Danzando con el Diablo

Capítulo 9: El sobre

Lenash corrió escaleras abajo con el móvil de Bruno apretado contra el pecho, como quien lleva una bomba sin cable rojo ni azul, y se detuvo en el vestíbulo, jadeando, delante de la puerta del despacho de la directora.

El sobre ya no estaba.

Había un rectángulo de cinta adhesiva despegada, un poco de polvo y nada más. Alguien se lo había llevado, o alguien lo había dejado allí para que ella lo viera y llegara tarde. Con Camila, nunca se sabía.

—Genial —susurró—. Un misterio con trampa.

Sacó su propio teléfono y llamó a Yoel. Sonó cuatro veces y saltó el buzón. Lo intentó otra vez. Y otra. Al quinto intento, le escribió: «Contesta. Es urgente. No es una broma de pesadilla favorita.»

Nada.

Veinte minutos después, estaba frente a la puerta de un edificio de ladrillo rojo en la calle Almirante, con la dirección que Maribel había conseguido «por razones de seguridad nacional». Subió tres pisos a pie, porque el ascensor tenía un cartel que decía «No funciona. No insistir. No sea optimista». Llamó al timbre. Nadie respondió. Llamó otra vez.

Se oyó un ruido dentro, algo parecido a una silla arrastrándose. Después, pasos. Después, un clic.

La puerta se abrió dos dedos.

—¿Lenash?

—Hola.

—¿Qué haces aquí?

—Tengo noticias. Y una pregunta. Y creo que quizá también una crisis nerviosa.

Yoel abrió la puerta del todo. Llevaba una camiseta vieja, el pelo mojado y una expresión que ella no supo descifrar. Detrás de él, el apartamento era pequeño, ordenado hasta la obsesión, con una cocina americana, un sofá gris y, sobre una repisa junto a la ventana, una planta enorme y frondosa con una etiqueta que decía, con letra perfecta: Marchetti Junior.

—Dios mío —dijo Lenash—. Es real.

—Te dije que tenía una planta.

—Pensaba que era una metáfora.

—No tengo tanta imaginación.

Entró. El apartamento olía a limpio, a café y a algo más, un olor que ella no reconoció enseguida: el de un lugar donde alguien vive solo desde hace mucho. En la mesa había un montón de sobres abiertos, algunos con membretes de bancos. Yoel los cogió con disimulo y los guardó en un cajón, pero no fue lo bastante rápido.

—¿Qué son?

—Nada.

—Yoel.

—Cosas de papeleo.

—¿Qué tipo de papeleo?

Él se quedó en silencio. Después soltó el aire, se pasó la mano por la nuca y se dejó caer en el sofá.

—Mi padre ha congelado mis cuentas.

—¿Qué?

—Las que compartíamos. Las de la academia. La del alquiler. Todo. —Rió sin ganas—. Es muy eficiente. Anoche me amenazó y esta mañana ya había cumplido.

—Yoel...

—Tengo ahorros para dos meses. Quizá tres si como poco.

—Pero la inscripción del campeonato...

—Cuesta ochocientos euros. Y hay que pagarla antes del viernes.

—¿Y los viajes? ¿El hotel?

—Eso es otra historia.

Lenash se sentó a su lado. El sofá era incómodo y tenía una manta de cuadros doblada con una precisión geométrica. Todo en aquella casa parecía esperar a que alguien lo desordenara.

—Tengo algo que decirte —empezó—. Y no te va a gustar.

—Hoy no hay nada que pueda gustarme.

—Bruno me dio su móvil.

Le contó todo, sin respirar: la azotea, la confesión, los mensajes, la foto de la puerta. Yoel escuchó con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Cuando ella terminó, se levantó y caminó hasta la ventana.

—Mañana a las diez.

—Sí.

—Y el sobre es para mi padre.

—Eso parece.

—Tiene que ser algo que nos destruya.

—Probablemente.

—¿Qué crees que hay dentro?

—No lo sé. Pero si Camila lo escondió tan bien...

—Es algo que no sabemos —completó él.

Se quedaron los dos callados. Fuera, la ciudad zumbaba. El móvil de Lenash vibró sobre su rodilla. Era un mensaje de su madre: «Cariño, no te asustes. Se ha roto el horno grande. El técnico dice que cuesta mil doscientos. No te preocupes. Lo arreglaremos. Te quiero.»

Lo leyó dos veces. Después apagó la pantalla y se quedó mirando la pared.

—¿Pasa algo? —preguntó Yoel.

—No.

—Lenash.

—Es mi madre. Dice que me quiere.

—Tienes cara de que no es solo eso.

—Es solo eso.

—Mientes fatal.

—Me han dicho que es mi encanto.

Él se acercó y se sentó delante de ella, en la mesita baja. Tan cerca que las rodillas de los dos se rozaban.

—Cuéntamelo.

Lenash respiró hondo.

—El horno grande de la panadería se ha estropeado. Cuesta mil doscientos euros arreglarlo. Es el que usan para el pan del día. Sin él, no pueden trabajar.

—Lo siento.

—No puedo pagárselo.

—Podemos buscar una solución.

—¿Cómo? Tú tienes las cuentas congeladas y yo una beca parcial que apenas me da para el alquiler. Somos dos millonarios.

—Dos millonarios con una planta llamada Marchetti Junior.

La risa le salió como una tos. Y de pronto se dio cuenta de que tenía las mejillas mojadas, sin saber cuándo había empezado a llorar. Yoel no dijo nada. Extendió la mano y le secó una lágrima con el pulgar, despacio, con una ternura que le dolió.

—Regla cuarenta y siete —susurró ella.

—Lo sé.

—Nada de contacto.

—Lo sé.

—Y estás tocándome la cara.

—Sí.

—No lo dejes —dijo ella, casi inaudible.

Él se quedó quieto. Sus ojos oscuros se clavaron en los suyos. Durante tres segundos, el apartamento entero contuvo la respiración. Entonces sonó el timbre.

Se separaron como si les hubieran echado un cubo de agua helada.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Lenash.

—Nunca espero a nadie.

Yoel abrió la puerta. Era Dani, con la mochila al hombro, los moños deshechos y una cara blanca como el papel.

—Tenemos un problema —dijo—. Un problema enorme.

---

Lo contó en la cocina, sentada en un taburete y con una taza de té entre las manos temblorosas. Yoel preparaba el té con la solemnidad de un ritual. Lenash, de pie contra la encimera, miraba a su amiga con una sospecha creciente.




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