Danzando con el Diablo

Capítulo 12: La presidenta y el bastón

El despacho que la directora Ferrán cedió a la presidenta Quiroga era el más pequeño de la academia. Tenía una mesa de roble, tres sillas, un archivador con un candado y una ventana por la que entraba un rayo de sol directamente sobre el asiento de Lenash, como si el edificio entero se hubiera puesto de acuerdo para interrogarla con luz de foco.

—Siéntense —dijo la presidenta.

Se sentaron. A una distancia de dos sillas vacías, por si acaso.

Elvira Quiroga cerró la puerta, se quitó las gafas, las dejó colgando de su cadena y los miró durante un largo rato sin decir nada. Lenash contó mentalmente hasta veintidós. Había leído en alguna parte que los silencios largos son una técnica de interrogatorio, y que la mejor defensa era no hablar. Aguantó treinta segundos.

—Yo puedo explicarlo todo —dijo.

—Yo también —dijo Yoel.

—Fue un accidente.

—Totalmente.

—Un accidente técnico.

—Del tacón.

—Con mucha mala suerte.

—Del vestido.

—Silencio —ordenó la presidenta, y los dos cerraron la boca como si les hubieran apagado un interruptor—. Llevo cuarenta y dos años en esta profesión. He visto bailarines mentir con los pies, con las manos y con la cara. Pero nunca he visto a nadie mentir con los ojos tan mal como ustedes dos.

—Nosotros no mentimos —murmuró Lenash.

—Entonces es peor. Porque lo dicen todo sin querer.

Nadie contestó. La presidenta se levantó, caminó hasta la ventana y se quedó mirando el patio, con las manos entrelazadas a la espalda.

—Artículo cuarenta y siete —dijo, sin girarse.

—Lo conocemos —respondió Yoel.

—Lo escribió su abuelo, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Hace cuarenta años. En una reunión de la federación donde yo estaba presente.

Lenash y Yoel se miraron.

—¿Usted estaba allí? —preguntó ella.

—Era la pareja de baile más joven del circuito. Tenía veintidós años. Mi compañero, veintiséis. —Se giró despacio—. Se llamaba Anselmo Orlov.

El silencio que siguió fue tan profundo que Lenash oyó el tictac de un reloj de pared al otro lado de la puerta.

—¿El maestro Orlov? —susurró.

—El mismo.

—¿Su... compañero?

—Y mi marido. —La presidenta sonrió con una melancolía tan vieja que parecía haber envejecido en un cajón—. Nos casamos en secreto durante la temporada más brillante de nuestras carreras. Cuando se descubrió, el abuelo de Yoel, que presidía el comité, propuso la regla. Con efecto retroactivo. Nos dieron a elegir: el campeonato o el matrimonio.

—Qué horror —dijo Lenash.

—Qué barbaridad —dijo Yoel.

—Elegimos mal.

—¿Cómo?

—Cada uno eligió algo diferente. —Elvira se encogió de hombros con una elegancia dolorosa—. Yo elegí el campeonato, porque creía que era mi sueño. Él eligió el matrimonio, porque creía que era el suyo. Y los dos nos equivocamos al mismo tiempo. Cuarenta años después, él enseña baile con un bastón que pierde cada semana, y yo presido una federación que me da todo lo que quise... menos lo que necesitaba.

Lenash sintió que se le humedecían los ojos. Yoel, a su lado, miraba la mesa con la mandíbula tensa.

—¿Se lo ha dicho alguna vez? —preguntó él.

—No. Ni una palabra desde que me fui. Cada año vengo a inspeccionar la academia, lo veo de lejos, y me marcho sin hablar.

—¿Por qué?

—Por cobardía. La clase de cobardía que solo se aprende con el tiempo.

Se acercó a la mesa, apoyó las manos sobre la madera y se inclinó hacia ellos.

—Llevo tres años intentando derogar el artículo cuarenta y siete. Hay una votación en la junta directiva dentro de un mes. Para ganarla necesito demostrar una cosa: que una pareja puede quererse y competir al máximo nivel sin que la disciplina se resienta. Que el amor no es un defecto técnico.

—Y quiere que seamos su prueba —dijo Lenash, atando cabos.

—Quiero que sean mi esperanza.

—¿Y la parte del «pero»?

—Hay un «pero» enorme. Se llama Gaspar Lorca.

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Gaspar Lorca era el vicepresidente de la federación y, según la presidenta, el hombre más puntual, más rígido y más irritante del mundo del baile profesional. Había sido rival de Aurelio Marchetti durante veinte años, y en todo ese tiempo no había perdonado una sola derrota.

—Lorca preside el comité disciplinario —explicó Elvira—. Y lleva meses buscando una excusa para descalificar a la pareja Marchetti. Cualquier excusa.

—Porque Yoel es hijo de su enemigo —dijo Lenash.

—Y porque la regla es suya. La defiende como si fuera una religión.

—Entonces el vídeo del pasillo...

—Llegó a su escritorio hace tres días. Y la foto de ustedes besándose en la calle, ayer por la noche.

—¡¿Hay una foto?! —exclamaron los dos.

—Sacada con zoom, desde un coche aparcado. Nada profesional, pero muy clara.

Yoel se pasó las manos por la cara.

—Camila.

—No. Camila está en su casa llorando, y Bruno en la suya pidiendo perdón a todo el mundo. Esta vez, ha sido Lorca. Tiene un detective.

—¡¿Un detective?!

—Es muy aficionado a las novelas negras.

Lenash apoyó la frente contra la mesa. Era de roble. Era fría. Era justo lo que necesitaba.

—Entonces estamos acabados —murmuró.

—No, si ganan.

—¿Qué quiere decir?

—Que si quedan entre los tres primeros del campeonato regional, la prensa los adorará. Y con la prensa a favor, el voto de la junta cambia. Lorca puede retorcer un reglamento, pero no puede ignorar una multitud.

—¿Y si no ganamos?

—Entonces, la descalificación llega por la puerta de atrás. Y la academia pierde la acreditación. Y Orlov pierde su estudio. Y yo pierdo mi cargo.

—Es mucha presión.

—Es una presión exquisita —admitió la presidenta, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Pero ustedes tienen algo que no tuvimos Anselmo y yo.

—¿Qué?

—Se miran como si no tuvieran miedo.

Yoel levantó la cabeza. Lenash también.




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