Danzando con el Diablo

Capítulo 11: Las dos mitades del sobre

El sonido del papel rasgándose duró apenas un segundo, pero a Lenash le pareció que el sótano entero contenía la respiración.

Camila sostenía las dos mitades del sobre, una en cada mano. Nadie se movió. Yoel apretó los dedos de Lenash hasta casi cortarle la circulación. Orlov, que acababa de asomarse por la escalera con su bastón recién encontrado, se quedó inmóvil a medio escalón, con la expresión de quien llega al teatro justo cuando se levanta el telón.

—¿No vas a leerlo? —preguntó Lenash, con la voz más serena que pudo.

—No hace falta. —Camila extendió las manos y le entregó los dos trozos—. Ya sabes lo que hay dentro.

—¿La carta falsa?

—La carta, la foto de la firma y un informe de tres páginas sobre tu supuesto fraude. Me llevó dos semanas prepararlo. Quedó precioso.

—Entonces, ¿por qué lo rompes?

Camila no respondió enseguida. Miró a Bruno, que seguía con la cabeza gacha y los hombros encogidos, y algo en su cara se desinfló, como un globo al que le han quitado el aire sin hacer ruido.

—Porque Bruno fue a ver a la directora el miércoles por la noche —dijo al fin—. Después de darte el móvil. Se lo contó todo. Y la directora me llamó a las doce, cuando yo estaba pegando el sobre en su puerta. Con cinta, además. Muy profesional.

—Fui yo quien lo descolgó —aclaró la directora Ferrán—. Y quien lo guardó en mi caja fuerte.

—Entonces, el sobre que has traído...

—Es una copia —admitió Camila—. Quería ver hasta dónde llegaba. Quería ver si me quedaban fuerzas para hacerlo de todas formas.

—¿Y?

—Y no me quedan.

Se hizo un silencio muy raro. Lenash había esperado muchas cosas de Camila: un grito, una amenaza, una sonrisa de víbora. No había esperado verla con los ojos llenos de lágrimas, sosteniendo un papel roto con unas manos que temblaban tanto como las de Bruno.

—No lo hice por maldad —dijo Camila con la voz quebrada—. Bueno, un poco sí. Pero sobre todo lo hice por miedo.

—¿Miedo a qué?

—A que mi padre me quite el apellido.

Lenash parpadeó.

—¿Cómo?

—Mi familia es dueña de la mitad de los teatros de la ciudad. Cuando tenía diez años, mi padre me dijo que una Roig solo sube al escenario para ganar. Que el segundo puesto es lo mismo que desaparecer. —Se limpió una lágrima con el dorso de la mano, con rabia—. Llevo diez años actuando en una obra donde la protagonista nunca puede perder. Y en cuanto te vi bailar con Yoel, supe que no podía ganarte. No sin trampas.

—Camila...

—No digas que lo entiendes. No lo entiendes. Tú tienes a alguien que te mira bailar y se pone a llorar de orgullo. A mí me miran con una calculadora.

Lenash pensó en su madre, en su abrigo azul demasiado grande y en el pañuelo apretado contra los labios. Pensó en la cocina llena de harina, en la radio, en las vueltas entre los sacos de azúcar. Y sintió, muy a su pesar, una punzada de lástima.

—No lo entiendo —admitió—. Pero te creo.

—No te pido que me perdones.

—Menos mal, porque todavía no he decidido si lo haré.

—Es justo.

—Me lo pensaré. Con calma. Quizá con una pizza de piña.

Camila soltó una risita que se le deshizo en un hipido.

—Qué horror, esa pizza.

—Gracias. Tú eres la primera que me da la razón.

Yoel, a su lado, se llevó una mano a la boca para ocultar una carcajada. La tensión se rompió un poco, y Orlov aprovechó para bajar los últimos escalones con una teatralidad impecable.

—Bien, bien —dijo, golpeando el suelo con el bastón—. Todos felices y reconciliados. Qué bonito. ¿Alguien me explica por qué hay tanta gente en mi estudio?

—Maestro —dijo la directora, sin girarse—, usted perdió el bastón durante cuatro días para que Marchetti y Lenash entrenaran en secreto.

—Qué acusación tan terrible.

—Está en sus manos.

—Lo encontré esta tarde. Debajo del piano.

—Ya.

—Es una larga historia.

—Tengo toda la noche.

—Prefiero no contarla.

---

Fue entonces cuando Aurelio Marchetti, que hasta ese momento no había dicho una palabra, dio un paso al frente. Llevaba el abrigo desabrochado y algo envuelto en un paño oscuro bajo el brazo. Se detuvo delante de su hijo y lo miró durante un largo segundo.

—Esto es tuyo —dijo.

Desenvolvió el paño. Dentro, brillando bajo las bombillas, estaba el trofeo de plata con la pareja de bailarines en plena elevación.

Yoel se quedó mudo.

—Camila me llamó esta tarde —explicó Aurelio, con la voz seca de siempre—. Me dijo que lo habías vendido. Pensé que era otra de sus trampas, pero fui a comprobarlo. —Hizo una pausa—. El hombre de la tienda me pidió dos mil.

—Papá...

—Le pagué quinientos. Lo demás se lo dije yo, con mi estilo.

—¿Qué estilo?

—El que he perfeccionado en cuarenta años de negociaciones con federaciones. Le expliqué las consecuencias legales de comprar bienes con un posible origen irregular.

—Lo amenazaste.

—Le informé.

Yoel se rió, por primera vez en toda la noche, un sonido pequeño y asombrado. Aurelio le tendió el trofeo con las dos manos, como quien entrega algo que pesa más de lo que parece.

—Me lo regalaron cuando tenía veintiséis años —dijo—. Fue la noche más importante de mi vida. Y también la más vacía. Porque cuando volví a casa, tu madre ya había empezado a hacer las maletas, y yo no me di cuenta.

—No lo sabía.

—Nunca te lo conté.

—¿Por qué?

—Porque creí que si te enseñaba a ganar, no tendrías que aprender lo que yo aprendí demasiado tarde.

Se hizo un silencio denso. Lenash notó que Yoel la miraba de reojo, buscando apoyo. Ella le apretó la mano, un gesto mínimo, y él respiró hondo.

—¿Y qué aprendiste? —preguntó.

—Que se puede tener todos los trofeos del mundo y estar completamente solo.

Aurelio le puso el trofeo en las manos. Después, con un gesto torpe, casi doloroso, le apoyó una mano en el hombro.




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