Danzando con el Diablo

Capítulo 10: El sótano de los fantasmas

El estudio de Orlov llevaba treinta años esperando a alguien que se atreviera a bajar.

Se accedía por una escalera de caracol oculta tras la puerta metálica del almacén de utilería, entre cajas de tutús descoloridos, maniquíes sin cabeza y un cartel que decía «No pasar. Hablo en serio. —O.». Yoel giró la llave vieja y la cerradura cedió con un quejido de bisagras oxidadas, como un anciano que se levanta después de una siesta demasiado larga.

—Qué sitio tan acogedor —dijo Lenash, encendiendo la linterna del móvil.

—Huele a abuela.

—Huele a tu abuelo.

—Eso es mucho peor.

Bajaron. El aire era frío y olía a madera vieja, a resina y a recuerdos guardados bajo llave. Cuando Yoel encontró el interruptor y las bombillas parpadearon, Lenash soltó un suspiro involuntario.

Era precioso.

Un salón largo, de techo bajo y vigas oscuras, con un suelo de parqué gastado por miles de suelas. Las paredes estaban cubiertas de espejos picados por el tiempo, y en el fondo, bajo una sábana polvorienta, dormía un piano de cola. En una pared había fotografías en blanco y negro: bailarines congelados en pleno salto, con trajes de otra época y sonrisas de quien todavía no sabe lo que cuesta ganar.

—Mira esa —susurró ella, señalando una foto—. Es Orlov. Joven.

—Tenía pelo.

—Tenía abdominales.

—No exageres.

—Los tenía, Yoel. Míralo. Era un dios griego con calcetines.

—Si dices eso delante de él, te echará de aquí.

—Entonces no lo diré. Pero lo pienso con mucha fuerza.

Dani, que los había seguido con una escoba que había encontrado en el almacén, empezó a barrer con el entusiasmo desesperado de quien intenta compensar el mayor error de su vida con tareas domésticas. Llevaba dos días sin dormir bien, y se le notaba en las ojeras, en el pelo sin moños y en la forma en que evitaba mirar a Lenash a los ojos.

—Dani, déjalo.

—No. Si no limpio, me muero de culpa.

—Pues límpiate tú con jabón, que el suelo no tiene la culpa.

—Esa frase no tiene sentido.

—Lo sé. Estoy cansada.

Se rió, a su pesar. Y Dani también, un poco. Era la primera risa compartida desde el desastre, y las dos lo notaron.

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Los siguientes tres días fueron los más extraños de la vida de Lenash.

Por la mañana, mientras en el edificio principal se celebraban las clases oficiales, ella se colaba por una ventana lateral del sótano, con el abrigo hasta las orejas y la expresión de una espía de baratillo. Maribel actuaba de vigía, con unos prismáticos nuevos que decía haber comprado «para uso profesional». Orlov, fiel a su promesa, perdía el bastón cada mañana en un rincón diferente de la academia, con tanto escándalo que media plantilla de profesores se dedicaba a buscarlo.

Entrenaban de ocho a doce, de cuatro a ocho y, cuando el cuerpo lo permitía, un rato más de noche. El sótano se convirtió en un mundo aparte, con sus propias reglas. Allí no había jueces, ni cámaras, ni Camila. Solo música, sudor y la obstinación de dos personas que se negaban a perder.

Y allí, entre los espejos picados y las vigas oscuras, la coreografía empezó a transformarse.

Yoel lo notó primero.

—Ya no es la misma —dijo, la tercera noche, apoyado en la barra con una toalla alrededor del cuello.

—¿Qué quieres decir?

—La que ensayamos antes era técnicamente buena. Esta... —Buscó la palabra—. Esta cuenta algo.

—¿Qué cuenta?

—Que no tenemos nada que perder.

—Eso suena muy dramático.

—Es lo que siento. —Sonrió con cansancio—. Y lo mejor es que no tengo miedo.

—¿De qué?

—De mi padre. Del jurado. De fallar. —Levantó la vista—. Cuando bailo contigo, el miedo se queda arriba, en el edificio, con el reglamento.

Lenash sintió que el pecho se le llenaba de una calidez peligrosa.

—Eso es lo más bonito que me has dicho.

—Lo sé. Se me escapó.

—Ya lo he guardado.

—Qué pena.

—Para siempre.

Lo había dicho bajito, sin pensar. Yoel apartó la mirada y se frotó la nuca. En ese momento, desde el piano, empezó a sonar una melodía suave, un vals antiguo, con notas que parecían salidas de una caja de música. Ambos se giraron.

Orlov estaba sentado en el taburete, sin sábana ni bastón, con los dedos acariciando las teclas con una destreza que nadie sospechaba.

—Maestro, ¿también toca el piano? —preguntó Lenash.

—Toco muchas cosas. Pero hoy toco esto, porque lo pide el momento.

—¿Y qué momento es?

—El de bailar sin pensar. —Se encogió de hombros sin dejar de tocar—. No me hagan caso. Yo solo soy un viejo con un piano.

Yoel miró a Lenash. Ella miró a Yoel.

—Regla cuarenta y siete —dijo él, con una media sonrisa.

—Es un baile —respondió ella—. Técnicamente, es trabajo.

—Técnicamente.

Se acercó. Le tendió la mano. Lenash la tomó.

Y bailaron un vals lento, sin acrobacias, sin elevaciones, sin nada que demostrar. Giraron despacio por el suelo gastado, entre espejos que devolvían mil versiones de los dos, y por primera vez ninguno contó los tiempos. Ninguno se adelantó. Ninguno retrocedió. Se movieron como si siempre lo hubieran hecho así.

Cuando la última nota se apagó, se quedaron quietos, muy cerca, sin soltarse.

—Eso —dijo Orlov, con voz extrañamente suave— es lo que yo hacía con mi esposa. Antes de que se fuera.

Los dos se giraron hacia él.

—Maestro...

—No pasa nada. —Tapó el piano con la sábana, lentamente—. Solo quería que supieran que algunas cosas valen más que un reglamento. Aunque tarde cuarenta años en admitirlo.

Se levantó y subió las escaleras sin decir más. Dani, que había presenciado la escena desde un rincón con las manos en la boca, sollozó en silencio.

—No me hagas hablar —dijo Lenash.

—No iba a decir nada.

—Pues tu cara dice mucho.

—Mi cara siempre ha sido un libro abierto.

—Un libro muy mal editado.

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