo de sensación?

—La de que alguien nos estaba mirando.

Lenash abrió la boca para tranquilizarlo, para decirle que estaba paranoico, que el Diablo veía fantasmas incluso en las esquinas vacías. Pero entonces la puerta del salón se abrió de golpe.

Era Maribel. Venía despeinada, con el móvil en alto y los ojos como platos.

—Tenéis que ver esto.

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El vídeo duraba veintitrés segundos.

Se veía un pasillo en penumbra, una ventana con luces de ciudad, y dos figuras abrazadas. No se oía nada. No hacía falta. Cualquiera que los viera entendería, sin sonido, que aquello no era un gesto de compañerismo. Era una pareja. Era una pareja de verdad, con la frente de él hundida en el pelo de ella y los brazos de ella aferrados a su espalda como a un salvavidas.

El mensaje que lo acompañaba tenía un tono tan inocente que daba escalofríos:

«Qué bonito ver cómo se llevan los compañeros de la academia. ¿No les parece? #Valcourt #Valores»

Había sido publicado a las seis de la mañana desde una cuenta anónima, con una foto de perfil de una paloma y el nombre «ObservadoraDeBailarines». Para las siete, tenía cuatro mil visualizaciones. Para las siete y cuarto, once mil.

—Una paloma —murmuró Lenash—. Se han comprado una paloma para esto.

—¿De verdad es lo único que se te ocurre? —preguntó Yoel.

—Es que la paloma me ofende.

—¿Por qué?

—Porque la primera paloma que vi aquí me juzgó, y ahora resulta que tiene cuenta de Instagram.

Maribel soltó una risita nerviosa, y luego se tapó la boca con la mano.

—Perdón. Es el estrés.

—No pasa nada —dijo Yoel—. A mí también me dan ganas de reír. Es una reacción de la mente ante el desastre inminente.

—¿Y cuál es el desastre inminente? —preguntó Lenash.

—Que la regla cuarenta y siete obliga a la directora a abrir una investigación. Hoy mismo.

—Pero no hemos... No somos... —Lenash buscó la palabra con desesperación—. No somos nada. Todavía.

Esa última palabra se le escapó sin permiso. Yoel la miró. Maribel miró el techo con fingido interés.

—Todavía —repitió él, bajito.

—Me ha salido sola.

—Ya lo he notado.

—Es un lapsus.

—Lo sé.

—No significa nada.

—Claro.

—Maribel, di algo.

—Prefiero no meterme —dijo Maribel, retrocediendo hacia la puerta—. Voy a buscar a Dani. Ella siempre sabe qué hacer en estas situaciones.

—Dani hizo un cartel con una frase de película de terror.

—Exacto. Tiene experiencia.

Salió corriendo. Los dos se quedaron solos en el salón, con la luz lechosa de la mañana entrando por los ventanales y el vídeo todavía brillando en la pantalla del móvil que Maribel les había dejado en las manos.

---

El despacho de la directora Ferrán parecía, esa mañana, una sala de tribunal. Estaba ella sentada tras el escritorio, con la espalda recta y los labios apretados. A su derecha, con el ceño fruncido, el maestro Orlov se apoyaba en su bastón. A su izquierda, con una sonrisa de dolor absolutamente fingida, estaba Camila.

—Siéntense —dijo la directora.

Se sentaron. Lenash notó que Yoel mantenía una distancia de exactamente un metro con ella, como si hubiera sacado una cinta métrica del bolsillo.

—Supongo que saben por qué están aquí.

—Por el vídeo —dijo Yoel.

—Por el vídeo. —La directora lo miró fijamente—. Que ha llegado a veinte mil visualizaciones y que, de momento, ha sido compartido por la presidenta de la federación regional. Con un comentario que me ha hecho tomarme dos cafés seguidos.

—¿Qué comentario?

—«¿Es cierto lo que parece?»

Lenash tragó saliva. Yoel se frotó el puente de la nariz.

—Directora —dijo ella—. Lo que se ve en el vídeo es un abrazo.

—Eso lo veo.

—Un abrazo entre compañeros.

—Un abrazo de cuatro minutos.

—¿Cómo sabe que duró cuatro minutos?

—Porque hay otra versión del vídeo. Más larga. Subida hace diez minutos.




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